El palacio de Valeria siempre había sido un lugar hermoso para quienes lo visitaban y una prisión para quienes vivían en él. Sus paredes estaban cubiertas de retratos antiguos, sus pasillos olían a flores frescas y ligeramente a sangre, sus enormes ventanales permitían contemplar los jardines reales. Todo estaba en su lugar, tal como debía estar en un reino gobernado por la familia Akemi.
Todo, excepto yo.
—Llegas tarde.
La voz de mi padre resonó en la sala de entrenamiento antes de que pudiera siquiera cruzar la puerta.
Miré el reloj de pared.
—Por tres minutos.
—Cuatro.
Puse los ojos en blanco y dejé mi espada sobre la mesa.
—Perdón, padre. La próxima vez le pediré al sol que salga más despacio.
Uno de los guardias ocultó una sonrisa. Mi padre, en cambio, no pareció encontrar el comentario especialmente divertido.
—Si dedicaras la mitad de tu tiempo a entrenar y la otra mitad a dejar de discutir conmigo, quizá algún día lograrías sorprenderme.
—Y si usted dedicara la mitad de su tiempo a elogiarme y la otra mitad a dejar de criticarme, quizá algún día lograría caerme mejor.
El guardia bajó la cabeza para disimular su risa.
Mi padre me lanzó una mirada que habría hecho temblar a cualquiera con un poco menos de orgullo que yo.
—La espada, Amaya.
Suspiré y volví a tomarla.
Aquella mañana llevábamos casi dos horas entrenando. Tenía los brazos cansados, el cabello pegado a la frente y unas ganas terribles de marcharme a desayunar. Sin embargo, admitir cualquiera de esas cosas habría significado darle la razón.
Y prefería tragarme la espada antes que darle la razón a mi padre.
Volví a colocarme frente a él.
El primer golpe fue suyo. Lo bloqueé. El segundo casi me alcanzó el hombro, pero logré apartarme y contraatacar. Durante unos segundos, ninguno de los dos retrocedió.
Hasta que mi padre desvió mi espada y me hizo perder el equilibrio.
Caí de rodillas.
—Muerta —sentenció.
Lo miré desde el suelo.
—Qué manera tan bonita de empezar este gran día.
—En una batalla, tus enemigos no tendrán paciencia contigo.
—Por suerte, usted no es mi enemigo.
Mi padre guardó silencio.
Por un instante, creí haber dicho algo que no debía. Pero entonces me tendió la mano y me ayudó a levantarme.
—Asegúrate de que siga siendo así.
No supe qué responder.
Mi padre era un hombre difícil de comprender. Podía pasar horas enseñándome a luchar, a reconocer una mentira o a anticipar los movimientos de un enemigo, pero jamás me preguntaba si estaba cansada. Tampoco me decía que estaba orgulloso de mí.
A veces pensaba que, si algún día conquistaba el mundo entero, él solo señalaría el único lugar que todavía no hubiera conquistado.
—La reina te espera para desayunar —dijo finalmente—. No la hagas esperar.
—¿Y usted?
—Tengo asuntos que atender.
Por supuesto que los tenía. Mi padre siempre tenía asuntos que atender.
Tomé mi espada y me dirigí a las habitaciones para cambiarme. Me esperaba una mañana llena de reuniones, lecciones de diplomacia y nobles que fingían escucharme mientras calculaban cuánto podían ganar de mi futura coronación.
Ser princesa era maravilloso, si uno disfrutaba de sonreírle a personas que no detestaba.
Yo, personalmente, prefería mis espadas.
Mi madre me esperaba junto a una de las ventanas del comedor.
La reina Seraphine Akemi tenía esa clase de belleza que hacía que las personas olvidaran lo que estaban diciendo. Su cabello oscuro caía en ondas perfectas sobre los hombros y sus ojos claros parecían descubrir secretos incluso cuando no estaba mirando directamente a alguien.
Nunca la había visto perder la compostura en público.
Sospechaba que tampoco lo hacía en privado.
—Llegas tarde, querida.
Dejé caer la servilleta sobre mi regazo.
—Empiezo a pensar que esa es la frase oficial de nuestra familia.
Mi madre sonrió y suelta una risa ligera mientras una sirvienta servía el té.
—Tu padre me ha contado que volviste a discutir con él.
—Qué extraño. Yo recuerdo haber tenido una conversación perfectamente agradable.
—¿Le dijiste que preferirías que te cayera mejor?
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo...?
—Amaya, querida, los guardias hablan. Y tú no eres precisamente discreta cuando estás enfadada.
Tomé una tostada para evitar responder.
Mi madre se sentó frente a mí y me observó durante unos segundos.
—Esta noche habrá una recepción en honor a nuestros invitados de Lyria. Quiero que estés presente y que te comportes como corresponde a una futura reina.
—¿Puedo elegir a quién asesinar primero o eso también tiene un protocolo?
—Solo si consigues que parezca un accidente.
La miré, sorprendida.
Ella bebió un sorbo de té con absoluta tranquilidad.
—Es una broma, Amaya.
—Claro. Una broma.
Sonreí, aunque no pude evitar preguntarme si mi madre habría sido capaz de decir algo así en serio.
A veces era difícil distinguirlo.
El desayuno continuó entre conversaciones sobre la recepción y los asuntos del reino. Mi madre me habló de los invitados, de los acuerdos comerciales y de la importancia de causar una buena impresión.
Yo escuchaba, respondía cuando era necesario y fingía que no me aburría.
Entonces, un hombre entró en el comedor.
Era uno de los consejeros de mi padre. Nunca había sido especialmente amable conmigo, pero aquella mañana parecía haber envejecido varios años. Llevaba un sobre sellado entre las manos y miraba constantemente hacia la puerta, como si temiera que alguien lo hubiera seguido.
Se inclinó ante mi madre.
—Majestad. Necesito hablar con usted y con el rey. Es urgente.
La sonrisa de mi madre desapareció.
Solo por un instante.
Después dejó la taza sobre el plato y se puso de pie.
—Por supuesto.
Editado: 13.10.2026