A la mañana siguiente, el trayecto en el auto de su madre se sintió eterno. Sohee miraba fijamente por la ventana, con las manos apretadas sobre sus rodillas y el corazón latiéndole con una fuerza salvaje.
La realidad le parecía un sueño borroso: tenía un hermano gemelo, un fragmento de su propia vida que su mente había borrado por completo tras aquel accidente a los cinco años. El vehículo finalmente se detuvo frente a una casa de aspecto sencillo pero bien cuidada. Su madre apagó el motor y se quedó mirando el volante, con los ojos empañados en lágrimas y las manos temblorosas.
—No creo que sea buena idea que yo baje, cariño —murmuró su madre con la voz quebrada—. Tu padre y yo... las cosas no terminaron bien. Ve tú. Él tiene derecho a verte a solas.
Sohee asintió en silencio, tragando saliva. Abrió la puerta del auto y caminó a paso lento por el sendero de entrada. Cada paso pesaba una tonelada.
Al llegar al porche de madera, contuvo el aliento durante unos segundos antes de armarse de valor y tocar el timbre. Pasaron unos instantes que parecieron siglos. De pronto, el picaporte giró y la puerta se abrió despacio. Sohee sintió que el mundo se detenía. Frente a ella estaba un chico que llevaba una chaqueta oscura y las manos metidas en los bolsillos.
No hacía falta que nadie se lo presentara: era como mirarse en un espejo, pero con facciones un poco más maduras y marcadas. Tenía sus mismos ojos, su misma mirada, pero envuelta en un aura de profunda reserva. El llanto que Sohee había estado conteniendo desde la noche anterior amenazó con salir.
—Oliver... —consiguió articular, con la voz rota por la emoción—. Por fin... por fin te recuerdo. Lo siento tanto.
Sohee esperaba que su hermano se sorprendiera, que rompiera a llorar o que la abrazara con la misma desesperación que ella sentía. Sin embargo, Oliver no se movió.
Se limitó a observarla con una calma desconcertante. Lentamente, las esquinas de sus labios se curvaron en una sonrisa ladina, una expresión cargada de misterio y complicidad.
—Lo sé —repuso Oliver con una voz suave pero firme—. Por eso te dejé las gerberas en tu casillero.
Sohee dio un paso hacia atrás, abriendo los ojos de par en par por el impacto de sus palabras. La respiración se le cortó en seco.
—¿Tú...? ¿Fuiste tú? —tartamudeó, sintiendo que la cabeza le daba vueltas—. Pero ¿cómo? ¿Cómo entraste a mi escuela? ¿Cómo sabías cuál era mi casillero?
Oliver sacó una de sus manos del bolsillo y, con un movimiento elegante, le mostró una pequeña llave plateada que llevaba colgada de un llavero.
—Llevo semanas vigilándote, Sohee. El accidente te hizo olvidarme a mí, pero yo jamás me olvidé de mi otra mitad. Pasa, tenemos mucho de qué hablar. Sohee cruzó el umbral, todavía procesando el impacto de la revelación. La casa estaba sumamente silenciosa. Oliver cerró la puerta a sus espaldas y le hizo una seña para que lo siguiera escaleras arriba.
Al entrar a su habitación, Sohee se quedó sin aliento. El cuarto de Oliver era ordenado y maduro, pero lo que realmente llamó su atención fue la pared junto a su escritorio. Estaba repleta de bocetos hechos a lápiz: dibujos de su infancia, retratos de ella caminando hacia la parada de autobús y detallados estudios de gerberas. Sobre la mesa descansaba la pluma estilográfica de diseño antiguo.
—No dejas de mirarlos —observó Oliver, recostándose contra el marco de la puerta—. Pasé los últimos años practicando mi dibujo solo para no olvidar tu rostro. Cuando papá me trajo de vuelta a la ciudad, lo primero que hice fue buscarte.
—¿Por qué no te acercaste directamente? —preguntó Sohee, acariciando uno de los bocetos de las flores—. ¿Por qué las notas anónimas?—Mamá me prohibió verte cuando éramos niños porque mis intentos de acercarme te causaban crisis de ansiedad por el trauma del accidente —explicó Oliver, con un deje de amargura en la voz
—. Tu mente me había bloqueado para protegerse. Tenía que hacer que me recordaras poco a poco, con algo que sembrara la duda en ti. Las gerberas eran tu detonante favorito. Antes de que Sohee pudiera responder, el celular en su bolsillo comenzó a vibrar con insistencia. La pantalla mostraba el nombre de su amiga. Con manos temblorosas, deslizó el dedo para contestar.
—¡Sohee! ¡Por fin respondes! —exclamó la voz de Kristy al otro lado de la línea, desbordando emoción—. No vas a creer lo que descubrí. Fui a la dirección del club de arte, pero en la oficina de control escolar vi la ficha de un alumno transferido que se inscribió hoy para empezar la próxima semana. Su apellido es... ¡espera, su apellido es Valerius! ¿Sohee? ¿Me escuchas? Sohee desvió la mirada hacia su gemelo, quien la observaba con una ceja alzada y esa misma sonrisa misteriosa de siempre.
—Kristy... cancela la Operación Gerbera —murmuró Sohee, con la voz apenas en un susurro.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Estás bien? ¿Dónde estás?—Estoy con el remitente de las tarjetas —respondió Sohee, mirando fijamente a su hermano
—. Estoy con Oliver Valerius... mi hermano gemelo. Y no tienes que buscar su ficha de transferencia, porque lo tengo justo enfrente de mí.Hubo un silencio sepulcral del otro lado de la línea. Se escuchó el ruido de algo cayéndose, seguido por un grito ahogado de Kristy.
—¡¿Tu qué?! ¡¿Valerius?! ¡¿Tu hermano gemelo es el chico nuevo de la escuela?! Sohee colgó la llamada lentamente, todavía en shock, y guardó el celular en su bolsillo. Miró a Oliver, quien se cruzó de brazos con total calma.
—Así que... ¿te transferiste a mi escuela? —inquirió Sohee, asombrada.
—Te dije que no iba a perderte de vista otra vez —repuso Oliver con una sonrisa suave, extendiéndole la mano—. A partir del lunes, los hermanos Valerius vuelven a estar juntos. ¿Lista para recuperar el tiempo perdido, gemela?
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Editado: 15.09.2026