El lápiz sabía borrar.
Por eso nunca tuvo miedo de equivocarse.
Podía escribir cualquier cosa.
Una palabra.
Una mentira.
Un nombre.
Una sentencia.
Y si no le gustaba el resultado, bastaba con girarse.
La goma estaba allí.
Blanca.
Pequeña.
Paciente.
Era su manera de sentirse invencible.
Podía destruir una frase y fingir que nunca había existido.
Eso creía.
La primera marca fue accidental.
La punta resbaló y atravesó el margen de la hoja.
El lápiz se detuvo.
La hoja permaneció inmóvil.
No hubo protesta.
No hubo sonido.
Solo una línea gris sobre el blanco.
—No importa —pensó.
Y siguió escribiendo.
Después cometió otro error.
Esta vez fue intencional.
Quería tachar una palabra.
Presionó demasiado.
La punta se hundió.
La fibra se abrió apenas.
Nada grave.
Todavía podía borrarlo.
Giró el lápiz y frotó la goma contra la superficie.
Una vez.
Dos.
Tres.
La línea desapareció.
Pero quedó una pequeña hendidura.
El lápiz la observó durante unos segundos.
Era casi invisible.
Sonrió.
Había aprendido algo.
No todo lo que dañaba tenía que verse.
Continuó.
Cada vez escribía con más fuerza.
Las palabras se volvieron oscuras.
Pesadas.
Agresivas.
Cuando algo no le gustaba, lo tachaba.
Cuando algo lo molestaba, lo atravesaba.
Cuando quería cambiar una decisión, presionaba hasta que la hoja cedía.
Después borraba.
Una y otra vez.
La superficie comenzó a perder su suavidad.
Algunas zonas se volvieron ásperas.
Otras quedaron delgadas.
Pero el lápiz no se preocupó.
Siempre podía borrar.
Eso se repetía.
Siempre podía borrar.
Hasta que empezó a creer que esa posibilidad lo hacía incapaz de causar un daño definitivo.
La hoja, en cambio, comenzaba a recordar.
Cada trazo dejaba algo.
Incluso después de desaparecer.
Una sombra.
Una hendidura.
Una fibra levantada.
El lápiz no quería mirar demasiado.
Era más sencillo continuar.
Una tarde escribió una palabra y no le gustó.
La tachó.
Después la volvió a escribir.
Volvió a tacharla.
La tercera vez presionó tanto que la punta se quebró.
Un fragmento de grafito quedó enterrado en la hoja.
El lápiz se quedó inmóvil.
La hoja tampoco se movió.
Entonces tomó la goma.
Frotó.
Frotó con fuerza.
Hasta que el grafito desapareció.
Pero la superficie había quedado marcada.
El lápiz la miró.
Algo dentro de él comprendió que aquello ya no era una corrección.
Era una herida.
Aun así, siguió.
Porque detenerse significaba mirar.
Y mirar significaba reconocer.
Con el tiempo aprendió a evitar ciertas partes de la hoja.
No porque le importaran.
Porque sabía que estaban demasiado débiles.
Pero a veces olvidaba.
Otras veces estaba molesto.
Y cuando estaba molesto, dejaba de importarle.
El lápiz golpeaba la superficie.
Una línea.
Otra.
Otra más.
La hoja se doblaba ligeramente bajo cada presión.
Él lo notaba.
Siempre lo notaba.
Pero había aprendido a llamarlo otra cosa.
Descuido.
Exageración.
Un accidente.
Cualquier palabra era mejor que admitir que estaba dañándola.
Hasta que escribió un nombre.
El nombre de alguien.
Lo colocó en el centro de la hoja.
Lo observó.
Por alguna razón, le molestó verlo allí.
Tal vez porque era demasiado claro.
Demasiado verdadero.
El lápiz trazó una línea encima.
Después otra.
Después otra.
El nombre quedó enterrado bajo grafito.
La hoja se estremeció.
Esta vez el lápiz lo sintió.
La fibra había cedido.
Miró el centro.
Había una pequeña grieta.
Tan fina que casi parecía una línea más.
El lápiz se quedó quieto.
Podía detenerse.
Todavía podía.
Por primera vez lo supo con absoluta claridad.
Podía detenerse.
Pero no quería mirar aquella grieta.
Así que intentó borrarla.
Giró el lápiz.
La goma descendió.
Frotó una vez.
La grieta permaneció.
Frotó más fuerte.
Una fibra se levantó.
Se detuvo.
La volvió a presionar.
Frotó otra vez.
La superficie se adelgazó.
El lápiz empezó a respirar con dificultad, aunque los lápices no respiran.
Quería hacer desaparecer aquello.
No quería que quedara evidencia.
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Editado: 27.08.2026