Aquiles está en los campos de cultivo, azadón en mano; ya queda poco para terminar de abrir cada hoyo para la nueva cosecha. El atardecer llega como tantos otros días, y pasa sin pena ni gloria. Aquiles sigue trabajando.
El azadón se alza y cae para abrir el último agujero de un gran campo. Cuando Aquiles mira a su alrededor, se da cuenta de que se ha pasado de su hora.
—Me he distraído.
Empieza a caminar hacia su casa. En el camino no encuentra a sus gallinas.
—¿Se han escapado? ¿Por qué no les puse un cercado?
No sigue ese pensamiento. Entra en su casa; al entrar, el silencio lo recibe. Un esqueleto en medio de la casa, los huesos ya con algunos días. El olor no perturba a Aquiles; nada lo hace últimamente.
Se prepara la comida, pero mientras está en eso se tropieza con el esqueleto. Sus ojos lo ven, su cerebro no. Camina esquivando el esqueleto de su esposa, como quien esquiva un perro echado. No logra comer tranquilo. Cuando escucha golpes en la puerta.
—¿Quién es?
—Soy yo. Mis gallinas se están escapando. ¿Puedes ayudarme a arreglar la cerca? —las palabras son atropelladas, pero es indiscutiblemente la voz de Perséfone.
—Dame un momento.
Aquiles se levanta con rapidez, listo para ayudar. Al salir de la casa, acompañado por Perséfone, el camino se le hace difícil; todo se le hace difícil últimamente. Su estómago está hinchado. Él se dice que está engordando. Perséfone también tiene problemas para caminar: su estómago está más hinchado.
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Entro en el teatro robándome el protagonismo; el narrador se queja, pero no tiene diálogo para discutir.
Mis ojos buscan con rapidez a Aquiles, y lo encuentro arreglando la cerca de las gallinas. Entro en la casa de la mujer atraído por el olor a muerto. En una cama está el esqueleto de una niña, probablemente apenas entrando en la pubertad; no hay carne en los huesos, fue comida hace poco. Hay cáscaras de huevo entre las costillas y la pelvis, un síntoma que reconozco rápidamente.
—Parece que estoy justo a tiempo —mi reloj de bolsillo confirma mis sospechas.
Salgo de la casa, alejándome un poco hacia un lugar con menos gente.
Mis ojos vuelven a Aquiles. El mortal sigue ciego, pero bueno, resolver eso es mi trabajo. Ya arregló la cerca y escucho la despedida.
—No se preocupe, no fue para tanto.
Con la confirmación, me quedo esperando; el mortal no me decepciona, llega puntual a la cita con el oculista. Le permito verme, y escucho sus pensamientos.
«Lo vi: un hombre de ropas extrañas, parado en medio del camino con el porte de un rey. Puedo ver en sus ojos que no es humano, esos ojos de espejo que me devuelven mi propia mirada. No puedo sostenerle la mirada. Me siento inquieto ante él, como si este hombre trajera las peores noticias consigo».
—¿Quién eres?... ¿Qué tienes puesto? —el mortal no levanta la mirada de la tierra, como si hablara con el suelo.
—¿De verdad eso es lo que quieres preguntarme? —para cerciorarme, saco mi reloj de bolsillo, ignorando la mirada más extrañada del mortal—. Te queda menos tiempo de lo que crees.
—¿Qué? —por un momento, la extrañeza de mis palabras le da valor para mirarme a la cara. Eso está bien; no le queda mucho tiempo para esta cobardía.
Una sonrisa torcida se abre paso en mi rostro.
—Te queda poco tiempo. ¿No me escuchaste?
Esta vez no espero la respuesta del hombre. Sin más, le doy una cachetada.
La mandíbula se deforma por el impacto de una mano terriblemente fuerte. Un terrible estallido de dolor recorre los nervios, mientras un diente sale disparado fuera de la boca. La mandíbula toca el suelo en un impacto violento, mientras otro diente cuelga de la encía por un trozo de nervio, y un pequeño charco de sangre se forma en la tierra.
—¿Ya estás despierto? —lo miro desde arriba con decepción al ver el miedo en sus ojos.
Los ojos de Aquiles se abren al ver venir en cámara lenta esa patada. La terrible patada golpea las frágiles costillas humanas: dos se rompen y otras dos se agrietan. El rayo de dolor casi hace que Aquiles se desmaye. Las dos costillas rotas golpean los pulmones, pero por poco no perforan el pulmón derecho; sin embargo, el aire sale en un gran resoplido.
—¿Qué tal ahora?
Sus ojos nublados de dolor no me dejan ver con claridad. Con una mano lo agarro del pelo y lo levanto; miro sus ojos de cerca, y ahí lo veo: debajo del dolor, del miedo a morir, logro ver el verdadero terror de un hombre al fin consciente.
—Bien, ya lo ves. No te atrevas a cerrar esos ojos.
Lo suelto, dejándolo caer a la tierra. Con eso me giro, caminando fuera de esta tribu condenada.
—Mi trabajo está hecho.