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Los jazmines de Sergio se abrían a mediodía, y eso no debería ocurrir.
Siempre habían florecido al atardecer, cuando el aire refrescaba y su perfume se volvía dulce y espeso. Pero esa mañana, con el sol clavado en lo alto, los pétalos blancos se desplegaban uno a uno bajo la mirada de Sergio, y él los observaba sin sorpresa, como quien recibe una noticia que lleva días esperando.
Se agachó junto al rosal para cortar una rama seca. El jardín era lo único del orfanato que parecía suyo: las begonias rojizas pegadas al muro, los aloes gruesos en las esquinas, las violetas extendidas como una alfombra morada y, en el centro, el arbusto de lavanda cuyo olor llegaba hasta el pasillo. Les hablaba a todas en voz baja, y nunca le había importado que los demás lo miraran raro.
Unos pasos resonaron en el corredor. Levantó la vista. Amelia y Ricardo se acercaban al borde del jardín con el aire de quien necesita un respiro de las clases.
—¿Se puede saber qué haces aquí todo el día? —preguntó Ricardo.
—Cuidar de ellas. —Sergio siguió podando sin mirarlo—. Necesitan atención. Y a mí me ayuda a desconectar.
Amelia rozó con los dedos las hojas de la lavanda.
—¿Cómo sabes cuándo necesitan agua?
—La tierra avisa. Si está pálida y seca, tienen sed. Si las hojas amarillean, algo va mal. —Hizo una pausa, y su sonrisa se volvió más lenta—. Aunque últimamente todo va demasiado bien, y eso es lo raro.
—Es tranquilo, esto —comentó Ricardo, mirando las flores con la perplejidad de quien nunca ha mirado una de verdad.
—Aquí puedo pensar. —Sergio se incorporó y se sacudió la tierra de las rodillas—. Tengo la sensación de que las plantas nos enseñarían muchas cosas, si nos calláramos el tiempo suficiente para escucharlas.
Ricardo y Amelia se miraron. No era lo que esperaban de un chico tan callado.
Entonces Amelia lo vio: un resplandor suave, casi invisible bajo el sol, que atravesaba la tela del bolsillo del pantalón de Sergio.
—Sergio —dijo despacio—, te brilla algo en el bolsillo.
Él se llevó la mano al muslo con una naturalidad demasiado ensayada.
—Es algo personal.
Sonrió, pero la sonrisa tardó medio segundo en llegar. Amelia atrapó ese medio segundo y decidió no insistir.
—Entonces te dejamos con los jazmines.
Sergio los siguió con la vista hasta que doblaron la esquina. Después sacó del bolsillo lo que escondía —algo pequeño, tibio, que latía contra la palma como un corazón diminuto— y miró a su alrededor. Todas las plantas del jardín se habían inclinado hacia él, incluso las violetas, incluso la lavanda.
—Todavía no —les susurró—. Todavía no.
El resplandor se apagó. En cuanto volvió a guardarlo, los jazmines empezaron a cerrarse, pétalo a pétalo, como si alguien les hubiera ordenado dormir.
—¿Otro objeto? —susurró Ricardo en cuanto estuvieron lejos.
—Habla con las plantas como si le contestaran, y le brilla algo en el bolsillo. —Amelia caminaba deprisa, con una mano sobre sus pendientes de rayo—. Yo diría que sí.
Cruzaron el patio trasero hasta el claro entre los árboles donde Goyo llevaba días practicando. Desde lejos lo vieron alzar la mano: una cinta de agua que no estaba ahí un segundo antes se enroscó en el aire a su alrededor, lenta, obediente. Ninguno de los dos habló. Se quedaron a la sombra, mirando.
—Fíjate en la piedra —murmuró Ricardo—. Ese azul tan intenso… Agua. Está clarísimo.
—Y mis pendientes son rayos. —Amelia giró uno entre los dedos; amarillo brillante, como un pedazo de sol—. Electricidad. Y el anillo de Alfonso, con esas líneas que parecen viento…
—Aire. Niebla. —Ricardo bajó la vista a su muñeca. El brazalete rojo anaranjado, con sus llamas grabadas, parecía más cálido que el resto del metal—. Y fuego.
—Agua, electricidad, aire y fuego. —Amelia los contó con los dedos y frunció el ceño—. Faltaría la tierra.
Los dos se volvieron a la vez hacia el jardín, que quedaba a su espalda.
—No digas nada todavía —dijo Ricardo—. Es solo una teoría.
—Es una teoría que encaja demasiado bien.
Goyo los había visto. Dejó caer el agua al suelo, como quien suelta una bolsa, y se acercó secándose las manos en el pantalón.
—Hoy he conseguido que se quedara quieta —anunció, con una sonrisa cansada—. Casi un minuto.
—Se te nota en la cara —dijo Amelia—. Estás agotado.
—Cada vez que lo uso me tiemblan las piernas, como después de una carrera. —Goyo bajó la vista a la piedra azul—. Pero luego me siento más ligero. Como si ella me estuviera enseñando.
—¿Y si se te escapa? —preguntó Ricardo.
—Me empapo. —Goyo se encogió de hombros—. Es lo peor que me ha pasado hasta ahora.
Amelia lo miró un rato, y después miró sus propios dedos.
—Tú ya controlas lo tuyo. Nosotros solo llevamos joyas.
Ricardo tardó en contestar.
—Pues habrá que dejar de llevarlas solo de adorno.
Claudia, la compañera de cuarto de Amelia, no estaba. Cerraron la puerta con cuidado y Amelia se sentó en el borde de la cama, frente a la lámpara de la mesilla.
—Si me sale, te lo cuento. Si no, no ha pasado nada.
Colocó la palma abierta junto a la bombilla encendida y cerró los ojos. Pensó en el cosquilleo que precede a una tormenta, en el aire cargado y el vello de los brazos erizado. Al principio solo oyó su propia respiración. Luego un hormigueo le subió desde los hombros hasta las yemas, fino y brillante, y la bombilla parpadeó.
Un destello. Solo uno.
Amelia retiró la mano de golpe, con los dedos temblando.
—¿Lo has visto? —Ricardo se había quedado de pie junto a la puerta.
—Lo he sentido. —Se miró las manos—. Como un escalofrío eléctrico, desde aquí —se tocó el hombro— hasta las puntas. Es como si la electricidad llevara tiempo esperando a que la llamara.
Lo intentó una vez más, con más fuerza. La bombilla zumbó, brilló un segundo con una luz blanca y se fundió con un chasquido seco. Quedaron a oscuras.
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Editado: 06.11.2026