El caos nos encontró.

Prólogo

El sol caía como un martillo sobre la arena, y el aire olía a metal quemado. Dylan llevaba horas cabalgando con la garganta seca y las manos apretadas contra las riendas, tan fuerte que los nudillos se le habían puesto blancos. A su izquierda, Eirak avanzaba con la espalda recta y la mirada fija en el horizonte, como si el desierto entero le debiera una explicación. A su derecha, Auguri iba medio dormido sobre su caballo, tarareando algo que no era ninguna canción conocida.

—Si seguimos así, el caballo se va a derretir antes que nosotros —dijo Auguri, secándose el sudor de la frente con la manga—. ¿Alguien más siente que estamos persiguiendo un rumor?

—No es un rumor —respondió Eirak, sin girarse—. Los pueblos de la frontera este fueron reducidos a ceniza en una noche. Eso no lo hace un rumor, Auguri. Eso lo hace una advertencia.

—Ya, ya. Solo digo que llevamos tres días sin ver nada más que arena y buitres.

Dylan no dijo nada. Llevaba la espada Ilusia atada a la espalda, envuelta en tela vieja, como si esconderla del sol pudiera esconderla también del peso que sentía cada vez que la tocaba. Él era el único capaz de sostener a Ilusia sin que la energía de la hoja le desgarrara los brazos, y eso, según Eirak, ya era suficiente para justificar su lugar en aquel viaje.
—¿Tienes miedo? —le preguntó Eirak de pronto, sin dulzura ni burla, solo con la franqueza fría que lo caracterizaba.

—Sí —admitió Dylan—. Pero voy a hacerlo de todas formas.

Eirak asintió una sola vez, como si esa respuesta fuera la única aceptable.

Fue Auguri quien lo vio primero.
—Eh… chicos. Chicos.

Levantó el brazo, señalando un punto en el horizonte donde el aire empezaba a temblar, no por el calor, sino por algo más antiguo y más hambriento. Una luz blanca ardía suspendida sobre las dunas, tan intensa que dolía mirarla directamente. A pocos metros, una sombra igual de imposible se retorcía sobre la arena, absorbiendo la luz del día como si se la tragara.
La pluma de la luz y la pluma de la oscuridad.

—Ahí están —susurró Dylan, y sintió que el estómago se le encogía.

—Bien —dijo Eirak, desmontando de un salto y sacando de su alforja dos piedras estelares que brillaban con un pulso azulado—. Auguri, las piedras.
—Ya voy, ya voy, no me apures.

—Auguri.

—¡Que ya voy.

Los caballos relincharon, asustados, y salieron disparados hacia atrás en cuanto sus jinetes bajaron. Dylan desenvolvió a Ilusia. La hoja capturó la luz del sol y la devolvió en un destello azul, como si la espada misma hubiera estado esperando ese momento.

La pluma de la luz fue la primera en atacar. Se lanzó hacia ellos como un rayo, dejando tras de sí una estela cegadora que quemó la arena a su paso. Eirak alzó su piedra estelar justo a tiempo, y un domo de energía azul los envolvió a los tres, absorbiendo el impacto con un crujido que sonó como hielo rompiéndose.

—¡Esto no va a aguantar mucho! —gritó Auguri, sosteniendo su propia piedra con las dos manos, temblando.

—No tiene que aguantar mucho —respondió Eirak—. Solo tiene que aguantar lo suficiente.

Dylan salió del domo antes de que terminara de formarse la frase. Corrió hacia la pluma de la oscuridad, que se deslizaba baja sobre la arena como una mancha viva, devorando cada sombra que encontraba a su paso. Ilusia vibró en sus manos, caliente, casi impaciente.

—¡Dylan, no te separes! —le advirtió Eirak.
Pero ya era tarde. La pluma de la oscuridad se irguió frente a él. La espada chocó contra la energía oscura y el mundo entero pareció temblar con el impacto. Un chillido inhumano rasgó el aire —la pluma de la luz, herida por algo, en algún lugar detrás de él— y Dylan comprendió, con el corazón desbocado, que Ilusia no solo cortaba: neutralizaba. Apagaba. Cada golpe dejaba a la pluma un poco más débil.

—¡Ahora, Auguri! —rugió Eirak desde el domo—. ¡La segunda piedra!

—¿Cuál segunda piedra? ¡Solo tenemos dos y ya estamos usando…!

—¡AUGURI!

—¡Vale, vale, allá va!

Auguri lanzó la piedra hacia el centro de la batalla con más suerte que puntería. Chocó contra el suelo, entre las dos plumas, y estalló en un pulso de luz azul que las empujó hacia atrás, desestabilizándolas justo cuando Dylan alzaba a Ilusia con las dos manos, listo para el golpe final.

Fue entonces cuando la arena, unos metros más allá, comenzó a temblar de una forma distinta.
Algo más se estaba abriendo paso desde abajo, como si el desierto mismo tuviera un tercer corazón oculto bajo la piel de dunas. Una tercera presencia, callada hasta ese momento, silenciosa entre la luz y la oscuridad, se alzó despacio, sin anunciarse, con un color que no era ni blanco ni negro sino algo entre ambos, algo que dolía clasificar.

—¿Qué… qué es eso? —murmuró Auguri, con la voz quebrada.

Eirak no respondió. Por primera vez desde que Dylan lo conocía, Eirak no tenía respuesta para algo.
Nadie sabía que existía una tercera pluma. Nadie lo había escrito, nadie lo había predicho. Y sin embargo ahí estaba, observando el combate con una calma que resultaba más aterradora que cualquier ataque.
—No hay tiempo —dijo Dylan, más para sí mismo que para los otros—. Sea lo que sea eso, primero termino esto.




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