La otra mitad de la Gerbera

Capítulo 3: Recuerdos en el ático

El aula estaba llena de estudiantes hablando animadamente, mientras que otros estaban dormidos en sus escritorios. Sohee estaba sentada en su lugar de siempre, hablando con Kristy.

El ambiente cambió por completo en cuanto entró el profesor; los estudiantes dejaron de hablar de golpe y se enderezaron en sus asientos.

—Buenos días —dijo el profesor mientras colocaba su maletín en el escritorio. Miró rápidamente a toda la clase para asegurarse de que le prestaban atención—. Bien, podemos empezar con la clase. Abran sus libros en la página 42.

Todos obedecieron a medida que el profesor avanzaba con la lección, los minutos parecían pasar cada vez más lentos. Después de un largo rato, la clase por fin terminó.

—Eso es todo por hoy, no se olviden de repasar —anunció el maestro antes de tomar su maletín y salir del aula.

En cuanto cruzó el umbral, se escuchó un suspiro de alivio al unísono por parte de todos los alumnos.Sohee y Kristy salieron del salón, caminando juntas por el pasillo.

—¿Nos toca alguna otra clase? —preguntó Sohee, observando la luz solar que se filtraba por las ventanas.

—No, ya estamos libres —respondió Kristy—. ¿Te vas directo a tu casa?

—Sí, tengo muchísimo sueño. Mejor me voy ya.Kristy miró a su amiga con una sonrisa suave y le dio un empujoncito juguetón.

—Bien, ve a descansar, ¡dormilona! —Kristy soltó una carcajada.

—Nos vemos mañana —se despidió Sohee, agitando la mano.Al llegar a la parada, Sohee esperó el transporte.

Se puso de pie en cuanto vio venir el autobús y subió en él. El camino fue tan tranquilo que casi se queda dormida, pero un movimiento brusco la sobresaltó: el vehículo ya se había estacionado en su parada. La chica bajó y el aire fresco de la tarde la envolvió. Caminó unas cuantas cuadras hasta llegar a su casa y entró, dejando sus zapatos en la entrada por costumbre.

—¡Mamá, ya estoy en casa! —exclamó. Al no recibir respuesta, su mirada se desvió hacia la mesa de la cocina.

Su madre había dejado una nota: «Hija, fui a comprar los ingredientes para la cena. Llego un poco tarde, te quiero».

Sohee no perdió ni un segundo más; subió las escaleras decidida a ir a su habitación. Tras crossar el umbral, cerró la puerta y se acostó de inmediato sobre las cobijas.

—Tengo tanto sueño... Espera, ¿cerré bien abajo?Sohee se sentó de golpe en la cama. La idea de estar completamente sola en la casa con la puerta principal abierta la asustó. Bajó las escaleras a toda prisa y se aseguró de echar llave a la entrada. Al ver que todo estaba en orden, se relajó. Volvió a subir las escaleras, esta vez con paso más lento.

Fue entonces cuando notó que la pequeña puerta del ático estaba entreabierta. Intrigada, encendió la linterna de su celular y entró. El lugar estaba envuelto en polvo y repleto de cosas viejas, incluyendo varios de los juguetes de su infancia.

Sohee sonrió al reencontrarse con sus viejos recuerdos y se agachó para verlos mejor. En ese momento, sus ojos se desviaron hacia un rincón oscuro donde descansaba un viejo álbum de fotos.

—¿Y esto? ¿Son fotos? —se preguntó, tomándolo entre sus manos. Al abrirlo, se quedó helada al observar la primera imagen. En la fotografía aparecía ella de pequeña junto a un niño; ambos se veían sumamente unidos y felices. Lo más extraño e inquietante era que las facciones del niño al lado de ella eran idénticas a las suyas.

—¿Qué...? ¿Quién es él? —murmuró, completamente desconcertada.

—Cariño, ya estoy en casa —se escuchó la voz de su madre desde la planta baja. Sohee bajó las escaleras del ático a toda prisa con la fotografía bien sujeta en la mano. Su madre, al ver la imagen que sostenía su hija, palideció visiblemente.

—Mamá, ¿me puedes explicar qué significa esta foto? ¿Por qué este niño es idéntico a mí? —inquirió Sohee, clavando la mirada en ella en busca de una respuesta.

—Esa foto... ese niño... él era un amigo tuyo —tartamudeó la mujer, evitando sus ojos.

—Qué excusa tan barata. ¿Un amigo que es exactamente igual a mí? Mamá, ya no soy una niña. Dime la verdad.

Su madre soltó un largo suspiro, comprendiendo que ya no podía seguir ocultándolo más.

—Bien... ese chico es tu hermano gemelo.Sohee soltó una carcajada incrédula, sintiendo un nudo en el estómago.

—Qué estupidez. Vamos a decir que te creo... ¿Dónde está él entonces? ¿Por qué no tengo ningún recuerdo suyo?

—No lo recuerdas porque tuviste un fuerte accidente cuando eras niña —explicó su madre, mirándola con profunda tristeza—. Ese golpe causó que perdieras parte de tu memoria.

—¿Un accidente?—Sí. Por eso olvidaste por completo a tu hermano.

—¿Dónde está él? —preguntó Sohee, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas de forma incontrolable—. ¡Dime dónde está! —le exigió con urgencia en la voz.

—Cariño, cálmate, necesito que me escuches —pidió su madre con voz suave, intentando contenerla—. Él está bien. El nombre de tu hermano es Oliver.

—Oliver... —repitió Sohee en un susurro, saboreando el nombre por primera vez—. ¿Cuántos años tiene?

—Hija, son gemelos, tiene tu misma edad: catorce años. Cuando tuviste el accidente apenas tenías cinco. No podías recordar quién era él y, cada vez que intentaba acercarse, lo rechazabas con miedo. Eso lo hacía sentir muy mal; él te quería muchísimo, pero no sabía si algún día volverías a ser la misma. Poco después, tu padre se fue con otra mujer; pidió la custodia legal de Oliver y el juez se la concedió. Se mudaron lejos, pero Oliver no quería dejarte... Lloró demasiado el día que se lo llevaron. Sohee escuchó la historia en silencio, asimilando la verdad.

—Quiero ver a Oliver —sentenció finalmente—. Quiero verlo y decirle que ahora sí lo recuerdo.—Está bien —asintió su madre de inmediato—. Mañana mismo podemos ir a buscarlo.Sohee asintió brevemente, agotada por la carga emocional.

—Tengo sueño. Buenas noches, mami —murmuró, caminando de regreso a su habitación mientras se sentía flotar en un mar de confusión.




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