Cuando Martín decidió abandonar Seno Teruel ya no quedaban muchas personas en el pueblo. Las casas permanecían cerradas durante todo el día, las calles que alguna vez estaban llenas de niños y ancianos ahora parecían abandonadas y cuando llegaba la noche nadie se atrevía a salir. Durante meses había escuchado los rumores sobre las desapariciones, había visto cómo algunos de sus vecinos dejaban de aparecer de un día para otro y había encontrado puertas abiertas detrás de las cuales ya no había nadie. Al principio quiso creer que todos se habían marchado por miedo, pero después comenzaron a aparecer señales demasiado extrañas para seguir ignorándolas. Había manchas oscuras en algunas calles, objetos personales abandonados en medio de las aceras y en una ocasión, encontró un zapato cubierto de sangre detrás de la iglesia. Martín sabía que algo estaba ocurriendo y también sabía que quedarse allí significaba esperar su turno.
Aquella noche preparó una pequeña mochila, tomó las llaves de su automóvil y esperó hasta que las luces de las casas comenzaron a apagarse. No quería despedirse de nadie porque para ser sincero, ya no sabía quién quedaba vivo y quién no. Antes de salir miró por última vez hacia la plaza principal y recordó cómo era aquel lugar años atrás, cuando todavía podía escucharse a los niños correr y los vecinos conversaban frente a sus casas. Ahora solo había silencio. Un silencio tan profundo que podía escuchar su propia respiración.
Entonces vio una luz que provenía de la casa de los Kenster, Martín se quedó inmóvil.
La casa llevaba días pareciendo abandonada pero aquella noche una de las ventanas del segundo piso estaba iluminada. Sabía que lo más inteligente era continuar caminando, llegar hasta su automóvil y abandonar el pueblo sin mirar atrás, pero había una pregunta que llevaba semanas atormentándolo: ¿qué había ocurrido con todas aquellas personas que habían desaparecido? Y aunque no quería admitirlo, una parte de él sospechaba que la respuesta estaba dentro de aquella casa.
Se acercó, la puerta principal estaba entreabierta, Martín tragó saliva.
—Solo voy a mirar —murmuró.
Entró y el olor fue lo primero que lo golpeó, era una mezcla de humedad, metal y algo mucho más desagradable que no pudo identificar al principio. Encendió la linterna de su teléfono y comenzó a caminar lentamente por el pasillo. Las paredes estaban cubiertas de fotografías, algunas antiguas y otras mucho más recientes. Había imágenes del pueblo, de sus habitantes y de lugares que Martín reconocía perfectamente. En varias fotografías aparecían personas que ya habían desaparecido, sintió un escalofrío.
Continuó caminando y sobre una mesa encontró la pequeña libreta negra de la que tanto había escuchado hablar en los rumores. La abrió con manos temblorosas y comenzó a leer los nombres escritos en sus páginas. Algunos pertenecían a personas que había conocido durante toda su vida. Junto a cada nombre había pequeñas anotaciones, fechas y palabras que describían cosas que nadie más parecía conocer.
Mentiroso.
Violento.
Ladrón.
Violador.
Cobarde.
Y al final de cada página había una pequeña palabra escrita con tinta roja.
Pecador.
Martín dejó caer la libreta y entonces escuchó un ruido, algo cayó en una habitación cercana, retrocedió lentamente y levantó la linterna.
—¿Hay alguien ahí?
No obtuvo respuesta, caminó hacia la puerta y la abrió. La habitación estaba vacía peor en el suelo habia un montón de fotografías.
Martín se agachó para recogerlas y comenzó a revisarlas. En ellas aparecían los mismos habitantes del pueblo, pero las imágenes habían sido tomadas sin que ellos lo supieran. Algunos estaban entrando a sus casas, otros caminando por las calles y otros hablando con personas que Martín reconocía.
Entonces encontró una fotografía diferente, era de él, Martín sintió que el cuerpo se le paralizaba, en la fotografía aparecía entrando a su propia casa.
La fecha estaba escrita en la parte inferior. Tres días atrás. Retrocedió lentamente.
—No...
La puerta de la habitación se cerró detrás de él y Martín giró rápidamente, Katniss estaba parada al otro lado sonriendo. Vestía completamente de negro y sostenía una pequeña linterna entre los dedos. Su rostro estaba tranquilo, casi sereno, como si encontrar a un hombre dentro de su casa a medianoche fuera algo completamente normal.
—¿Qué haces aquí? —preguntó. Martín intentó responder pero las palabras no salieron, Katniss inclinó ligeramente la cabeza e hizo una cara de fingido pesar —Que lastima... Adelantaste tu fecha..— Él retrocedió.
—Yo... yo solo quería saber si habia pasado algo..
—¿Con quien?— sonrio inocente ella, mientas Keith aparecia detras de ella, entre la oscuridad sus cabellos rubios brillantes y sus ojos grises brillando apenas con las luces eran lo unico que se veia en aquella habitacion que los ubicaba. Katniss sonrió
—A quienes buscas, estan aqui.— tarareo Keith con calma mientras lo miraba, Martín sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Dónde?— murmuro en un hilo de voz, Katniss señaló el pasillo.
—Puedes mirar si asi lo deseas.
No quería hacerlo realmente, pero al final lo hizo.
Siguió la dirección que ella señalaba y avanzó por el pasillo hasta llegar a una puerta que parecía diferente a las demás. Era mucho más gruesa y tenía varias cerraduras. Katniss caminó detrás de él sin decir una palabra y abrió la puerta lentamente.
El olor que salió de la habitación hizo que Martín tuviera que cubrirse la boca y aun asi no pudo evitar mirar. Había huesos, cientos de ellos.
Algunos estaban apilados en cajas, otros permanecían sobre estantes y algunos colgaban de pequeñas cadenas como si fueran adornos. También había objetos personales: relojes, fotografías, anillos, collares, documentos y pequeñas pertenencias que Martín reconoció inmediatamente.
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Editado: 06.10.2026