Gehena

IV

Íbamos en el auto con Provider de Sleep Token de fondo. Hubo un tiempo en el que detestaba la música que a él tanto le gustaba, pero acabé amándola; supongo que antes me disgustaba porque me sentía demasiado identificada con esas letras.

-¿Qué pasó entre Marcos y tú para llegar a este extremo? -pregunté de improviso.

-Fue una tontería de niños que se convirtió en algo serio -respondió Sebastián, con los ojos fijos en la carretera, ocultando mal su incomodidad.

-¿No puedes contarmelo? Al menos merezco una explicación después de ser arrastrada a esto.

-¿Recuerdas que el abuelo decía que por una mujer caen imperios? Eso fue lo que sucedió. Una mujer se adueñó de ambos corazones, pero un hombre que ama de verdad no comparte su amor con nadie, ni siquiera con su mejor amigo.

En ese momento, las palabras de Marcos volvieron a mi mente y se me erizó la piel.

-¿Y quién es esa mujer? ¿La conozco? -necesitaba confirmarlo.

-Tal vez. Solo que no sé si hoy sigue siendo la misma persona -respondió con evasivas.

Supe que no diría más; cuando Sebastián no responde directamente, es porque no soltará la verdad por nada del mundo.

Seguimos en un silencio denso.

De pronto, lo escuché susurrar: «Me da miedo un beso». Es mi poema favorito de Paul Verlaine. Aún lo recordaba. Me di cuenta de que, aunque el tiempo y la distancia nos habían cambiado, en el fondo seguíamos conectados por esos hilos invisibles. Ya no éramos niños, eso estaba claro.

°°°

Al llegar a casa, mi mamá lo recibió con un amor desbordante.

Mientras se ponían al día, me refugié en la ducha para intentar lavar el estrés de mi cuerpo. No dejaba de pensar en aquel susurro en la oscuridad: «No permitiré que algo te suceda». El recuerdo me provocaba escalofríos. Estaba a salvo, pero las preguntas seguían ahí, quemando.

Salí del baño en pijama y encontré a Sebastián y a mi mamá en mi habitación.

-Hija, hoy compartirás habitación con él. Mañana el cuarto de visitas estará listo.

-Pero mamá... ¿cómo voy a dormir con Sebastián?
-Ay, mija, si ustedes son como hermanos -respondió ella, saliendo del cuarto con total naturalidad.

Vi cómo el semblante de Sebastián cambiaba ante ese comentario.

-Tranquila, puedo dormir en el suelo -dijo él, forzando una sonrisa.

-No te preocupes, la cama es grande.

Puse unas almohadas en el medio como una barrera simbólica. Nos acostamos, cada uno en un extremo, pero el silencio era asfixiante.

-Con todo lo que pasó... no me dijiste cómo lograste escapar -soltó él finalmente.

-Ni yo misma lo sé.

-Sabes que puedes decirme cualquier cosa. Te entenderé -se sentó en la cama para mirarme de frente.

-Estaba esposada cuando la luz se fue. La temperatura bajó tanto que dolía... escuché gritos y una voz extraña. Luego, algo me liberó y me guio en la oscuridad.

Sebastián suspiró, como si confirmara un temor antiguo.

-Siguen sucediendo cosas extrañas, Fara. ¿Todavía piensas que no eres especial?

-Solo creo que cada día estoy más loca.

-Esto siempre te ha pasado. Nuestra abuela hizo un pacto con Dios... tal vez tú sí puedes ver cosas, tener contacto con el mundo invisible.

-¿Sigues creyendo en eso? No somos niños, Sebastián.

-Deberías creerlo tú más que nadie. Sé que ya no le cuentas nada a tu mamá. Sé que tus manos se llenan de escarcha, que ves sombras y que tus sueños de muerte se cumplen. ¿Me equivoco?

Me tomó las manos de repente. En la penumbra, mi piel empezó a brillar con una escarcha plateada.

Como siempre, el brillo no se le pegaba a él, solo me pertenecía a mí.

-Parezco loca -insistí con la voz quebrada-. La gente no sabe qué hacer con lo "extraño".

-Yo sí te creo. Lo he vivido contigo, Fara. ¿Acaso no es suficiente? Te ayudaré a dominar lo que sea que te pase -su tono subió de intensidad, cargado de una promesa.

-Sí, es suficiente -grité, antes de calmarme-. Siempre lo fue. Solo... no me presiones. Todo es muy confuso ahora.

Nos acostamos de nuevo, pero el sueño no trajo paz. Me vi rodeada de sombras.

«¿Crees que Sebastián será suficiente? Él no comprende lo que te sucede», siseó una voz desde el vacío.

-Confiar en alguien no es un delito -le grité a la nada.

«¿Y si le dices que tú eres la culpable de su dolor?», se burló la voz con una carcajada gélida. «Si se entera de lo que hiciste, te rechazará».

-¡Cállate! Eso quedó en el pasado. Ya lo superé.

«Confiésalo... fuiste tú quien lo envió al psiquiátrico, no yo».

Metí la mano en la oscuridad y agarré por el cuello a quien me hablaba. Al tirar de ella hacia la luz, me encontré cara a cara conmigo misma.

Desperté empapada en sudor y con el corazón martilleando. Sebastián dormía profundamente a mi lado. La falta de aire me asfixió, así que salí corriendo de la casa para buscar oxígeno en la calle.

Al abrir la puerta principal, casi me da un síncope: en medio de la carretera, bajo la luz mortecina de los postes, estaba el chico de la heterocromía.

- ¡ DIOS QUE SUSTO!.

-Aprende a hablar para ti misma -dijo, acercándose.
-De todas formas iba a preguntar... ¿qué haces aquí? -intenté que mi voz no temblara.

-Tengo familia aquí y salí a caminar. No es mi culpa que salieras como una desquiciada de tu casa.

-Supongo que es la oportunidad para agradecerte lo de ayer.

-No me agradezcas. Ayudar a los miserables es mi especialidad para salir de la rutina -respondió con un sarcasmo hiriente.

-Y yo que pensaba que me ibas a caer bien. La gente ridícula no va conmigo.

El aire me faltaba cada vez más; el asma y la ansiedad se mezclaban en un nudo ciego.

-No pretendía que nos lleváramos bien -dijo él, dando un paso más-. De todas formas, fuiste tú quien me arruinó la vida.

Me quedé helada. ¿Cómo era posible si apenas lo conocía?

-Increíble... otra vida arruinada. Irá a mi libro de logros personales -logré articular antes de que el mundo se volviera negro.




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