Ya en la universidad, traté de localizarlo, pero no estaba por ninguna parte. ¿Se escondía de mí? Empecé a sentirme paranoica. ¿Y si ese muchacho no tenía nada que ver y solo lo estaba espantando? No, mi instinto me decía que él sabía algo.
Lo presentía.
Caminaba por el patio cuando, por el rabillo del ojo, vi a alguien acercarse. Al enfocar, el corazón se me hundió: era Marcos. «Carajo», exclamé, y salí corriendo hacia los baños.
No soy una chica de problemas, pero Marcos era el ex amigo de un primo muy cercano, y mi primo me había advertido mil veces que me cuidara de él. Creí que se había ido del país, pero me equivoqué.
-¿Qué hago? -dije en voz alta, atrapada entre los lavamanos.
-Huye -respondió una voz a mi lado. Era el chico de la heterocromía.
-Este es el baño de damas, pervertido -fue lo primero que escupí.
-¿Eso es lo que te interesa ahora? -preguntó con una calma exasperante, apoyado en la pared.
-No sé qué hacer. ¡Maldición! -me cubrí la cara con frustración.
-Por si te preguntas si vienen por ti: sí, vienen por ti -dijo con una sonrisa ladeada-. Los oí preguntar por Fara... la "pequeña Fara".
-¿Te divierte esto?
Él solo se burló en silencio. Yo caminaba de un lado a otro, buscando una salida.
-Sal por las oficinas -indicó él-. Hay una puerta que da a la calle de atrás. Ahora todos están en clase, nadie te verá.
-¿Por qué me ayudas?
-Deja de preguntar tonterías y vete.
Pasó por mi lado y desapareció, dejándome más confundida que antes. Salí con cautela y corrí por el pasillo. Justo cuando iba a alcanzar la salida, escuché un grito a mis espaldas:
-¡Fara!
Giré y vi a Marcos al inicio del corredor. Pero, de la nada, el chico misterioso se interpuso en su camino, deteniéndolo para preguntarle algo.
Aproveché el segundo de distracción y escapé. No sabía quién era ese muchacho ni cuáles eran sus intenciones, pero le debía una.
°°°
Llegar al bus fue extrañamente fácil. Demasiado fácil. Mientras el vehículo arrancaba, miré por la ventana: el chico estaba de pie al otro lado de la calle, observándome con una sonrisa que me erizó la piel. El miedo se instaló en mi estómago. Esto ya no era una coincidencia; era una cacería.
El bus se detuvo en una alcabala militar. Los soldados revisaban documentos. Cuando llegó mi turno, un oficial me ordenó bajar sin siquiera mirar mi cédula.
Antes de que pudiera protestar, me subieron a un auto negro. Rodamos unos treinta minutos hasta una casa aislada. Me encerraron en un cuarto, esposada de pies y manos.
-Nos vemos de nuevo -dijo Marcos, cerrando la puerta tras de sí.
-¿Tan peligrosa soy que necesito cadenas? -arqueé una ceja.
-Es para que no huyas. Solo necesito que tu primo tenga una motivación para venir.
-No vendrá -siseé-. Y dile a tu amigo, el de los ojos raros, que gracias por delatarme.
-¿El del pasillo? No lo conozco -Marcos se sentó frente a mí-. Pensé que era un estudiante que te estaba haciendo ganar tiempo.
Se acercó y me tomó por la barbilla.
-No te hagas la tonta, Fara. Sebastián te ama. Siempre supo que era adoptado, lo que le dio la libertad de quererte de otra forma, aunque te respetara por tu madre. Tú también lo querías a él.
De repente, el aire se volvió gélido. Un frío antinatural que calaba los huesos. Marcos revisó el aire acondicionado, pero el aparato estaba apagado. Intentó abrir la puerta, pero soltó un grito: la manija estaba tan fría que le quemó la piel. Las luces empezaron a parpadear frenéticamente.
-¿Qué sucede? -su voz tembló.
-¡Yo qué sé, imbécil! ¡Estoy encadenada!
Marcos gritó por ayuda, pero una voz gutural y terrorífica retumbó en las paredes:
-Nadie te va a escuchar.
Cerré los ojos con fuerza, con el corazón a punto de estallar. La oscuridad fue total.
Entonces, sentí un susurro cálido contra mi oído, un contraste violento con el frío del cuarto:
-No permitiré que nada te suceda... Fara.
Unos labios helados rozaron mi mejilla y, acto seguido, Marcos empezó a gritar. Eran alaridos desgarradores, como si lo estuvieran despedazando vivo. El silencio volvió de golpe.
Sentí cómo las esposas se abrían solas. Estaba paralizada, al borde de la hiperventilación. Unas manos invisibles y frías tomaron las mías, guiándome en la negrura. Tropecé con algo blando en el suelo -un cuerpo-, pero no me detuve.
Una puerta se abrió sola al final del pasillo, bañándome con la luz de la tarde. Miré atrás: no había nadie. Solo hombres inconscientes en el suelo. Salí corriendo hacia el bosque, siguiendo el sonido lejano de la carretera.
Caminé por veinte minutos, tarareando para no volverme loca de terror, hasta que escuché a alguien correr entre los arbustos.
Me escondí tras un tronco, pero mi corazón se detuvo al ver quién era.
-¿Sebastián? -susurré.
Él giró, con los ojos inyectados en sangre por la preocupación. Al verme, se acercó como si yo fuera un espejismo.
-Fara... estás bien -me tomó la cara entre sus manos antes de fundirnos en un abrazo que parecía eterno.
-¿Cómo escapaste de Marcos? -preguntó mientras me guiaba hacia su auto.
-No sé cómo explicarlo... pensé que habías sido tú.
-Yo recibí el mensaje hace diez horas y venía dispuesto a todo, pero aún no llegaba a la casa. Si no fui yo... ¿quién fue?
Llegamos a la carretera. La puesta de sol iluminaba su rostro.
-Fara, perdóname por desaparecer -dijo con la voz rota-. Nunca dejaste de ser "mi Fara".
Le sonreí, sintiendo cómo mi propia respiración se calmaba. Subimos al auto. Mi mente seguía en ese cuarto frío, pero al menos ahora estaba con él.
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Editado: 10.09.2026