Siempre estaba sobre el escritorio.
No porque alguien lo necesitara.
Porque alguien podía necesitarlo.
Había cosas que no debían verse.
Una palabra mal escrita.
Una cifra incorrecta.
Una mancha.
Una grieta.
Cualquier cosa que pudiera hacer que una hoja pareciera menos perfecta.
Para eso existía.
La primera vez que lo utilizaron fue por algo pequeño.
Una fecha equivocada.
La mano pasó la brocha sobre los números.
Blanco.
Después escribió encima.
La hoja volvió a verse limpia.
—Así está mejor.
El corrector permaneció satisfecho.
Había arreglado un problema.
O eso creyó.
Después comenzaron a aparecer otras cosas.
Una firma temblorosa.
Blanco.
Una palabra tachada.
Blanco.
Una frase incómoda.
Blanco.
Una pequeña mancha de tinta en una esquina.
Blanco.
Cada imperfección desaparecía bajo una capa.
Y mientras más limpio quedaba el papel...
más importante se volvía el corrector.
La mano aprendió a utilizarlo antes de que alguien preguntara.
Si alguien venía de visita:
blanco.
Si había una discusión:
blanco.
Si algo no había salido como debía:
blanco.
Si la hoja estaba demasiado arrugada:
otra capa.
La superficie debía permanecer impecable.
No importaba lo que hubiera debajo.
Con el tiempo, las capas comenzaron a acumularse.
El papel dejó de ser suave.
Tenía pequeñas elevaciones.
Relieves.
Bultos que nadie podía explicar.
Pero desde lejos seguía pareciendo perfecto.
Eso era lo importante.
Desde lejos.
Una tarde alguien preguntó:
—¿Todo está bien?
La mano miró la hoja.
Había una grieta atravesándola.
No era profunda.
Todavía podía ocultarse.
El corrector fue tomado.
Una pasada.
—Sí.
Otra.
—Todo está bien.
Otra.
—No pasa nada.
La grieta desapareció.
La mano sonrió.
El corrector también.
A partir de entonces, las respuestas comenzaron a parecerse.
—Estamos bien.
Blanco.
—Todo marcha perfectamente.
Blanco.
—No hay ningún problema.
Blanco.
—Nunca hemos estado mejor.
Blanco.
Cada frase quedaba cubierta después de ser escrita.
Porque incluso las palabras destinadas a convencer a los demás necesitaban ser corregidas.
El corrector empezó a desgastarse.
Su brocha se llenó de residuos secos.
Las cerdas comenzaron a separarse.
La tapa dejó de cerrar correctamente.
Pero la mano no podía reemplazarlo.
Había demasiadas cosas que cubrir.
En las reuniones familiares, la hoja permanecía sobre la mesa.
Limpia.
Blanca.
Perfecta.
Nadie veía los relieves.
Nadie tocaba las capas.
Nadie preguntaba qué había debajo.
Y cuando alguien decía:
—Qué bien se ven.
La mano sonreía.
El corrector permanecía escondido.
Una noche, cuando todos se fueron, la mano volvió al escritorio.
Había una frase escrita en el centro de la hoja.
"Estoy cansado de fingir."
El corrector se quedó inmóvil.
Era una frase diferente.
No parecía una imperfección.
Parecía una confesión.
La mano lo tomó.
La brocha tocó la primera palabra.
Estoy.
Blanco.
Cansado.
Blanco.
De.
Blanco.
Fingir.
La mano se detuvo.
El corrector esperó.
Finalmente cubrió también la última palabra.
La hoja volvió a quedar limpia.
La mano respiró profundamente.
Después se miró en el reflejo oscuro de la ventana.
Y sonrió.
Al día siguiente nadie notó nada.
Ese era el éxito.
La hoja continuaba blanca.
El escritorio ordenado.
Las fotografías intactas.
Las sonrisas en su lugar.
Las conversaciones cuidadosamente elegidas.
Todo parecía normal.
El corrector estaba satisfecho.
Hasta que alguien apoyó un dedo sobre la hoja.
—¿Por qué está tan gruesa?
La mano apartó rápidamente el papel.
—Debe ser la humedad.
El corrector permaneció callado.
No era la humedad.
Las capas siguieron creciendo.
Una sobre otra.
Hasta que la hoja comenzó a perder su flexibilidad.
Ya no podía doblarse sin quebrarse.
Ya no podía sostener demasiado peso.
Pero seguía pareciendo limpia.
Y nadie quería comprobar qué tan frágil se había vuelto.
Un día el corrector cayó al suelo.
La tapa se desprendió.
El líquido se derramó.
La brocha quedó cubierta de polvo.
La mano corrió para recogerlo.
Lo levantó.
Lo miró.
Por primera vez pudo ver que estaba casi vacío.
—No.
Lo agitó.
Todavía quedaba un poco.
Suficiente para una última corrección.
La mano volvió al escritorio.
Tomó la hoja.
La observó.
No había nada escrito.
Nada visible.
Y aun así encontró una pequeña imperfección.
Una grieta.
Tan fina que apenas podía distinguirse.
El corrector fue acercado.
La brocha tembló.
Una pasada.
La grieta desapareció.
La mano sonrió.
Pero entonces escuchó un sonido.
Crac.
La hoja se partió.
No por la grieta.
Por debajo.
Por todas las capas.
Por todo aquello que había sido cubierto durante tanto tiempo.
La hoja se abrió en dos.
Y por primera vez quedaron expuestas todas las palabras.
Una encima de otra.
Problemas.
Miedos.
Errores.
Fracasos.
Despedidas.
Frases que nunca debieron decirse.
Frases que jamás se dijeron.
Todo estaba allí.
Nada había desaparecido.
La mano permaneció inmóvil.
#1751 en Otros
#310 en Relatos cortos
pensamientos, pensamientos y situaciones diarias, pensamientos y reflexiones de vida
Editado: 13.09.2026