-Aléjate, por favor.
Mi desnudez no solo me hacía sentir expuesta en la carne, sino también en el alma. Pero él se acercaba, ignorando mis súplicas.
-No me hagas daño, por favor... -el ruego se deshizo en un sollozo. No tenía fuerzas. Mi cuerpo no respondía mientras él pasaba sus manos sádicamente sobre mí. «Si tan solo pudiera golpearlo, sacarle un ojo con las uñas...».
-Déjame... -las lágrimas corrían por mis mejillas como cascadas. Entonces, su voz, cargada de un impulso inhumano, siseó:
-Si no hubieras sido tan curiosa, esto no habría pasado... Fara.
«¿Es mi culpa? ¿Realmente es mi culpa? Solo iba a buscar mi juego de cocina... ¿Cómo iba a saber que estarías ahí, dopado, encerrado en mi habitación? Solo era una niña...».
Desperté de golpe. Al principio no lograba escuchar a Sebastián, que me miraba con desesperación. Cuando mis oídos se abrieron, me di cuenta de que estaba sollozando. La pesadilla se sentía demasiado real, un eco de un recuerdo que quería mantener enterrado.
De pronto, sentí el calor del abrazo de Sebastián. Me quedé en shock. Traté de zafarme, pero él me apretó más fuerte contra su pecho.
-Llora, Fara -su voz era cálida, un refugio seguro.
Por un momento, me permití ser vulnerable. Mis manos se aferraron a su espalda y el llanto brotó a mares, sollozos que salían desde lo más profundo de mi alma. Él acarició mi espalda, dándome consuelo, hasta que poco a poco el miedo a estar sola se disipó.
-¿Qué soñabas? -preguntó Sebastián, yendo directo al grano.
-Si te lo cuento, tendré que darte la historia completa. Pero primero dime... ¿cómo llegué aquí?
-Te dormiste después de apagar el aire del carro. No respondías, así que te cargué hasta el cuarto. Me quedé contigo porque la escarcha de tus manos se volvió oscura... me asusté.
Sebastián no fue adoptado solo; él y su hermano, Francisco, llegaron juntos a nuestra familia. Pero Francisco era ocho años mayor y había empezado a consumir drogas en el orfanato. Lo ocultó para que no los separaran.
-Tu hermano cambiaba por completo cuando se drogaba -empecé a decir con la voz temblorosa-. Una vez, en una reunión familiar, los adultos salieron y nos dejaron bajo su cuidado. Yo fui a mi habitación a buscar mi juego de cocina, pero él estaba ahí, perdido en su mundo. Quise irme, pero cerró la puerta. Era mucho más fuerte que yo... me lanzó a la cama y arrancó mi vestido de flores.
El llanto me impidió seguir.
-No puedo decirlo, Sebastián, pero sueño con eso cada noche. Cuando él volvió en sí y me vio allí, desnuda, reaccionó de forma horrible. Empezó a gritar, a golpearse la cabeza... es mi culpa. Por mi culpa tu hermano está en el psiquiátrico. Ódiame si quieres, pero no me dejes sola.
Sebastián no me dejó terminar. Me abrazó con fuerza, acariciando mi cabello.
-No es tu culpa, Fara. Jamás te dejaré sola. Francisco no estaba bien y tú no eras responsable de sus actos. Eras una niña.
-¿Quieres... acompañarme a dormir? ¿Como cuando éramos niños?
-Claro que sí.
Ya no estaba sola.
°°°
Al despertar, vi a Sebastián ocupando media cama con demasiada comodidad. Fiel a mi estilo, lo empujé con las piernas hasta que cayó al suelo.
-Esa es la Fara que conozco -se quejó él desde el piso, levantándose con una sonrisa adormilada para darme los buenos días.
-¿Me llevas al trabajo? -pregunté mientras ordenaba las sábanas.
-¿No tienes clases?
-Semana libre por la feria universitaria. Pero prefiero trabajar.
-¿Y de qué trabajas, "ratoncita"? -me miró divertido.
-Recreando niños -susurré.
-¡Ja! La Fara que odia a los niños, divirtiéndolos. Esto tengo que verlo.
Fara significa "ratón" en otro idioma. Mi padre me puso ese nombre porque nací muy pequeña, y Sebastián lo usa siempre para molestarme.
Fui a la cocina para avisarle que estaba lista. Llevaba mi uniforme: un mono cómodo, una camisa fucsia con el logo de recreadores, un maquillaje impecable y un pequeño patito en el cabello. Sebastián y mis primos estallaron en risas al verme.
-Tía Alana, jamás pensé ver esto en mi vida -se burlaba Sebastián.
-¡Cállate! -chillé roja de la vergüenza-. Vamos, llévame de una vez.
Narra Sebastián
Dejé a Fara en la institución y me dirigí a la feria de su universidad. Ese tal Azirafel sabe mucho más de lo que aparenta. Si compartí esos momentos paranormales con ella desde niños, debe ser por algo.
Caminé entre los puestos de la feria hasta que lo vi comiendo lo que parecía un pastel. Me acerqué rápidamente. Él habló antes de que yo abriera la boca.
-¿Por qué no la estás cuidando?
-Necesito respuestas -le solté, parándome frente a él. Azirafel me miró con ojos vacíos, agotados.
-¿Te parece que me interesa contarte mi vida?
-No, pero te preocupa Fara. Que yo sepa cómo protegerla te beneficia, ¿o me equivoco?
Él se cruzó de brazos.
-Solo la cuido porque se entromete en mis asuntos. No quiero que una inocente pague por mis deudas. Es una niña asustada que cree tener el control.
-Azirafel, yo veo lo que ella ve. Incluso más. Y supongo que esa marca en tu cuello significa algo que ella aún no puede percibir.
Él se cubrió instintivamente un tatuaje de símbolos extraños en su cuello y suspiró.
-Ustedes están bajo una promesa divina. Emanan tanta luz que me da náuseas, especialmente ella. Pero la luz atrae a las polillas.
-Demonios -añadí.
-Exacto. Las pesadillas, las sombras... son demonios intentando apagar su luz. Por eso es bueno que estés cerca.
-¿Y tú qué eres?
Él guardó silencio un momento.
-No puedo decirlo aún. Pero si quieres cuidar a la "ratoncita", puedo ayudarte.
Puso su mano en mi hombro y sentí un calor abrasador, como si su sangre fuera fuego.
-¿Por qué la proteges?
-Porque es un alma especial, difícil de encontrar en este mundo. Pero basta de charla. Ahora mismo, varios demonios se dirigen a la escuela donde ella está. Vamos.
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Editado: 01.10.2026