-Señorita Renolt, ¿qué tiene que decir sobre la discusión? -preguntó el profesor Puche, mirándome con una ceja arqueada.
-El ser humano es capaz de realizar lo que sea -respondí con firmeza-, pero su moral es lo que lo limita. Un asesino o un violador no tiene moral; en cambio, los que no se atreven es porque tienen principios, o quizás solo miedo al castigo.
-Profesor, yo creo más bien que los humanos actúan por pura conveniencia -intervino una voz desde el fondo. Era él, el chico de la heterocromía-. La moral y los principios son etiquetas; las acciones son una cosa, pero lo que hay en la mente y el corazón es otra muy distinta.
-Buen aporte, señor Cornivell -concluyó el profesor-. Todos realizarán un informe sobre cómo influye el comportamiento humano en la moralidad. Pueden retirarse.
Cornivell. Ese apellido me sonaba. Creo que es familia de una profesora de otra universidad; son los únicos con ese nombre por aquí.
Lo vi salir y lo alcancé antes de que cruzara el patio.
-Hola. Quería agradecerte por lo de anoche, pero no sé tu nombre -solté de golpe, como si se me acabara el tiempo.
-No es nada. Y si tanto te interesa, puedes decirme Azirafel -respondió con una calma casi irreal.
-Bueno... Azirafel, gracias por todo.
Él sonrió. Fue la primera vez que vi una expresión suya que pareciera sincera, aunque duró apenas un segundo antes de que se marchara.
Es un tipo realmente extraño.
°°°
Odiaba tener que salir por la tarde. El bus no pasaba y el calor empezaba a ceder ante una tarde fresca. El sol me acariciaba el rostro y, por un momento, recordé cuando me acostaba en la hierba a ver las nubes con mi papá.
Eran días buenos... hasta aquel día.
Mi respiración se agitó; un ataque de ansiedad amenazaba con cerrarme la garganta, así que saqué cuatro chicles y me los metí a la boca, un hábito extraño que había desarrollado para engañar al pánico.
Llevaba treinta minutos caminando cuando llegué a una propiedad abandonada. Vi una silueta escabullirse entre las ruinas. «Fara, no es tu problema», me dije, pero la curiosidad fue más fuerte.
Intenté llamar a Sebastián, pero no contestaba.
Suspiré, resignada a mis instintos, y salté la reja.
«Dios mío, ¿qué estoy haciendo?», repetía mientras me adentraba en la tenebrosa estructura.
De pronto, escuché voces y me oculté tras un muro derruido.
-Entonces, Azirafel... ¿ya te decidiste? -era una voz sombría, que parecía vibrar en el aire.
-No sé cuántas veces te lo repetiré -la voz de Azirafel sonó imponente, mucho más profunda de lo habitual-. Te dije que para el 19 de diciembre tendrás una respuesta.
-Se te acaba el tiempo. Si no eliges un bando, desaparecerás -la voz sombría se mezcló ahora con un tono femenino, creando un efecto escalofriante.
-Lo sé. Fin de la conversación.
-Tendrás que dar más explicaciones hoy, "alado". Tu bufón te está espiando.
¡Mierda! Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Cómo me habían detectado? Salí de mi escondite lista para enfrentar lo que fuera, pero Azirafel estaba solo.
La otra presencia se había esfumado.
-De verdad eres increíble -dijo él con frustración.
Antes de que pudiera defenderme, mi celular vibró. Sebastián me devolvía la llamada.
-Hola, Sebas... ¿podrías buscarme? Estoy en la mansión abandonada de la vía principal.
-¿Qué haces ahí? Voy para allá -su voz sonaba alarmada.
Azirafel me miró con una ceja arqueada.
-¿Ya hablaste con tu novio?
-No es mi novio -mascullé-. Y sé que escuchar conversaciones ajenas es de mala educación, pero...
-Delicioso... huele a temor... -un eco distorsionado inundó la casa.
De las sombras empezaron a emerger criaturas hechas de carne podrida. Olían a muerte y azufre.
-Carajo, lo que faltaba -Azirafel se plantó frente a mí y desenvainó una daga que emitía un fulgor dorado-. Quédate detrás de mí. No hagas que nos maten.
Uno de esos seres se lanzó sobre él. Con un movimiento veloz, Azirafel le cortó la garganta; la criatura se deshizo en cenizas al instante.
-¿Qué es esto? -pregunté, con el corazón martilleando en mis oídos.
-Demonios de cuarta categoría. Frágiles, pero letales en grupo. Su inteligencia compensa su falta de fuerza.
-Me debes una explicación si salimos vivos de aquí.
-Esto no pasaría si no fueras tan malditamente curiosa.
No pude replicar. Un demonio saltó desde la oscuridad directamente hacia mi rostro. Azirafel gritó mi nombre, pero no llegaba a tiempo.
Por puro instinto, estiré las manos y solté un grito ahogado. Al contacto con mis palmas, la criatura explotó en un estallido de luz blanca.
Caí de rodillas, temblando. Los otros demonios chillaron y se refugiaron en las sombras, huyendo de mí.
-¿Qué... qué pasó? -susurré.
Azirafel se acercó y me tomó de las manos. Su tacto quemaba, como si tuviera una fiebre altísima.
-Entiendo... ¿Qué tanta pureza debe tener una persona para lograr esto? -frotó su pulgar contra mi piel-. La escarcha, Fara. Sé que la ves. Es plateada.
Tu alma emana una luz que solo los puros, o los que están en proceso de limpieza, pueden proyectar.
No eres una chica común. Me pregunto qué habrá realmente en tu corazón.
Estaba tan cerca que podía sentir su aliento.
Me juzgaba con esos ojos de distinto color, como si buscara algo oculto en mis nervios.
Me puse de pie y retrocedí, justo cuando Sebastián apareció a unos metros, con la mirada cargada de preguntas.
-¿Interrumpo algo? -preguntó Sebastián, acercándose lentamente.
-Para nada. Llévate a tu loca y mantenla vigilada antes de que se meta en problemas de verdad -
Azirafel me empujó suavemente hacia él y se alejó.
Sebastián me tomó de la muñeca y me arrastró hacia el auto. Estaba furioso.
-¿Qué carajos hacías ahí? -preguntó una vez que estuvimos en marcha.
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Editado: 10.09.2026