El pueblo de San Cristóbal de las Flores despertaba cada mañana con el aroma a café recién hecho y pan horneado, pero para Mariana, los días se sentían todos iguales. Había regresado a la casa de su abuela tras perder a la persona que más amaba, y con él, también se había perdido la alegría que solía acompañarla en cada paso.
Pasaba las tardes sentada junto a la ventana, mirando las calles empedradas y la iglesia que se alzaba al fondo del valle. Los libros que tanto amaba ahora solo acumulaban polvo, y las palabras, antes sus mejores compañeras, se habían quedado atrapadas en algún lugar dentro de ella.
—Quizás así sea siempre ahora —se decía en voz baja, mientras las lágrimas le empañaban la vista.
Una tarde de lluvia suave, escuchó un sonido débil desde el porche. Un maullido corto, casi perdido entre el viento.