La Cosecha {precuela}

Capitulo 3 : La Mujer Más Hermosa

Aquiles está tirado en el suelo; sus heridas son dolorosas, pero el choque de sus recuerdos no le deja sentir correctamente el dolor. Con una fuerza que solo la adrenalina da, Aquiles se levanta tratando de alcanzar al descortés de antes. Pero es en vano. Tras unos pasos, su cerebro se queda en blanco otra vez. La niebla mental vuelve a cubrir su mente; sus ojos apagan cualquier rastro de claridad; un susurro en su mente no le deja pensar.
—Tranquilo. Todo está bien. Todo estará bien. Él ya se ha ido. Descansa.
La voz de su querida esposa apaga con facilidad cualquier resistencia que el viejo Aquiles pueda tener. O eso se supone. Pero cuando la adrenalina se acaba, el impacto del dolor le obliga a abrir los ojos otra vez.
—¿Qué? ¿Qué es lo que pasa?
Sus oídos logran escuchar el ladrido de un lobo, un lobo que él conoce. El perro trae entre los dientes una lanza tan vieja que, cuando fue hecha, ese perro era solo un cachorro. Al llegar frente a su amo, suelta la lanza y jadea.
—¡Maldito perro! ¡Deberías haber escapado con las gallinas! —sus lágrimas caen a borbotones.
Coge la lanza y, con ella como apoyo, se levanta. Al levantarse, su mente vuelve a ser invadida cuando el cerebro empieza a acostumbrarse al dolor. Con rapidez, Aquiles agarra el diente que aún le cuelga de la encía; con un tirón demasiado fuerte se lo arranca. La sangre brota mientras la mente vuelve a la claridad.
Con las ideas claras, empieza a caminar con la lanza de apoyo, la espalda doblada, las rodillas temblorosas entre dolor y miedo. Pero sus pasos son firmes; no se atreve a mirar atrás, ni a mirar al mar.
La lanza en sus manos está desgastada por años de uso; su superficie de madera tiene, sutilmente marcada, la forma de los dedos de Aquiles.
Mientras avanza, Aquiles puede ver a los demás habitantes de la tribu, que lo miran desde sus casas con miradas compasivas.
El pelirrojo se acerca, le pone una mano en el hombro. Para el cuerpo golpeado de Aquiles, esa sola palma se siente como el peso de una montaña.
—Estás herido, estás cansado. Vamos, solo necesitas descansar unas horas más; solo un poco más y todo este dolor terminará —una sonrisa cálida, genuina y feliz adorna su rostro joven.
Aquiles no lo mira, da otro paso adelante, la lanza hundiéndose en la tierra como apoyo. Con ese paso, la mano se suelta. El pelirrojo lo mira desde atrás, su mirada llena de una lástima genuina y completa.
La luna llena se alza en lo más alto. La oscuridad no es un problema en esta noche; la luz de la luna baña el mundo, permitiendo a los ojos cansados de Aquiles seguir el camino. Una noche que en cualquier otro momento habría sido hermosa, sin nubes, las estrellas brillando, la luna iluminando desde lo más alto.
Aquiles sube una colina. Sus ojos miran a lo alto, el cielo nocturno. Ese hermoso cielo. A su lado, su esposa, joven como el día en que la conoció, su pelo negro, sus ojos afables y una sonrisa alegre.
—¡Bonito! Es como aquella noche donde me pediste que me casara contigo. Quédate aquí, mírala una vez más conmigo.
Le toma la mano. Aquiles no se atreve a mirar; agarra la punta de la lanza, la sangre mancha la lanza, pero la imagen aún está a su lado. Solo cuando el dedo índice cae de su mano, la imagen de su esposa se desvanece.
—No. No tengo tiempo para dudar. No puedo quedarme.
Mientras avanza siente como las voces se debilitan, pero en seguida vuelven a fortalecerse, como si la criatura al notar lo hablara más fuerte ahora.
Sus pasos llegan a una casa lejana de la costa. La más lejana. Su figura se muestra en la entrada; el lobo, justo detrás. Entra en el dormitorio: cuatro personas duermen dentro. Un silbido se escucha de sus labios sangrantes.
El lobo duda un momento, pero no más: salta sobre el hombre y muerde las costillas. Un grito rompe el silencio.
La lanza se alza y cae sobre un joven de pocos años, golpeando las costillas para romperlas. Otro grito rompe el silencio. La mujer se despierta, para recibir el pomo de la lanza en el centro del pecho; el aire la abandona y el dolor la invade. Un tercer grito. El niño más pequeño se levanta corriendo detrás de su padre.
—¿Duele? Bien. Que duela; no dejen que el dolor se acabe. No hay tiempo para las explicaciones: levántense, tenemos que escapar —con sus palabras sale sangre, cortando un poco el sonido, pero no la urgencia.
—¡Papá!
—No hay tiempo; algo está controlando el pueblo. No dejen que el dolor se acabe.
Casio lo mira, sus costillas sangrando por la mordida. Por un momento no parece creer, pero la autoridad y la emergencia lo convencen de que no hay tiempo para preguntar.
Mientras ellos se preparan, los ojos de Caliope se ponen en blanco; Aquiles la apuñala en el brazo, despertándola. Néstor sigue atontado, pero no hay motivos para pensar que es necesario.
Mientras están saliendo, la sorpresa los golpea. Un puño desnudo se mueve; el vientre de Aquiles es destrozado por el puño de un niño. Aquiles no se lo espera, pero el lobo no demora en reaccionar. Mientras Néstor extrae el puño del vientre destrozado, el lobo lo muerde; la mordida es profunda, en la pierna. Los colmillos destrozan la carne con facilidad.
Néstor se aleja, la mente en dolor. El vientre de Aquiles está destrozado: los huevos que tiene en el vientre se rompen, y los pedazos desgarran todos los órganos internos. Aquiles sabe que no le queda mucho.
—¡Papá!
Aquiles extiende la mano para detenerla; su cuerpo se mantiene en pie por la lanza que lo sostiene. Pero ese no es el peligro más importante ahora: lo más importante son los pasos que se escuchan por el camino.
—... Fuera, tienen que salir del área de influencia; la criatura no los perseguirá tierra adentro. ¡Vamos, yo los retraso!
Casio mira a Aquiles, traga saliva y asiente; con eso, echa a andar. Los demás lo siguen. Aquiles sonríe, una sonrisa amarga. Con calma se voltea, mirando de frente al mar, logrando ver a los aldeanos que lo persiguen.
En sus últimos momentos, sus ojos logran atravesar la noche y el mar, viendo a la criatura que causó todo esto. La silueta de una mujer.
«Es hermosa. ¿Cómo pude pensar en escapar de ella? No es un monstruo; es la mujer más hermosa que jamás he visto. Ella no quiere hacerme daño; ella quiere que sea uno de sus hijos. Tengo que evitar que mi hija escape; no puedo dejar que se pierda la bondad de tal regalo».
Para cuando se da cuenta, el lobo lo está mordiendo; su pierna ya está destrozada a mordidas, los huesos viéndose entre las docenas de mordidas que desgarran la carne.
Con su pierna derecha destrozada, el dolor logra despejar su mente para poder ver a la muerte de frente, mientras los aldeanos se le lanzan encima. Aquiles trata de defenderse, pero ya no le quedan fuerzas para levantar la lanza, la sangre que se escurre de sus heridas se la a quitado.




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