Jugando A Ser Dios

03

Después de aquella primera muerte, algo cambió dentro de los mellizos Kenster. Ya no podían mirar a los habitantes de Seno Teruel de la misma manera porque habían descubierto algo que les resultaba mucho más adictivo que cualquier otra cosa: la sensación de tener el control absoluto sobre la vida de otra persona. Durante los primeros días intentaron comportarse como si nada hubiera sucedido, caminaban por las mismas calles, saludaban a los vecinos y continuaban con sus actividades habituales pero ahora observaban a todos con una atención diferente. Katniss comenzó a fijarse en las conversaciones que escuchaba en la plaza, en las discusiones dentro de las casas, en los secretos que los habitantes intentaban esconder y sobre todo en aquellas personas que parecían demasiado buenas cuando alguien las estaba mirando. Keith, por su parte empezó a acompañarla en silencio anotando nombres en una pequeña libreta negra que escondían debajo de una de las tablas sueltas de su habitación.

La primera regla apareció casi por accidente.

—No podemos matar a cualquiera —dijo Keith una noche mientras observaba los nombres escritos en aquella libreta, Katniss levantó la mirada.

—¿Por qué no?— practicamente se quejo

—Porque entonces seríamos asesinos— dijo con calma mirandole a los ojos, aun tenia noches de pesadillas, pero l despertar recordaba aquella habitacion donde estaba ese hombre completamente isn vida y una calma inexplicable le inundaba, ella permaneció en silencio durante unos segundos y después tomó el lápiz que tenía sobre la mesa.

—Entonces no mataremos a cualquiera.— asintio, aunque a ella le daba igual, si él se sentia mejor con eso, no tenia problema alguno. Escribió una frase debajo de los nombres.

Regla número uno: todo jugador debe tener un pecado.

A partir de ese momento comenzaron a investigar a cada persona que entraba en su lista. No bastaban los rumores ni las sospechas, necesitaban una razón que pudiera justificar el castigo. La segunda regla apareció unas semanas después, cuando Katniss descubrió que uno de los hombres del pueblo había estado robando dinero a una anciana durante años y nadie se había dado cuenta.

Regla número dos: nadie debe conocer el juego.

La tercera llegó cuando Keith preguntó qué ocurriría si alguien descubría lo que estaban haciendo.

Katniss simplemente escribió:

Regla número tres: quien descubra el juego se convierte en parte de el.

Así comenzaron las desapariciones.

El primero fue un hombre que golpeaba a su esposa cada vez que bebía demasiado. La segunda fue una mujer que había estado chantajeando a una familia del pueblo durante años. Después desapareció un hombre que aprovechaba su posición para robar a quienes no podían defenderse y poco a poco los nombres de la libreta comenzaron a multiplicarse. Nadie encontraba una conexión entre ellos porque los mellizos se aseguraban de que cada muerte pareciera diferente, pero había algo que todos compartían: cada uno tenía un secreto que prefería mantener enterrado.

Al principio los habitantes pensaron que las desapariciones eran simples coincidencias. Luego comenzaron a tener miedo.

Las personas dejaron de caminar solas durante la noche, comenzaron a cerrar las puertas más temprano y algunos incluso abandonaron el pueblo sin despedirse de nadie. Los rumores empezaron a extenderse por las casas y cada familia tenía una teoría diferente. Algunos hablaban de un asesino que había llegado desde otro lugar, otros creían que alguien del pueblo estaba vengándose de las personas que le habían hecho daño y hubo quienes comenzaron a hablar de una maldición. Nadie sospechaba de los mellizos porque Katniss y Keith seguían caminando tranquilamente por las mismas calles, observando cómo el miedo se extendía entre las personas que alguna vez los habían visto crecer.

Y aquello era lo que más disfrutaban porque no necesitaban que nadie supiera sus nombres, les bastaba con saber que todos tenían miedo. Una noche, Keith encontró un nombre escrito en la libreta que no reconocía.

—¿Quién es este?—pregunto mirandole, Katniss se quedó mirando el papel mientras llevaba una galleta a su boca.

—El hombre de la casa azul.

—¿Qué hizo?

—Todavía no lo sé con certeza— se encogio de hombros, Keith frunció el ceño.

—Entonces no debería estar aquí.

Katniss cerró la libreta.

—Todos esconden algo.

—Eso no significa que todos son pecadores.

Aquellas palabras hicieron que Katniss levantara la mirada. Durante unos segundos ninguno dijo nada y desde que habían comenzado el juego los hermanos no estaban de acuerdo. Keith todavía conservaba una pequeña parte de aquel niño que había llegado a Teruel años atrás, una parte que quería creer que algunas personas podían equivocarse sin convertirse automáticamente en monstruos. Katniss en cambio siempre habia pensado de otra manera.

—¿Y si nosotros decidimos quién merece morir? —preguntó, Keith no respondió —¿Y si para nosotros eso es suficiente?

Aquella conversación no volvió a repetirse, pero desde entonces Keith comenzó a observar a su hermana con cierta preocupación. Katniss estaba cambiando. Ya no necesitaba una razón para sentirse satisfecha después de una muerte porque había empezado a disfrutar el proceso que llevaba hasta ella. Le gustaba investigar a las personas, descubrir sus secretos y observar cómo cambiaban sus expresiones cuando comprendían que alguien conocía aquello que habían intentado esconder durante años.

Una tarde mientras caminaban por la plaza, una anciana se acercó a ellos y tomó la mano de Katniss.

—Tengan cuidado, niños —les dijo—. Últimamente este pueblo se ha vuelto peligroso.

Katniss sonrió.

—¿Por qué dice eso?

La mujer miró alrededor antes de responder.

—Porque nuestro señor mando a alguien que está castigando a los pecadores... —Keith se quedó inmóvil, la anciana continuó hablando sin darse cuenta de lo que acababa de provocar —Dicen que los muertos tenían secretos. Que eran tan atroces que nuestro señor mando a sus angeles a hacer justicia y guiarlos a las puertas del infierno ellos mismos.— Katniss soltó una pequeña risa.




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