Habían pasado casi quince años desde la desaparición de los habitantes de Seno Teruel y para entonces el pueblo ya no aparecía en las conversaciones de nadie. Las carreteras que llevaban hasta allí estaban prácticamente abandonadas, las casas comenzaban a deteriorarse por el paso del tiempo y la naturaleza había empezado a recuperar poco a poco las calles que alguna vez estuvieron llenas de personas. Algunos mapas todavía mostraban el nombre de Teruel, pero para la mayoría no era más que otro pueblo perdido entre tantos lugares olvidados de España. Los pocos que conocían la historia aseguraban que allí había ocurrido algo terrible, aunque nadie parecía ponerse de acuerdo sobre qué había sido exactamente. Algunos hablaban de un asesino, otros de una secta y algunos incluso aseguraban que el pueblo había sido víctima de una maldición. Sin embargo existía una historia que siempre terminaba apareciendo cuando alguien preguntaba por los Kenster.
Dos mellizos, un hermano y una hermana. Dos niños que llegaron al pueblo después de perder a sus padres en un incendio y que años después hicieron desaparecer a más de quinientas personas.
La mayoría se reía cuando escuchaba la historia, decían que era imposible. Una simple leyenda inventada para asustar a los niños, y eso mismo pensaba Daniel cuando encontró el nombre de los Kenster por primera vez.
Tenía veintinueve años y trabajaba como investigador para una pequeña revista que se dedicaba a recopilar historias extrañas de lugares abandonados. Había llegado hasta Teruel buscando información para un artículo y después de varias horas recorriendo las casas vacías del pueblo, encontró algo que llamó su atención. Era una caja vieja escondida debajo de unas tablas en el suelo de una de las viviendas. Dentro había fotografías, recortes de periódicos y documentos amarillentos por el tiempo. Daniel se sentó en el suelo y comenzó a revisar todo aquello, esperando encontrar alguna historia interesante que pudiera utilizar para su artículo, pero cuanto más leía menos ganas tenía de continuar.
En uno de los periódicos aparecía una fotografía de dos niños, Katniss y Keith Kenster, la imagen había sido tomada poco después del accidente de sus padres.
Daniel continuó leyendo: Los padres muertos, los niños huerfanos, las desapariciones, los cadáveres, el pueblo vacío, todo estaba escrito allí. Incluso había una fotografía de la casa de los mellizos.
Daniel soltó una pequeña risa nerviosa.
—Esto tiene que ser falso—murmuro con tono nervioso, pero siguió leyendo.
Encontró nombres, fechas, direcciones y una libreta que parecía ser una copia de aquella que había pertenecido a los hermanos. En una de sus páginas había una frase escrita a mano:
"Todo pecado merece un castigo."
Daniel sintió un escalofrío pero continuó leyendo, la última página tenía solamente dos nombres: "Katniss Kenster, Keith Kenster."
Debajo de ellos había una frase: "El juego continúa."
Daniel cerró la libreta de golpe.
—Claro...
Se levantó y guardó algunos documentos dentro de su mochila. Estaba convencido de que alguien había construido toda aquella historia alrededor de dos hermanos que probablemente habían muerto hacía muchos años o que nunca existieron. Quizá habían sido asesinos, quizá no, pero no existía ninguna manera de que siguieran vivos después de tanto tiempo.
Antes de abandonar la casa, decidió tomar una última fotografía, se colocó frente al espejo del pasillo y levantó su cámara.
Click.
Miró la fotografía y se quedó inmóvil sintiendo como su alma amenazaba con huir de su cuerpo.
Detrás de él reflejada en el espejo, había una mujer, una mujer rubia vibrante con aspecto inocente con un toque diabolico en su mirada gris que sonreia a labios unidos con su vestido color blanco que caia por su cintura. Daniel giró rápidamente al salir del shock, no había nadie.
Volvió a mirar la fotografía, la mujer seguía allí y estaba sonriendo.
Daniel sintió que el teléfono comenzaba a vibrar dentro de su bolsillo, lo sacó.
Número desconocido.
No quería contestar, pero lo hizo.
—¿Hola?— durante unos segundos solo escuchó silencio, después una respiración. Lenta. Tranquila, Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espalda —¿Quién es?
Una voz femenina respondió al otro lado.
—Encontraste nuestra casa— tarareo ella con una emocion que no podia ocultar, Daniel dejó de respirar y miró hacia el pasillo.
—¿Quién eres?
La mujer soltó una pequeña risa.
—Eso ya lo sabes, ¿no?, te lo dejamos todo ahí.— Daniel observó nuevamente la fotografía, la mujer que aparecía detrás de él.
—Katniss...
La línea quedó en silencio durante unos segundos, después escuchó una segunda voz.
—Hola, Daniel.
El teléfono casi se le cayó de las manos.
—¿Cómo saben mi nombre?
Katniss respondió con tranquilidad.
—Porque te hemos estado elegido a ti entre tantos, tesoro.— Daniel retrocedió.
—¿Dónde están?
—Más cerca de lo que crees.— miró hacia las ventanas sintiendo como el panico empezaba a inundarle, no había nadie.
—¿Qué quieren de mí?
Esta vez fue Keith quien respondió.
—Nada.
Daniel frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué me llamaron?
—Porque encontraste la libreta, tontito— Katniss dejó escapar una pequeña risa juguetona.
Daniel miró la mesa donde habia dejado la libreta, pero cuando volvió a mirar, ya no estaba, Su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que lo escuchaba pitando en sus oidos.
—¿Cómo...?
—No importa.
Daniel comenzó a caminar hacia la salida.
—Escuchen, yo no quiero problemas. No voy a publicar nada sobre ustedes.
—No tienes que preocuparte por eso —respondió Katniss.
—¿Entonces qué quieren?— hubo un largo silencio, después Katniss pronunció unas palabras que hicieron que Daniel se detuviera frente a la puerta y sintiera como sus entrañas se retorcian.
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Editado: 06.10.2026