El corrector no sabía qué hacer con los espacios vacíos.
Prefería las palabras.
Las palabras podían cubrirse.
Una pasada de la brocha.
Una capa blanca.
Y después otra cosa encima.
Era sencillo.
Pero los espacios...
Los espacios permanecían.
Todo comenzó con un nombre.
Estaba escrito en la esquina de una hoja.
Un nombre corto.
Nada más.
La mano lo miró durante mucho tiempo.
Después tomó el corrector.
La brocha tembló al acercarse.
Una pasada.
El nombre desapareció.
La mano permaneció quieta.
Parecía esperar algo.
Entonces escribió otra cosa.
El corrector sintió alivio.
Había cumplido su función.
Al día siguiente apareció nuevamente.
No el nombre.
La fecha.
La mano la observó.
No la cubrió inmediatamente.
Pasaron unos segundos.
Después la brocha descendió.
Blanco.
La fecha desapareció.
Debajo quedó una pequeña sombra.
La mano aplicó otra capa.
Blanco.
Ahora sí.
Nada.
Después comenzaron las fotografías.
No estaban impresas sobre la hoja.
Estaban alrededor.
Una fotografía sobre el escritorio.
Otra dentro de un cajón.
Otra doblada entre dos páginas.
La mano no podía cubrirlas.
Así que comenzó a cubrir las referencias.
Nombres.
Fechas.
Lugares.
Frases.
"Aquí estuvimos."
Blanco.
"Te esperaba."
Blanco.
"Volveremos."
Blanco.
El corrector trabajaba cada vez más.
Al principio le gustaba.
Cada palabra que desaparecía hacía que la habitación pareciera más tranquila.
Pero pronto comenzó a notar algo.
Cuanto más cubría...
más grande se volvía el espacio vacío.
La hoja estaba casi completamente blanca.
Sin embargo, la mano seguía mirando hacia el mismo lugar.
Como si esperara encontrar allí algo que ya no estaba.
Un día escribió:
"Hoy no viniste."
El corrector se preparó.
La brocha descendió.
Pero la mano se detuvo.
La frase permaneció intacta.
Durante toda la tarde.
El corrector no entendía por qué.
Había cubierto cosas mucho más difíciles.
Nombres.
Fechas.
Recuerdos.
¿Por qué esa frase no?
Al caer la noche, la mano volvió a tomarlo.
Una pasada.
La frase desapareció.
La mano respiró.
Pero el alivio duró poco.
Porque debajo de la capa blanca todavía podía sentirse el relieve de las letras.
El corrector comenzó a endurecerse.
La tapa permanecía abierta durante horas.
La brocha quedaba expuesta al aire.
Las cerdas se pegaban.
El líquido se volvía espeso.
Pero la mano seguía utilizándolo.
Cada vez que encontraba algo que recordara a aquella persona...
lo cubría.
Un cumpleaños.
Una canción escrita al margen.
Una inicial.
Una pequeña nota.
Una fecha repetida.
Una frase que alguien había escrito hacía años:
"Nos vemos mañana."
Blanco.
Un día la mano escribió algo diferente.
No era un recuerdo.
Era una pregunta.
"¿Cómo se supone que sigo?"
El corrector se quedó inmóvil.
No había aprendido a cubrir preguntas.
Pero la mano lo acercó.
La brocha tocó el papel.
La primera pasada fue débil.
No cubrió completamente las palabras.
La mano volvió a intentarlo.
Más fuerte.
Las cerdas se doblaron.
Una se desprendió.
Otra.
El corrector sintió dolor.
Pero continuó.
Hasta que la pregunta desapareció.
Después de eso, la mano comenzó a usarlo incluso sobre espacios vacíos.
Pasaba la brocha donde no había nada escrito.
Una vez.
Otra.
Otra.
El corrector no comprendía.
No había palabras que cubrir.
No había errores.
No había fechas.
No había nombres.
Solo papel.
Pero la mano insistía.
Quizá porque aquel espacio le recordaba demasiado a alguien.
Con el tiempo, la hoja quedó llena de blanco.
Algunas partes eran lisas.
Otras estaban levantadas por las capas.
Había pequeñas grietas.
Pedazos donde el corrector se había desprendido.
La superficie parecía limpia.
Pero ya no era la misma.
El papel se había vuelto rígido.
Pesado.
Frágil.
El corrector también.
Su líquido se había reducido.
Sus cerdas estaban deformadas.
La tapa ya no cerraba correctamente.
Aun así, cada vez que aparecía un recuerdo...
la mano lo buscaba.
Una noche encontró una última palabra.
Estaba escrita en una hoja que llevaba mucho tiempo guardada.
Era pequeña.
Casi escondida.
"Gracias."
La mano la leyó.
El corrector esperaba.
La brocha estaba lista.
Pero esta vez no ocurrió nada.
La mano dejó el corrector sobre el escritorio.
Y permaneció mirando la palabra.
Mucho tiempo.
El corrector no entendía.
Aquella palabra también pertenecía al pasado.
También podía doler.
También podía cubrirse.
Pero la mano no lo hizo.
Al día siguiente volvió a leerla.
Después otra vez.
Y otra.
La palabra seguía allí.
El corrector permanecía a su lado.
Secándose lentamente.
Por primera vez no sentía la necesidad de intervenir.
Porque comprendió algo que nunca había entendido.
No todos los recuerdos estaban allí para ser corregidos.
Algunos solo querían permanecer.
Pasaron los meses.
El nombre continuó cubierto.
Las fechas también.
Las fotografías seguían guardadas.
La ausencia seguía ocupando el mismo lugar.
Pero la hoja comenzó a llenarse nuevamente.
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Editado: 13.09.2026