La Cosecha {precuela}

Capitulo 1: Plantando la Semilla

Aquiles está en los campos de cultivo, azada en mano, abriendo un hoyo para plantar esta temporada; el campo está lleno de hoyos así. La luz del sol llega débil; el atardecer se acerca. Aquiles, un hombre ya mayor, la frente expuesta por el pelo retirado, labios gruesos, cara rectangular. Un hombre con los años en la espalda.
—¡Lindo! ¡Ven a comer!
Le grita su esposa desde una pequeña casa cercana. La azada sube y cae con fuerza sobre la tierra blanda y roja. Aquiles mira hacia su casa; al ver a su mujer en la puerta esperándolo, da una sonrisa cálida y feliz, que parece quitarle años de encima.
—¡Voy, guapa!
Da una risa alegre y saca la azada de la tierra con gran facilidad. Se echa la herramienta al hombro y camina rumbo a su casa. Por el camino, las gallinas le estorban, pero él las esquiva fácilmente, casi sin darse cuenta.
—Caliope ha mandado algunas hortalizas de la cosecha de su marido.
Le anuncia su mujer mientras él limpia la herramienta, quitándole la tierra y la humedad para mantenerla en buen estado. Tras dejar la azada en su lugar, se dirige adentro para la comida.
—Esa niña se preocupa demasiado por nosotros. Ya le tengo dicho que estamos bien. Tengo que decirle a Casio que no le permita esas cosas. Ellos necesitan toda la comida que puedan para el pequeño Néstor.
—Eso tampoco funcionará; tratas demasiado bien al joven Casio para que él deje de mandarte estas cosas.
Suelta una risa corta, seca.
—Tienes razón; solo espero que sepan tener medida con estos regalos.
Mientras conversan animadamente, se escuchan golpes en la puerta de la casa. Aquiles, al abrir, se encuentra con un joven de pelo rojo que porta una lanza de piedra.
—Anciano, ha ocurrido algo: ha desaparecido uno de los pescadores.
Por dentro, Aquiles se estremece; un gran miedo se le cuela en el corazón. Mira hacia el mar, no mucho, solo un momento: el mar, lejos de su finca segura.
—Dame un momento.
Mira a su mujer, sin decir palabras. Recoge una lanza vieja y sale sin más demora. Un perro lobo, más lobo que perro, sale de una caseta cercana y sigue al viejo. Pasan por una casa de camino; una mujer sale, mientras una niña espera en la entrada, con una muñeca hecha de cuero mal cocido y madera.
—¿Saben ya qué fue lo que pasó en la costa?
El pelirrojo la mira.
—Pensamos que es un ataque de sirenas. Pero nadie las vio, así que puede ser un grupo grande. No te preocupes, Perséfone; aquí estás a salvo, estás demasiado lejos de la costa.
Perséfone parece visiblemente aliviada. Mientras Perséfone vuelve a su casa, Aquiles y el pelirrojo continúan el camino.
En la costa, el olor a sal es profundo, demasiado fuerte. El olor a pescado también es fuerte, pero no logra eclipsar el de la sal. Al llegar a la costa se encuentran con una gran cantidad de gente, todos distribuidos por la orilla, en un intento por cubrirla. La gente grita un nombre: «Minos». Lo gritan por toda la costa. Algunos gritos vienen seguidos de un silencio, esperando una respuesta que no llega.
Aquiles no se une a la búsqueda de inmediato; primero mira la playa, buscando señales que pueda reconocer. No es el único: muchos hombres de su edad o mayores están mirando en busca de lo mismo: señales.
Aquiles no se aleja del grupo principal mientras busca; en cambio, permanece cerca del centro, el lugar más seguro. Sus piernas no se atreven a alejarse demasiado del grupo, de la relativa seguridad que le da estar en el centro.
No es tampoco el único; los jóvenes no se dan cuenta, pero muchos de sus mayores permanecen en el lugar más seguro, mientras los jóvenes se alejan más.
—No hay nada: ni marcas de colas, ni huellas, tampoco escamas. Esto no lo hizo una sirenha.
Los demás ancianos miran a Aquiles por su conclusión; algunos asienten, otros simplemente siguen observando.
El lobo de Aquiles ladra en una dirección. No es el único: los perros de los demás, que están rastreando el olor de Minos, también ladran. Los hombres los ven, los oyen y simplemente los ignoran.
Aquiles cambia de posición, curioso por saber qué tiene alterados a los perros. Pero al hacerlo pisa sin querer un cráneo humano reciente que descansa sobre la arena. El cráneo no está solo: hay un esqueleto completo. La carne que lo cubre ha sido comida hace poco. Entre las costillas y la pelvis se encuentran cáscaras de huevo, rotas, pero ahí.
Aquiles abre los ojos en shock; su garganta se seca, sus piernas le empiezan a temblar, y no por el peso de los años. Con un grito estridente cae al suelo, alejándose a gatas entre la arena áspera y caliente.
Los demás miran, alarmados por el grito. Pronto al grito de Aquiles le siguen unos jadeos. Pero luego todo queda en silencio, solo con el ruido de los lobos ladrando.
La mente de Aquiles se queda en blanco tras el grito, como si algo dejara de funcionar y entrara el piloto automático.
Aquiles se levanta, ignorando los huesos como quien ignora una piedra pequeña. Los demás parecen igual de indiferentes, mientras siguen gritando «Minos» en la costa y esperan en silencio una respuesta que no llega.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.