El secreto de alma

Prólogo

Alma

​—Ethan... por favor, ¿puedes dejar de herirme? —suplico, sintiendo que la última brizna de dignidad se me escapa entre los dedos.

​Su risa no tiene calidez; es un eco hueco, afilado y cruel que resuena en los pasillos vacíos de la facultad. Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con esa presencia abrumadora que a medio campus universitario le provoca devoción y al otro medio, terror. Es el intocable capitán del equipo de hockey, el dueño de una vida perfecta donde los millones, la salud y la adoración de todos se compran con un chasquido de dedos.

​—¿Por qué carajos haría algo así, Alma? —escupe, con los ojos oscurecidos por un desprecio que quema—. No eres más que una cualquiera que se va a terminar pudriendo en la soledad. Deberías besar el suelo por el que piso y agradecer que fui el único hombre en todo este maldito lugar que se dignó a fijarse en tu insípida apariencia.

​Sus palabras me golpean con la fuerza física de un golpe al pecho. Me destrozan el corazón de una manera tan limpia y absoluta que apenas puedo respirar. Si tan solo él supiera la verdad... Si tuviera una mísera idea de lo que realmente ocurre bajo mi piel, sabría lo patéticas y vacías que suenan sus venganzas.

​—No te pido que me perdones... ni siquiera que me entiendas, Ethan —digo con un nudo en la garganta que me ahoga, mientras trago saliva intentando contener el temblor de mis labios—. Solo... ¿puedes ignorarme?

​La humillación de hoy es la peor cruz que he tenido que cargar en toda mi vida. Y lo peor, lo más insoportable, es que lo estoy soportando todo en silencio. Callo mi verdad para no mendigar lástima, para no ver la mirada de conmiseración de nadie, y sobre todo, porque no quiero que su última memoria de mí sea la de una víctima quebrada.

​Ethan me mira fijamente, procesando mi súplica, y su mueca se transforma en una sonrisa torcida antes de soltar otra carcajada cargada de ponzoña.

​—¿Ignorarte? No, preciosa. Para las mentirosas e interesadas como tú, lo único que se merece es la humillación pública... y te aseguro que yo me voy a encargar de recordártela cada día —se inclina hacia mí, rozando mi oído con un susurro que me congela la sangre—. De hecho, solo espero seguir aquí, de pie, para cuando se acabe tu miserable vida. Y te juro por Dios que lo voy a disfrutar.

​Un silencio espeso se desploma entre nosotros. Ya no puedo más. Siento las lágrimas calientes y traicioneras bajar por mis mejillas, quemando la piel que él se empeña en pisotear.

​Si tan solo supieras, Ethan... —pienso con el alma rota en mil pedazos—. Si tan solo supieras que para eso ya no falta casi nada, mi amor.

​Mientras tú tienes el futuro asegurado, mientras podrás envejecer, tener hijos, nietos y cumplir cada uno de tus caprichos bajo este sol, yo daría lo poco que me queda de existencia tan solo por el derecho a soñar con una sola de esas mañanas a tu lado.

​—Está bien... —es lo único que acierto a decir, con la voz rota por completo.

​Me doy la vuelta y me alejo a paso firme, obligándome a no correr, a no dejarle ver que acaba de destruir lo poco que me quedaba en pie, mientras la muerte, paciente y silenciosa, me espera al final del pasillo.




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