El Lapiz

4B—CUANDO DEJÉ DE DIBUJAR

El lápiz llegó nuevo.

Demasiado nuevo.

Su madera estaba lisa, sin marcas. La pintura amarilla brillaba bajo la luz y la punta, perfectamente afilada, parecía no haber tocado nunca una superficie.

Era pequeño.

Ligero.

Intacto.

Esperaba dentro de una caja junto a otros lápices que también tenían las puntas perfectas.

No sabía para qué servía.

Solo sabía que había sido hecho para escribir.

Para dibujar.

Para comenzar.

La primera vez que una mano lo tomó, sintió algo parecido a la emoción.

Lo llevaron hasta una hoja blanca.

El lápiz tocó la superficie.

Una línea.

Después otra.

Y otra.

Un sol apareció en una esquina.

Tenía demasiados rayos.

Una casa quedó debajo.

Las ventanas eran desiguales.

Había un árbol demasiado grande junto a la puerta y una figura humana con brazos largos que apenas cabía dentro de la hoja.

La mano que lo sostenía soltó una pequeña risa.

—Qué bonito.

El lápiz no sabía qué significaba bonito.

Pero le gustó.

Durante mucho tiempo, sus páginas estuvieron llenas de cosas imposibles.

Dragones.

Monstruos.

Casas flotando.

Personas con alas.

Castillos.

Nubes moradas.

Mares que llegaban hasta el cielo.

El lápiz dibujaba sin preguntar si aquello tenía sentido.

No conocía la vergüenza.

No conocía el error.

Si una línea salía torcida, simplemente dibujaba otra.

Si una casa quedaba demasiado pequeña, hacía otra más grande.

Si el sol terminaba en medio de una nube, lo dejaba allí.

Todo podía existir.

Todo cabía en una hoja.

Entonces comenzaron las palabras.

Primero su nombre.

Después palabras cortas.

Luego frases.

El lápiz descubrió que también podía contar cosas.

No solo dibujarlas.

Y siguió creciendo.

O eso creyó.

Un día la mano cambió.

Ya no lo tomó para dibujar.

Lo tomó para escribir una respuesta.

Después otra.

Después otra.

Las hojas dejaron de estar llenas de monstruos y casas flotantes.

Ahora tenían números.

Fechas.

Oraciones.

Correcciones.

El lápiz seguía escribiendo.

Pero algo había cambiado.

Cuando se equivocaba, ya no bastaba con dibujar otra cosa.

Había que borrar.

La goma comenzó a trabajar.

Una palabra desaparecía.

Otra ocupaba su lugar.

La hoja se llenaba de tachones.

El lápiz comenzó a desgastarse.

La punta perdió su perfección.

Ya no era fina.

Había adquirido una pequeña inclinación.

La madera comenzó a mostrar señales donde antes solo había pintura.

No le importó.

Seguía escribiendo.

Después llegaron los años.

Las hojas cambiaron.

La letra también.

Ya no había soles con demasiados rayos.

Ni monstruos.

Ni casas flotando.

El lápiz fue guardado en estuches.

Cayó al suelo.

Rodó debajo de escritorios.

Fue encontrado semanas después cubierto de polvo.

Una vez alguien mordió su extremo.

Otra vez alguien presionó tanto la punta que se quebró.

Fue afilado.

Volvió a ser pequeño.

Le quitaron parte de la madera para devolverle la punta.

El lápiz no entendió por qué para continuar debía desaparecer un poco.

Pero continuó.

Siempre continuó.

Cada vez quedaba menos.

La pintura comenzó a desprenderse.

Primero en pequeñas zonas.

Después en tiras.

La madera quedó expuesta.

Tenía arañazos.

Golpes.

Manchas.

Marcas de dientes.

Ya no parecía nuevo.

Ya no parecía el lápiz que había llegado dentro de aquella caja.

Pero todavía escribía.

Eso era suficiente.

Al menos eso pensaba.

Una tarde cayó de una mesa.

Nadie lo recogió.

Permaneció en el suelo durante horas.

Desde allí podía ver una ventana.

Afuera, el cielo estaba naranja.

El lápiz recordó algo.

No sabía exactamente qué.

Un sol.

Una casa.

Un árbol.

Una figura con brazos demasiado largos.

Intentó recordar quién había dibujado aquello.

Y entonces comprendió que había sido él.

Pero hacía tanto tiempo que parecía otra vida.

La infancia estaba allí, en algún lugar de su madera.

Muy adentro.

Como una línea que había sido cubierta demasiadas veces.

El lápiz quiso volver a dibujar.

No escribir.

No responder.

No corregir.

Solo dibujar.

Buscó una hoja.

Encontró una vieja.

Estaba arrugada.

Tomó posición.

La punta tocó el papel.

Intentó dibujar un sol.

La línea salió débil.

Lo intentó nuevamente.

La punta se quebró.

El lápiz quedó inmóvil.

Miró el pequeño fragmento de grafito sobre la hoja.

No sintió dolor.

Sintió algo peor.

Nostalgia.

Recordó cuando podía hacer un sol sin preguntarse si estaba bien hecho.

Cuando una casa torcida seguía siendo una casa.

Cuando los monstruos no tenían nombres.

Cuando las líneas no necesitaban ser perfectas.

Cuando equivocarse significaba empezar otra vez.

Ahora no sabía qué dibujar.

Tenía tantas cosas dentro que ninguna encontraba la salida.

Pasaron los años.

El lápiz siguió disminuyendo.

Cada afilado se llevaba una parte de él.

Cada uso lo hacía más corto.

Hasta que un día alguien lo sostuvo entre dos dedos y dijo:

—Ya casi no sirve.

El lápiz escuchó.

No respondió.

Nunca había sabido hacerlo.

Fue colocado en un cajón.

Oscuro.

Quieto.

Olvidado.

Allí permaneció junto a gomas endurecidas, hojas viejas y otros lápices demasiado pequeños para ser utilizados cómodamente.

Nadie volvió por él durante mucho tiempo.

Hasta que una tarde una mano abrió el cajón.




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