El Lapiz

2B ─ SEGUNDA OPORTUNIDAD

La segunda hoja no sabía nada de la primera.

No conocía sus marcas.
No había visto sus grietas.
No sabía cómo había terminado.

Solo estaba allí.

Blanca.

Esperando.

El lápiz la observó durante mucho tiempo antes de acercarse.

Había aprendido que una hoja nueva no era una hoja inocente.

Era una oportunidad.

Y las oportunidades daban miedo cuando uno sabía exactamente lo que había hecho con la anterior.

Su punta todavía conservaba restos de grafito. La madera estaba gastada en los bordes y la goma, en el extremo opuesto, había perdido casi toda su forma.

Antes no le importaba.

Escribir era sencillo.

Bastaba con tocar.

Presionar.

Avanzar.

Ahora cada movimiento le parecía demasiado grande.

Acercó la punta.

La hoja permaneció inmóvil.

El lápiz tocó su superficie.

Dejó una línea pequeña.

Se detuvo.

Esperó.

Nada ocurrió.

La fibra seguía intacta.

Volvió a escribir.

Esta vez la línea fue un poco más larga.

No había hendidura.

No había rasgadura.

Solo grafito.

El lápiz sintió algo extraño.

No era felicidad.

Tampoco alivio.

Era miedo.

Porque sabía lo fácil que era empezar.

La primera hoja también había comenzado así.

Con una línea.

Una sola.

Después había venido otra.

Y otra.

Al principio no había querido hacer daño.

Eso se repetía constantemente.

No había querido.

Pero querer no había impedido nada.

Había presionado demasiado cuando estaba enojado.

Había insistido cuando la hoja ya estaba marcada.

Había vuelto a pasar por encima de las mismas líneas porque le molestaba verlas.

Y cuando la superficie comenzó a debilitarse, no se detuvo.

Intentó borrar.

Frotó.

Presionó.

Raspó.

Quiso desaparecer sus errores.

Y terminó empeorando las heridas.

La primera hoja se había partido siguiendo precisamente las marcas que él había dejado.

No recordaba el momento exacto en que comenzó a romperse.

Recordaba, en cambio, todas las veces que pudo haber detenido el trazo.

Eso era peor.

La segunda hoja seguía frente a él.

Limpia.

Paciente.

Sin saber nada.

El lápiz volvió a acercarse.

Escribió una palabra.

Perdón.

La observó.

Después miró la goma.

Por costumbre, quiso borrarla.

Se detuvo.

Comprendió que aquella palabra no podía reparar nada.

Borrarla tampoco.

Así que la dejó.

La palabra permaneció sobre la hoja.

Torpe.

Oscura.

Insuficiente.

Pero sincera.

El lápiz continuó.

No escribió grandes frases.

No intentó llenar la página.

Solo trazó pequeñas líneas.

Cada una con menos presión que la anterior.

Había descubierto algo que nunca había considerado:

una línea no necesitaba hundirse para permanecer.

Podía tocar sin herir.

Podía dejar una marca sin atravesar la fibra.

Podía detenerse.

Aquello parecía sencillo.

Pero para él era nuevo.

Durante mucho tiempo había confundido fuerza con precisión.

Creía que mientras más presionara, más claro sería el resultado.

Ahora entendía que algunas cosas se vuelven ilegibles cuando se les exige demasiado.

La segunda hoja comenzó a llenarse lentamente.

No estaba perfecta.

Había espacios vacíos.

Palabras torcidas.

Una letra demasiado grande.

Otra casi invisible.

Pero ninguna fibra estaba levantada.

Ningún borde estaba roto.

El lápiz se detuvo.

Miró hacia la mesa.

A un lado permanecía un pequeño fragmento de la primera hoja.

Había sido guardado allí durante mucho tiempo.

No quedaba mucho.

Un pedazo irregular.

Una parte de una palabra.

Una esquina doblada.

El lápiz la miró.

Por un instante deseó tomarla y borrarlo todo.

Deseó regresar.

Volver al principio.

Escribir de otra manera desde el primer trazo.

Pero sabía que no podía.

La primera hoja no podía volver a ser entera.

La segunda tampoco podía convertirse en ella.

Y quizá esa era la parte más difícil de comprender.

Una segunda oportunidad no era una máquina para retroceder.

No deshacía lo ocurrido.

No convertía al culpable en inocente.

No devolvía la blancura.

Solo colocaba una hoja nueva frente a una mano que ya sabía de lo que era capaz.

El lápiz volvió a mirar la palabra.

Perdón.

Todavía estaba allí.

No había desaparecido.

Entonces escribió debajo:

No voy a repetirlo.

La frase ocupó poco espacio.




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