Keith tenía diecisiete años cuando comenzó a cambiar. Hasta entonces seguía siendo el más tranquilo de los dos, el que prefería quedarse en casa cuando Katniss salía a caminar por el pueblo y el que todavía conservaba cierta confianza en las personas que los habían criado. Sin embargo aquella tarde salió solo porque necesitaban comprar unas medicinas para su hermana, quien llevaba varios días enferma con una gripe demasiado fuerte postrada en cama. Era una tarea sencilla, algo que había hecho cientos de veces por la señora que principalmente los cuidaba, por lo que nadie se preocupó cuando lo vieron abandonar la casa con unas cuantas monedas en el bolsillo. Keith caminó por las calles de Seno Teruel sin imaginar que antes de regresar, algo ocurriría que cambiaría para siempre la forma en que veía a las personas. Cuando finalmente volvió a casa ya estaba oscureciendo. Katniss estaba sentada en la sala esperándolo con una sensacion amarga en la garganta mientras tambaleaba y sostenia la manta fina sobre sus hombros, apenas lo vio entrar a casa con el rostro con moratones, su cabello rubio enmarañado y sucio y su ropa mal puesta y tierrosa, supo que algo estaba mal.
Keith no dijo una sola palabra.
Dejó las medicinas sobre la mesa y subió directamente a su habitación, evitando mirar a su hermana. Katniss permaneció inmóvil durante unos segundos observando cómo su hermano desaparecía por las escaleras. No necesitaba que nadie le explicara que algo había ocurrido. Conocía a Keith demasiado bien, conocía la forma en que caminaba, la manera en que respiraba y hasta el pequeño movimiento que hacía con los dedos cuando estaba nervioso. Aquella noche todo en él parecía diferente. Cuando llegó la madrugada, Katniss escuchó un ruido proveniente de la habitación de su hermano y se levantó de la cama. Al abrir la puerta, lo encontró sentado en el suelo, abrazándose las piernas mientras intentaba contener las lágrimas. Keith levantó la mirada y al verla rápidamente se limpió el rostro.
—Vuelve a dormir, Kat.
—¿Qué pasó?— dijo con frialdad mirandolo desde el marco de la puerta mientras sentia como crecia en su pecho una sensacion amarga, cada segundo aun mas
—Nada...— murmuro, Katniss lo observó durante varios segundos.
—Estás mintiendo.
Keith apartó la mirada.
—Solo fue un mal día.
Ella no insistió aquella noche pero tampoco volvió a dormir. Se quedó sentada al otro lado de la puerta, escuchando a su hermano respirar entrecortadamente mientras intentaba descansar, mientras lloraba en silencio cubriendo su boca con sus palmas. Durante los días siguientes las cosas empeoraron. Keith dejó de salir, comenzó a evitar las calles del pueblo y apenas hablaba con las personas que conocía. Las noches se convirtieron en lo peor. Despertaba sobresaltado cubierto de sudor y con la respiración agitada, algunas veces gritando y otras simplemente permaneciendo sentado en la cama con los ojos perdidos. Katniss siempre acudía cuando lo escuchaba, pero cada vez que preguntaba qué había sucedido Keith repetía lo mismo.
"No pasó nada."
Hasta que una noche mientras su hermano dormía Katniss escuchó unas palabras que no estaba destinada a escuchar.
—Por favor... no lo hagas...
La voz de Keith salió entre sueños, débil y temblorosa. Katniss se quedó inmóvil junto a la puerta y sintió algo que no había experimentado en muchos años: una furia tan intensa que le recorrió todo el cuerpo. Se acercó lentamente a la cama y observó a su hermano, Keith seguía dormido pero las lágrimas descendían por sus mejillas.
—¿Quién te hizo eso? —susurró bajo sin querer despertarlo.
Keith no respondió y Katniss se quedó allí hasta el amanecer. Al día siguiente comenzó a buscar respuestas.
No necesitó demasiado tiempo. Seno Teruel era un pueblo pequeño, demasiado pequeño para esconder secretos durante mucho tiempo y Katniss conocía a todas las personas que vivían allí. Comenzó a hacer preguntas sin que parecieran preguntas, observando reacciones, escuchando conversaciones y siguiendo pequeños detalles que los demás ignoraban. Finalmente descubrió que Keith había estado con uno de los hombres del pueblo aquella tarde. Un hombre conocido por ser amable frente a los demás, alguien que saludaba a los vecinos, ayudaba en ocasiones y que jamás había dado razones suficientes para que alguien sospechara de él.
Pero Katniss sabía que las apariencias podían mentir.
Cuando finalmente encontró a aquel hombre, no le gritó ni lo amenazó. Simplemente se quedó frente a él y preguntó:
—¿Qué le hiciste a mi hermano?— dijo de inmediato apenas lo miro, el hombre se quedó pálido, aquella reacción fue suficiente. Katniss no volvió a preguntarlo.
Esa misma noche esperó a que las calles quedaran vacías. El hombre regresó a su casa sin saber que alguien lo estaba siguiendo y cuando abrió la puerta, encontró a Katniss esperándolo en la oscuridad. Ella no dijo demasiado porque no necesitaba hacerlo, había pasado los últimos días imaginando aquella conversación, imaginando lo que haría cuando finalmente encontrara al responsable y por primera vez desde el incendio de sus padres, sintió aquella misma calma que había experimentado frente a las llamas.
El hombre intentó defenderse, intentó convencerla de que se marchara y hasta trató de pedir ayuda, pero Katniss no escuchó ninguna de sus palabras. Para ella aquel hombre ya había dejado de ser una persona. Era un pecador y según las reglas que comenzaban a formarse en su cabeza, los pecadores merecían un castigo.
Cuando todo terminó Katniss permaneció unos segundos en silencio, observando el cuerpo frente a ella mientras notaba como la sangre se deslizaba por el suelo como agua hasta sus zapatos. Esperaba sentir miedo. Esperaba arrepentimiento. Quizá incluso esperaba sentir culpa.
No sintió nada de eso.
Sonrió, habia castigado a un ser repugnante y le habia encantado la sensacion. Horas después regresó a casa y encontró a Keith despierto en su habitación. Él la miró durante unos segundos y salto hacia ella de inmediato preocupado, era tarde, ¿y si la habian lastimado como a él?
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Editado: 06.10.2026