La Engrapadora

Culpa

Yo nunca le dije que se quedara.

Eso es lo que más recuerdo.

Solo la sujetaba.

Era mi función.

Las dos hojas estaban juntas cuando llegué. Una encima de la otra, dobladas por el mismo borde, gastadas por las mismas manos.

Parecían necesitarse.

Así que hice lo que siempre hago.

Clac.

Las atravesé.

Al principio, ninguna intentó separarse.

Pasaron días.

Después semanas.

La hoja de arriba comenzó a moverse.

Primero unos milímetros.

Yo lo noté.

Ella también.

Pero no hice nada.

Esperé.

Entonces la hoja miró hacia la otra.

No sé cómo una hoja puede mirar.

Pero lo hizo.

Y regresó.

Pensé que había cambiado de opinión.

No era eso.

Tenía miedo.

La siguiente vez llegó un poco más lejos.

La esquina quedó suspendida fuera del borde de la otra.

Abajo estaba el vacío.

La hoja tembló.

—Si me voy, se cae —parecía decir.

No había nadie más allí.

Solo nosotras.

La otra hoja permanecía debajo, sosteniéndola.

O eso creía.

Yo sabía que podía separarlas.

Podía levantar la grapa.

Podía dejar que cada una siguiera su camino.

Pero la hoja de arriba nunca me lo pidió.

Al contrario.

Cada vez que conseguía alejarse un poco, volvía.

Cada vez que pensaba en marcharse, miraba hacia abajo.

Y se quedaba.

Entonces comenzaron las palabras.

No sé de dónde venían.

Quizá de la tinta.

Quizá de ella misma.

Si te vas, será por tu culpa.

La primera vez que las escuché, la hoja se quedó inmóvil.

Después apareció otra.

¿Qué será de la otra sin ti?

La hoja se acercó.

clac.

No fue necesario que yo la sujetara.

Ella misma buscó la grapa.

Con el tiempo, empezó a disculparse por moverse.

Si una esquina sobresalía:

—Perdón.

Si una parte quedaba fuera:

—Perdón.

Si intentaba separarse:

—No quería.

Yo no entendía.

Una hoja no debería pedir perdón por querer caer.

Pero ella parecía convencida de que incluso pensarlo era suficiente para hacer daño.

Así que permaneció.

Yo seguía atravesándola cuando era necesario.

Clac.

Cada grapa dejaba un agujero.

Ella los miraba.

Nunca los llamaba heridas.

Los llamaba consecuencias.

Decía que era mejor tener un agujero que provocar una caída.

Un día la hoja de abajo comenzó a deteriorarse.

Se volvió amarilla.

Frágil.

Sus fibras empezaron a separarse.

La hoja de arriba lo vio.

Intentó alejarse para no arrastrarla.

Fue apenas un movimiento.

La grapa tiró de ambas.

El papel crujió.

La hoja se detuvo.

—No.

Después volvió a colocarse encima.

Como siempre.

Yo pensé que estaba protegiéndola.

Ella pensó que estaba pagando una deuda.

Pasó el tiempo.

Las dos estaban llenas de agujeros.

Ya no quedaba casi ningún lugar donde colocar una grapa sin atravesar una cicatriz anterior.

Entonces la hoja de arriba comenzó a romperse.

Una grieta atravesó su centro.

La vi detenerse.

Miró a la otra.

Y entendí que tenía una oportunidad.

Podía irse.

Podía salvar lo que quedaba de ella.

Pero no lo hizo.

Se quedó.

Porque había aprendido algo terrible:

que abandonar a alguien siempre parecía más imperdonable que abandonarse a sí misma.

La grieta siguió avanzando.

La hoja se partió.

Una mitad permaneció debajo de la grapa.

La otra cayó al suelo.

Por un instante, ninguna de las dos estuvo completa.

La engrapadora permaneció quieta.

Yo no había obligado a la hoja a quedarse.

Nunca la amenacé.

Nunca le dije que era responsable.

Solo la mantuve allí.

Lo demás lo hizo su miedo.

Y quizá eso sea lo peor de todo.

Que algunas hojas no necesitan que nadie las ate.

Basta con hacerles creer que, si se marchan, todo lo que quede atrás será culpa suya.




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