Se escuchan mis pasos por los pasillos; la suela de mis zapatos contra las tablas de madera provoca un sonido que se te mete en el pecho, tu corazón empieza a latir al ritmo de mis pasos.
Las puertas de un estudio se abren, y un hombre de traje rojizo, sin corbata, con solo una camisa blanca, deja su sombrero de charol en una percha cercana. Sus ojos, cuando te ven, son un par de espejos que te devuelven tu reflejo.
—Me alegro de ver que alguien ha venido a visitarme. Ven, siéntate; te contaré una historia.
Te sientas en el sofá del estudio, como te dije. Mis pasos se detienen junto a una estantería. Saco un libro y me acerco. Una sonrisa se dibuja en mis labios. Te estremeces al verla. Yo sonrío más.
—Hoy tengo un cuento que te dará escalofríos; pero no te preocupes, no es real. Todavía no.
Un espejo detrás de mí distorsiona mi reflejo; tus ojos se mueven hacia él.
—No te preocupes, aún no ha comenzado esta historia. Todavía puedes irte. Todavía puedes dormir tranquilo.
Una risa acompaña mis palabras. Es un desafío. Y lo sabes.