El fuego siempre había sido algo hermoso para Katniss Kenster, aunque probablemente nadie habría entendido por qué. Para cualquier otra persona las llamas representaban destrucción, dolor y muerte, pero para ella tenían algo hipnótico, casi reconfortante. Le gustaba observar cómo se movían, cómo consumían lentamente todo aquello que encontraban a su paso y cómo al final, no quedaba más que ceniza. Tal vez por eso cuando tenía siete años, no apartó la mirada del automóvil que ardía frente a ella. Su hermano Keith estaba a su lado, completamente inmóvil sosteniendo con fuerza su pequeña mano mientras ambos observaban cómo las llamas envolvían el vehículo en el que viajaban sus padres. El olor a gasolina quemada se mezclaba con el humo que comenzaba a llenar el aire y desde el interior del automóvil, todavía podían escucharse los gritos desesperados de su madre y las súplicas de su padre, quienes golpeaban las ventanas intentando salir. Katniss no lloraba, tampoco gritaba ni intentaba correr hacia ellos. Simplemente observaba.
—Mamá... —susurró Keith con la voz temblorosa—. Mamá está ahí.
Katniss giró lentamente la cabeza hacia su hermano y lo observó durante unos segundos. Keith tenía lágrimas recorriendo sus mejillas y temblaba tanto que apenas podía mantenerse de pie, pero ella no parecía entender por qué debía llorar. Volvió la mirada hacia el automóvil y vio cómo una de las ventanas explotaba debido al calor, provocando que su hermano diera un pequeño salto hacia atrás. El fuego continuó creciendo mientras las voces de sus padres se hacían cada vez más débiles, hasta que finalmente dejaron de escucharse. El silencio que quedó después fue mucho peor que los gritos.
—Ya no gritan —dijo Katniss con una tranquilidad que hizo que Keith la mirara confundido.
—¿Están muertos?— murmuro con terror, la niña observó el automóvil durante unos segundos más antes de responder.
—Sí.
No había miedo en su voz y tampoco tristeza, solo una certeza extrañamente tranquila para una niña de siete años.
Los adultos que llegaron minutos después encontraron a los mellizos sentados junto a la carretera, cubiertos de polvo y ceniza y algunos rasguños, mientras las llamas continuaban consumiendo los restos del automóvil. Intentaron preguntarles qué había ocurrido, pero ninguno de los dos respondió demasiado. Keith lloraba en silencio y no soltaba la mano de su hermana, mientras Katniss permanecía mirando fijamente el fuego como si estuviera intentando memorizar cada detalle de aquella escena. Los habitantes de Seno Teruel quedaron completamente devastados al enterarse de que los pequeños habían perdido a sus padres, por lo que decidieron hacerse cargo de ellos mientras las autoridades buscaban algún familiar que pudiera reclamarlos. Nunca encontraron a nadie, porque ellos realmente no existian. Así fue como los Kenster terminaron quedándose en aquel pequeño pueblo perdido entre las carreteras de España, creciendo bajo el cuidado de personas que creían estar salvando a dos niños huérfanos sin imaginar que en realidad estaban llevando a sus propias casas a algo que todavía no sabían cómo nombrar.
Durante los primeros meses todos intentaron ayudar a los mellizos a superar lo ocurrido. Les consiguieron una habitación en una casa cercana a la plaza principal, ropa nueva, juguetes y todo aquello que consideraban necesario para que volvieran a sentirse como niños normales. Keith parecía necesitar más atención pues tenía constantes pesadillas y despertaba gritando durante las noches, mientras que Katniss permanecía despierta a su lado observándolo hasta que volvía a quedarse dormido. Los adultos pensaban que aquella actitud era producto del miedo y del trauma, así que nadie sospechó cuando comenzaron a notar ciertas cosas extrañas en ella. Katniss no tenía pesadillas, nunca preguntaba por sus padres y tampoco parecía sentir miedo cuando alguien mencionaba el accidente. En una ocasión uno de los hombres del pueblo decidió llevarla al lugar donde había ocurrido todo para intentar que se despidiera de sus padres, pero cuando llegaron la niña permaneció observando las marcas negras que el fuego había dejado sobre el pavimento y que jamas realmente se habian reparado adecuadamente.
—¿No estás triste? —le preguntó el hombre, Katniss negó lentamente con la cabeza.
—Ya no sienten nada.— dijo ella con una fria calma, el hombre se quedó en silencio.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque están muertos.— Katniss lo miró directamente a los ojos.
Aquella respuesta lo incomodó pero decidió no darle importancia.
"Es solo una niña", pensó.
Una niña que había vivido algo horrible y que seguramente todavía no comprendía lo que significaba perder a sus padres. Nadie podía imaginar que aquella no era la primera vez que Katniss hablaba de la muerte con una tranquilidad tan perturbadora.
Los años pasaron y los hermanos crecieron juntos, siempre demasiado unidos para que alguien pudiera separarlos. Keith era más reservado, sensible y desconfiado, mientras que Katniss parecía ser todo lo contrario. Ella observaba a las personas constantemente, aprendiendo sus costumbres, sus debilidades y hasta la manera en que reaccionaban cuando tenían miedo. Nunca buscaba problemas, nunca levantaba la voz y rara vez discutía con alguien, pero había algo en su mirada que hacía que algunos adultos prefirieran no quedarse demasiado tiempo a solas con ella. Aun así, el pueblo terminó acostumbrándose a los mellizos y comenzó a considerarlos parte de Teruel. Para todos eran simplemente los niños que habían sobrevivido a un terrible accidente.
Solo había una cosa que nadie comprendía.
A veces cuando alguien encendía una fogata en alguna de las casas del pueblo, Katniss se quedaba mirándola durante demasiado tiempo y sonreía. Pequeño, casi imperceptible, rozando a lo macabro.. Ella sonreia.
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Editado: 06.10.2026