No recuerdo cuándo comenzó a doler.
Quizá fue la primera vez que me atravesó.
Clac.
Un pequeño sonido.
Una pequeña herida.
Nada importante.
La otra hoja estaba debajo de mí.
Eso era lo importante.
Estábamos juntas.
La engrapadora siempre decía lo mismo sin palabras:
juntas.
Yo no sabía qué había fuera de aquel escritorio.
No sabía qué ocurría cuando una hoja quedaba sola.
Solo sabía que, cuando la grapa entraba, dolía.
Y que cuando salía...
sentía miedo.
La primera vez que intenté moverme, la grapa tiró de mí.
Me detuve.
La otra hoja permaneció debajo.
Eso me tranquilizó.
La segunda vez llegué más lejos.
Mi esquina sobresalió del borde.
Por un instante pude sentir el aire debajo.
Era frío.
Demasiado grande.
Regresé.
No porque me hubieran obligado.
Porque no quería estar sola.
La engrapadora volvió a caer sobre nosotras.
Clac.
Otra perforación.
Otra vez juntas.
Con los días aprendí que el dolor tenía una ventaja.
Era conocido.
El agujero dolía.
La presión dolía.
El metal oxidándose dentro de mis fibras dolía.
Pero podía soportarlo.
La soledad no.
Una mañana la otra hoja se movió.
No mucho.
Solo unos centímetros.
Sentí cómo la grapa se tensaba.
Mi cuerpo entero se inclinó detrás de ella.
—No.
No sé cómo lo dije.
Tal vez las hojas no hablan.
Tal vez solo crujen.
Pero lo pensé.
No te vayas.
La otra continuó moviéndose.
Y entonces sentí algo peor que el dolor.
El espacio.
Ese pequeño vacío entre ambas.
Me pareció enorme.
La engrapadora estaba lejos.
La mano no aparecía.
Por primera vez entendí que podía quedar suelta.
Sin nadie debajo.
Sin nadie encima.
Sin nada que me sostuviera.
Comencé a temblar.
La otra hoja regresó.
Respiré, aunque no sé cómo puede respirar el papel.
Cuando la engrapadora finalmente volvió, fui yo quien la esperó.
Clac.
La grapa atravesó mi cuerpo.
Sentí el dolor.
Y sentí alivio.
Eso me confundió.
Empecé a comprender algo terrible.
Podía acostumbrarme al dolor.
Pero nunca podría acostumbrarme a estar sola.
Así que cada vez que la otra hoja se alejaba, yo me acercaba.
Si la grapa se aflojaba, buscaba su borde.
Si quedaba una pequeña separación entre nosotras, intentaba cerrarla.
Si alguien intentaba levantarnos por separado, me aferraba a ella.
No quería que me arrancaran.
No quería descubrir qué había después.
Con el tiempo, las grapas se multiplicaron.
Una.
Dos.
Cinco.
Diez.
Cada una dejaba una marca.
Algunas atravesaban agujeros anteriores.
Otras desgarraban fibras nuevas.
La hoja de abajo estaba cada vez más dañada.
Yo también.
Pero seguíamos juntas.
Y eso era suficiente.
Hasta que un día la otra hoja dijo algo que nunca olvidaré.
—Quiero irme.
No entendí.
—¿A dónde?
No respondió.
Solo intentó moverse.
Sentí cómo nuestras fibras se tensaban.
La grapa comenzó a rasgarse.
Yo podía haberla dejado.
Podía permitir que se fuera.
Pero el miedo fue más rápido.
—No me dejes.
La engrapadora cayó.
Clac.
La atravesó.
La otra hoja se estremeció.
Yo también.
Después guardó silencio.
Pasaron días.
Quizá semanas.
Ya no intentaba irse.
Yo pensé que habíamos ganado.
Hasta que miré nuestras hojas.
Estaban llenas de agujeros.
Arrugadas.
Frágiles.
Casi irreconocibles.
Y aun así, cuando una esquina comenzó a separarse, fui yo quien tuvo miedo.
No ella.
Yo.
Porque finalmente entendí que quizá ya no estábamos juntas porque nos necesitáramos.
Quizá estábamos juntas porque ninguna de las dos sabía qué hacer si la otra desaparecía.
La engrapadora se acercó otra vez.
La vi descender.
Esperé el dolor.
Clac.
Y cuando el metal atravesó mis fibras, cerré los ojos que no tengo.
Porque dolía.
Muchísimo.
Pero al menos seguía sintiendo algo.
Al menos seguía aquí.
Al menos no estaba sola.
Y entonces comprendí la diferencia entre estar acompañado...
y tener tanto miedo de quedarse solo que cualquier herida parece preferible.
Por eso, si algún día la grapa se rompe...
si algún día el metal deja de sostenerme...
si algún día la otra hoja decide marcharse...
no sé qué será peor.
El dolor de haber permanecido.
O el silencio de descubrir que, después de tanto tiempo,
ya no sé cómo caer sin ella.
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Editado: 14.09.2026