El camino de regreso a casa fue silencioso, pero no un silencio incómodo, sino uno lleno de expectación. Sohee y Oliver caminaban hombro con hombro, llamando la atención de algunos vecinos que se tallaban los ojos al verlos pasar.
Eran el vivo reflejo el uno del otro.Al llegar a la entrada, Sohee sacó las llaves con la mano temblorosa. Miró a su hermano por un instante; él le dedicó una sonrisa cálida que le dio el valor que necesitaba. Abrió la puerta y el aroma familiar de la casa, ese que siempre la recibía, los envolvió a ambos.
—¡Mamá, ya llegué! —anunció Sohee, tratando de que su voz no sonara nerviosa.Desde la cocina se escucharon pasos apresurados. Su madre apareció limpiándose las manos con un paño, con una sonrisa que se congeló en su rostro de inmediato.
El paño cayó al suelo. Sus ojos se abrieron de par en par, yendo de Sohee al chico que estaba de pie a su lado.
—¿Ol... Oliver? —el nombre salió de los labios de su madre como un soplo de aire, casi sin fuerzas.—Hola, mamá —dijo Oliver con suavidad, dando un paso al frente y sacando las manos de su chaqueta.La mujer no pudo contenerse más.
Cruzó la distancia que los separaba y se lanzó a los brazos de su hijo, rompiendo en un llanto lleno de alivio, culpa y felicidad. Oliver, que al principio se mostró rígido, se derritió ante el calor de su madre y la abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su hombro.
Sohee se acercó lentamente, con lágrimas en los ojos, y rodeó a ambos con sus brazos. Por primera vez en muchos años, el abrazo familiar estaba completo.
—Perdóname, mi amor —sollozó la madre, acariciando el cabello de Oliver—. Perdóname por haberlos separado, por pensar que era lo mejor...
—Ya pasó, mamá —la consoló Oliver, separándose un poco para mirarla a los ojos—. No hay nada que perdonar. Estoy de vuelta, y esta vez no me voy a ir a ninguna parte. Nosotros somos como el caramelo: mientras más fuego le pongas más se funde y más pegajoso se vuelve.
Más tarde, después de una larga cena donde rieron, lloraron y Oliver explicó cómo se había transferido en secreto a la escuela, el ambiente en la casa era de absoluta paz. La tormenta del pasado por fin había terminado. Antes de irse a dormir, Sohee subió a su habitación. Al encender la luz, notó algo sobre su escritorio que la hizo sonreír.
Oliver había dejado allí su cuaderno de hojas blancas, abierto en una página donde resplandecía un nuevo dibujo: un hermoso ramo de gerberas perfectamente trazado, y abajo, con su caligrafía elegante, una pequeña nota que decía:
«Para mi otra mitad. Los hermanos Valerius están juntos otra vez».
Sohee miró hacia la ventana, sintiendo cómo el cansancio y la felicidad la vencían. Se dejó caer sobre la cama, cerró los ojos despacio y, con una respiración profunda y tranquila, se entregó al sueño, sabiendo que mañana ya no estaría sola.
FIN
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Editado: 15.09.2026