El corrector tenía un olor fuerte.
Al principio le gustaba.
Después comenzó a necesitarlo.
Nadie notó la diferencia.
La primera vez que lo destaparon fue para cubrir una palabra.
Una sola.
La brocha recorrió el papel y dejó una línea blanca, limpia, perfecta.
La mano esperó unos segundos.
Volvió a escribir.
El error había desaparecido.
El corrector sintió satisfacción.
No sabía que aquello sería suficiente para cambiarlo.
Al día siguiente volvieron a utilizarlo.
Después al siguiente.
Y después otra vez.
Al principio solo aparecía cuando hacía falta.
Luego comenzó a aparecer aunque no hubiera nada que corregir.
Una pequeña línea.
Una mancha.
Otra.
La mano lo destapaba.
Pasaba la brocha.
Esperaba.
Respiraba.
Y volvía a guardarlo.
El corrector empezó a reconocer ese momento.
El sonido de la tapa.
La presión de los dedos.
El roce húmedo de las cerdas sobre el papel.
La sensación de dejar algo blanco detrás.
Le gustaba.
Más de lo que debería.
Una tarde la mano lo abrió sin que hubiera ninguna palabra equivocada.
El corrector esperó.
No había nada.
Aun así, la brocha tocó el papel.
Una línea.
Otra.
Otra.
La mano observó la superficie blanca.
Parecía tranquila.
Entonces volvió a hacerlo.
El corrector comprendió que ya no estaba allí para corregir.
Pero no quiso pensar en eso.
Solo quería otra pasada.
Con el tiempo, la tapa empezó a cerrarse peor.
La mano tenía prisa.
Lo utilizaba.
Lo dejaba abierto.
Después regresaba.
Lo volvía a utilizar.
A veces pasaban horas antes de que alguien recordara cerrarlo.
El líquido comenzó a espesarse.
Las cerdas empezaron a endurecerse.
Algunas se pegaron entre sí.
El corrector sintió dolor cuando la brocha entraba y salía.
Pero la mano no parecía notarlo.
Solo quería usarlo.
Una vez más.
Las cerdas comenzaron a romperse.
Una cayó dentro del recipiente.
Otra quedó atrapada en una capa seca.
La mano tiró de ellas con fuerza.
—Vamos.
El corrector sintió cómo se desgarraban.
Pero cuando finalmente consiguió sacar la brocha, la mano volvió a mojarla.
Otra vez.
Otra capa.
Otra línea blanca.
El dolor desaparecía mientras trabajaba.
Por unos segundos.
Después regresaba.
Y entonces necesitaba otra.
El corrector comenzó a secarse.
Ya no podía cubrir como antes.
La mano presionaba más.
La brocha raspaba el papel.
El líquido dejaba manchas gruesas.
La mano se irritaba.
—Está raro.
Pero no lo dejó.
Lo agitó.
Lo golpeó suavemente contra la mesa.
Lo volvió a abrir.
—Todavía sirve.
Y continuó.
El corrector quiso decir que no.
Que algo estaba mal.
Que necesitaba descansar.
Que las cerdas estaban rotas.
Que el líquido se estaba endureciendo.
Pero la mano ya estaba escribiendo otra cosa.
Y él sabía qué tenía que hacer.
Cubrir.
Cada vez necesitaba más.
Antes bastaba una pasada.
Después necesitaba dos.
Tres.
Cuatro.
La capa blanca comenzó a acumularse sobre el papel.
También dentro del recipiente.
El corrector se volvió más pesado.
Más espeso.
Más difícil de utilizar.
Pero la mano regresaba siempre.
Incluso cuando prometía que sería la última vez.
—Solo una más.
La frase comenzó a repetirse.
Una más.
Y después otra.
Y después otra.
El corrector terminó asociando aquellas palabras con la sensación de alivio.
Una más.
Nunca era una.
Un día la mano intentó cerrar la tapa.
No pudo.
El borde estaba cubierto de corrector seco.
Lo intentó otra vez.
Nada.
—Mañana lo limpio.
Y lo dejó abierto.
El aire volvió a entrar.
El líquido se endureció un poco más.
Las cerdas quedaron rígidas dentro del recipiente.
El corrector observó la tapa a su lado.
Tan cerca.
Pero nadie la colocó.
Al día siguiente la mano volvió.
Lo tomó.
La brocha no salió.
Estaba pegada.
La mano tiró.
Una parte de las cerdas se quedó dentro.
El corrector sintió un vacío donde antes había fuerza.
La mano consiguió sacarla.
Miró la brocha.
Quedaban pocas cerdas.
—Mierda.
Por un instante pensó en tirarlo.
El corrector esperó.
Quizá finalmente terminaría.
Quizá dejarían de usarlo.
Pero la mano volvió a introducir la brocha.
Apenas quedaba líquido.
Y aun así...
funcionó.
Una línea blanca.
Pequeña.
Irregular.
Suficiente.
La mano respiró profundamente.
Y sonrió.
Entonces el corrector comprendió.
No lo utilizaban porque todavía funcionara.
Funcionaba porque todavía lo utilizaban.
Aunque doliera.
Aunque se secara.
Aunque se rompiera.
Aunque cada vez quedara menos de él.
La mano necesitaba verlo cubrir algo.
Necesitaba esa pequeña superficie blanca.
Ese instante en que nada parecía estar mal.
Y él necesitaba la mano.
Aunque fuera la misma que lo estaba destruyendo.
Pasaron los días.
Las cerdas desaparecieron una a una.
El líquido se convirtió en una pasta seca.
Las paredes interiores quedaron cubiertas de costras.
La tapa permaneció abierta.
El corrector ya no podía hacer una línea.
Solo dejaba pequeños fragmentos blancos sobre el papel.
Pero la mano seguía intentando.
Una pasada.
Otra.
Otra.
Hasta que la brocha quedó completamente desnuda.
No había nada más que arrancar.
La mano la miró.
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Editado: 13.09.2026