Eso dice la etiqueta que llevo en el costado.
No dice nada sobre lo que ocurre después.
Al principio, las hojas llegaban limpias.
Informes.
Solicitudes.
Nombres.
Cifras.
Firmas.
Todo pasaba por mis manos.
Yo no hacía preguntas.
Una hoja llegaba hasta mí y la unía a otra.
Clac.
Otra.
Clac.
Otra.
Clac.
Así funcionaban las cosas.
Hasta que comenzaron a traerme hojas que no debían estar juntas.
Una hablaba de pérdidas.
La otra, de ganancias.
Una decía una cosa.
La otra decía exactamente lo contrario.
La mano las acomodaba cuidadosamente.
Después me colocaba encima.
Clac.
Las atravesaba.
Las mantenía juntas.
Me dijeron que era necesario.
No entendí por qué.
Con el tiempo descubrí que algunas hojas desaparecían.
No eran destruidas.
Simplemente dejaban de estar en el lugar donde las había visto.
Llegaban completas.
Después una mano las retiraba.
Y cuando regresaban, faltaban pedazos.
Párrafos enteros.
Números.
Nombres.
Fechas.
Yo no preguntaba.
Solo volvía a engraparlas.
Clac.
Había hojas que intentaban desprenderse.
Una de ellas tenía demasiadas cifras tachadas.
Intentó deslizarse fuera del montón.
La mano la detuvo.
La volvió a colocar.
Yo hice mi trabajo.
Clac.
La atravesé.
La hoja crujió.
—Quietecita.
No sé quién lo dijo.
Tal vez la mano.
Tal vez alguien detrás del escritorio.
La hoja dejó de moverse.
Después llegaron más.
Algunas estaban manchadas.
Otras tenían firmas que no reconocían sus propias palabras.
Había hojas que llevaban sellos demasiado grandes para su contenido.
Y hojas pequeñas que desaparecían debajo de montones enormes.
Cada vez que alguien preguntaba por ellas, aparecía una nueva carpeta.
Más gruesa.
Más limpia.
Más ordenada.
Nunca encontraba nada.
Pero todo parecía estar allí.
Yo seguía engrapando.
Clac.
Una hoja incómoda debajo de una hoja oficial.
Clac.
Un número debajo de otro.
Clac.
Un nombre debajo de una firma.
Clac.
Una verdad debajo de una versión más conveniente.
Con cada grapa, el montón parecía más sólido.
Más respetable.
Más difícil de abrir.
Eso me gustaba.
Porque nadie cuestiona un archivo bien organizado.
Un día llegó una hoja que no debía existir.
Era diferente.
No tenía sello.
No tenía firma.
Solo tenía nombres.
Muchos nombres.
Y al lado de cada uno había cantidades.
La mano la tomó.
Permaneció en silencio.
Después miró alrededor.
Yo estaba sobre el escritorio.
La mano me levantó.
Por primera vez sentí que no me estaban utilizando para unir.
Me estaban utilizando para esconder.
La hoja fue colocada debajo de otras.
Una.
Dos.
Cinco.
Diez.
Cada una más importante que la anterior.
Clac.
La atravesé.
La hoja quedó enterrada.
Pero todavía podía verse una esquina.
La mano tomó un marcador.
La cubrió.
Después colocó otra carpeta encima.
Yo pensé que ahí terminaría.
No terminó.
La hoja siguió apareciendo.
Cada cierto tiempo alguien encontraba una copia.
Cada vez la cubrían.
Cada vez la engrapaban más profundo.
Hasta que el archivo completo se convirtió en una masa de papeles atravesados por metal.
Nadie sabía qué había en el centro.
Ni siquiera yo.
Solo sabía que no debía abrirse.
Un día alguien intentó separar las hojas.
La primera se rasgó.
La segunda también.
La tercera dejó un pedazo de papel entre mis grapas.
Entonces entendí.
No estábamos conservando documentos.
Estábamos conservando una versión.
Una versión donde nada había ocurrido.
Donde nadie había perdido.
Donde ningún número estaba equivocado.
Donde ninguna firma había sido comprada.
Donde las hojas permanecían juntas porque así debía verse el archivo.
Desde fuera, todo parecía perfecto.
Ordenado.
Sellado.
Legal.
Pero debajo de las grapas había papel roto.
Tinta borrada.
Nombres ocultos.
Y pequeños pedazos de verdad atrapados entre el metal.
Todavía sigo sobre aquel escritorio.
Todavía me utilizan.
Cada vez que llega una hoja incómoda, escucho la misma palabra.
—Archívala.
Entonces bajo.
Clac.
Porque esa es mi función.
Mantener los papeles juntos.
Aunque para conseguirlo tenga que atravesarlos.
Aunque tenga que esconderlos debajo de otros.
Aunque, algún día, ya no quede una sola hoja intacta dentro del archivo.
Porque mientras nadie levante las grapas,
nadie podrá ver cuánto se ha podrido el papel.
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Editado: 14.09.2026