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Era por la mañana cuando Goyo y Ricardo se prepararon para ir a desayunar, moviéndose por el pequeño cuarto con la torpeza propia de quienes no han pegado ojo en toda la noche. La luz grisácea del amanecer apenas lograba abrirse paso a través de la ventana alta, proyectando sombras alargadas sobre las paredes de piedra y acentuando el silencio tenso que se había instalado entre los dos. Goyo, sentado en el borde de su litera mientras tanto Ricardo terminaba de abrocharse los zapatos de prisa, lanzándole miradas de reojo llenas de sospecha. Sabía que Goyo ocultaba algo tras esa fachada de falsa calma, y también sabía que, en cuanto cruzaran esa puerta y salieran al pasillo, la mente analítica de Amelia no tardaría en diseccionar cada uno de sus movimientos. Con un suspiro pesado, Ricardo agarró el pomo de la puerta, intercambió una última mirada cómplice con su compañero y, con el corazón metiendo con fuerza, se dispusieron a abandonar el refugio de su habitación para enfrentarse a lo que el nuevo día les tuviera preparado.
El comedor estaba lleno de niños, pero esta vez, en lugar de buscar un sitio con desconocidos, Goyo siguió a Ricardo hasta su mesa habitual, al final del comedor. El bullicio de las voces y los platos chocando llenaba el aire, pero Goyo, aún acostumbrándose al entorno, no podía dejar de observar todo a su alrededor.
Mientras terminaban, los dos se dirigieron a su primera clase del día: matemáticas. Las horas pasaron sin mayor novedad hasta llegar a la antesala del recreo. Goyo ya empezaba a cansarse de escuchar las explicaciones del profesor y, casi por instinto, sacó la piedra azul de su bolsillo para observar bajo la luz. Estaba tan absorto en los detalles de su superficie lisa que ni siquiera escuchó cuando el profesor Fermín, el mismo hombre que lo había recibido el día anterior, le habló varias veces.
—¡Goyo! —lo llamó con firmeza.
Al ver que no respondía, Fermín se acercó a su pupitre. Su sombra cubrió a Goyo, que levantó la vista, sobresaltado. Sin mediar palabra, el profesor le quitó la piedra de las manos.
—Esto puede ser peligroso. Te pido que no la saques durante la clase —dijo, su tono severo pero no cruel. Guardó la piedra en el bolsillo de su chaqueta—. La recuperarás al final del día.
Goyo, furioso por la intervención, se cruzó de brazos y se hundió en su silla. Sentía una creciente frustración. No era solo un objeto, era su objeto, lo único que lo conectaba con su pasado olvidado.
Durante el recreo, recuperó la piedra en la sala de profesores. Fermín se la entregó sin decir una palabra más, pero el incidente había dejado una semilla de desconfianza en el interior de Goyo. No era la confiscación lo que le preocupaba. Era la forma en que Fermín había mirado la piedra. Como si supiera exactamente lo que era.
Goyo intentó despejarse uniéndose a un partido improvisado de fútbol, pero su mente seguía en la piedra confiscada. Mientras tanto, Ricardo, que había observado el incidente en clase, se acercó con cautela a un grupo de chicas que charlaban sentadas en un banco.
—Amelia —dijo Ricardo, su tono mucho más reservado que de costumbre.
Amelia, una niña un año más pequeña que ellos, levantó la vista. Tenía el cabello largo y rubio, y unos pequeños pendientes en forma de rayo brillaban bajo la luz del sol. Era conocida por su inteligencia y su capacidad para observar detalles que los demás pasaban por alto.
—¿Qué pasa, Ricardo? —preguntó, su mirada azul analizando la expresión de Ricardo.
—Es sobre mi nuevo compañero de cuarto, Goyo —dijo Ricardo en voz baja—. Es... impulsivo. Y tiene un objeto extraño. Creo que podrías... no sé, ayudarnos a entender.
Amelia no se escuchó, pero sus ojos mostraron un destello de interés. Miró por encima del hombro de Ricardo, hacia donde Goyo corría tras el balón con una energía casi salvaje.
—El chico nuevo que apareció en la playa —murmuró, más para sí misma que para Ricardo—. Interesante. Hablaré con él.
Cuando terminaron las clases, Ricardo interceptó a Goyo antes de que pudiera ir a reclamar su piedra.
—Goyo, te quiero presentar a Amelia —dijo, justo cuando la chica se acercaba con paso tranquilo.
—Hola, soy Amelia —dijo ella, su sonrisa amistosa pero sus ojos increíblemente observadores.
Goyo, algo desconcertado, estrechó su mano. —Goyo.
—Ricardo me ha dicho que te interesan los misterios de este lugar —dijo Amelia, su tono ligero pero directo.
Goyo se puso a la defensiva. —Sí, supongo.
—A mí también —respondió ella, y su mirada se posó por un instante en los pendientes de rayo que llevaba—. A veces, las cosas más extrañas ocurren a plena vista.
Sin decir más, se dio la vuelta y se alejó, dejando a Goyo con una extraña sensación. No había sido una conversación normal. Había sido una evaluación.
Cuando se alejó lo suficiente, Ricardo se acercó de nuevo a Goyo.
—Oye —le dijo en voz baja, como si compartiera un secreto—. Cuando Amelia llegó aquí, hace un par de años, hubo una tormenta eléctrica que duró horas. En pleno día y sin una nube en el cielo. Nadie supo explicarlo.
Goyo lo miró, sorprendido. La mención de los relámpagos, junto a los pendientes de Amelia, encajó en su mente como una pieza de un rompecabezas. Fuego. Y ahora, electricidad.
—Es... raro —respondió Goyo, procesando la información.
—Lo sé —dijo Ricardo, con una mirada cómplice—. Te lo dije. Algo está pasando aquí, y no podemos ignorarlo.
Con esa nueva revelación en la mente, Goyo se dirigió a la sala de profesores para recuperar su piedra. Ahora no solo era su conexión con el pasado. Era la primera pista de un misterio mucho más grande de lo que jamás había imaginado.
Por la tarde, después de las clases, Goyo decidió que necesitaba un respiro. El día había sido largo, y su mente no dejaba de dar vueltas a la piedra azul, ahora de vuelta en su bolsillo, ya la conversación sobre Amelia. Decidió ir a la cocina a por un vaso de agua para calmarse un poco.
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Editado: 06.11.2026