..-. .- -. - .- ... -- .- .-.-.
Alfonso era el rey del comedor. No por la fuerza, sino por una mezcla imbatible de ingenio y desfachatez. Era una mañana tranquila y, mientras los demás chicos desayunaban con el murmullo soñoliento de siempre, su mesa se había convertido en un foco de risas contenidas: un pequeño reino de anarquía en medio de la monotonía gris del orfanato. El aire olía a leche tibia y a pan tostado, pero en su rincón olía a complicidad y a carcajadas a punto de estallar.
Tenía una habilidad especial, un radar para captar la ridiculez ajena y convertirla en espectáculo sin llegar a ser despiadado. Primero le tocó al profesor Fermín. Alfonso se levantó con un panecillo en alto y caminó por el estrecho pasillo entre las mesas, no solo imitando el andar rígido del vigilante, sino ajustándose unas gafas imaginarias y carraspeando con aspereza antes de hablar. Con el entrecejo arrugado y una gravedad cómica, soltó la frase estrella del profesor:
—El orden es el pilar de la disciplina.
La mesa reventó. Martín escupió la leche de vuelta en la taza y otro de los chicos estuvo a punto de atragantarse con la miga.
Sin perder el ritmo, Alfonso agitó el panecillo como si fuera un cetro real y adoptó el tono pomposo de las mañanas de examen:
—¡Queridos alumnos! Hoy aprenderemos una lección fundamental para la vida: ¡cómo escaparse de las clases de matemáticas sin que te atrapen!
Martín, limpiándose la barbilla con la manga, le siguió el juego de inmediato:
—Profesor Alfonso, ¿y si a uno ya lo atraparon la semana pasada?
Alfonso lo miró con una expresión de falsa compasión.
—En ese caso, alumno Martín, debes perfeccionar el noble arte de poner cara de «yo no fui». Es una técnica ancestral que requiere una mezcla precisa de confusión y ultraje. Algo así...
Abrió mucho los ojos, bajó la comisura de los labios y dejó que un ligero temblor le recorriera el mentón. En medio de la broma, su mirada barrió el comedor y se posó en un niño nuevo, sentado solo al fondo, rígido entre el miedo de los primeros días y la curiosidad. Un blanco perfecto.
Se le acercó con paso solemne y le dijo en voz baja, pero audible para media sala:
—Tú, el nuevo. Ven acá. ¿Sabías que en este sitio dan ración doble de desayuno si pones cara de mucha hambre delante de las cocineras?
El crío, inseguro pero deseando encajar, lo intentó con tanta devoción que la mesa entera volvió a soltar una carcajada. Alfonso le dio una palmadita afectuosa en la espalda y le guiñó un ojo.
—Bienvenido al equipo, compa. Aquí no se sobrevive sin sentido del humor.
Girando sobre sus talones, se dirigió hacia Amelia, que lo observaba desde la mesa contigua con los brazos cruzados y esa ceja levantada que era su marca registrada.
—¿Y tú, Alteza? —provocó Alfonso—. ¿No necesitas una clase magistral de «cara de inocente»?
Amelia, sin perder la calma, le devolvió una sonrisa helada.
—Prefiero que me pillen antes que andar haciendo el ridículo con esas muecas.
—Touché —dijo Alfonso, haciendo el ademán de quitarse un sombrero invisible—. Me inclino ante su valentía, majestad.
Llegó tarde a clase, y no por descuido: disfrutaba del pequeño efecto dramático de entrar cuando todos estaban ya instalados. Abrió la puerta justo cuando Fermín terminaba de trazar una ecuación en la pizarra y se apoyó en el marco con estudiada indiferencia.
—¿Puedo pasar, o la clase está demasiado ocupada sin mí?
El profesor Fermín se giró despacio. Su mirada ya no era de simple cansancio; había algo más pesado en sus ojos. Una vigilancia dura.
—Siéntate, Alfonso. Ya.
Alfonso saludó a izquierda y derecha como una estrella de rock, se dejó caer en su silla y abrió el cuaderno para dibujar caricaturas en los márgenes.
—Alfonso —lo interrumpió la voz de Fermín desde el estrado—. ¿Puedes responder a esta ecuación?
Alfonso levantó la vista y, sin mirar los números en la pizarra, contestó con total seguridad:
—Claro, profe. La respuesta es... «¿quién sabe?».
La clase volvió a estallar en risas, pero esta vez Fermín no lo dejó pasar. Dejó la tiza sobre la mesa con un golpe seco que cortó el murmullo como una guillotina.
—Al final de la clase, tú y yo vamos a tener una pequeña charla.
Por primera vez en toda la mañana, la sonrisa de Alfonso vaciló.
Cuando sonó la campana del recreo, los demás salieron disparados hacia el patio, pero Fermín se plantó frente al pupitre de Alfonso bloqueando el paso.
—¿Es por las fracciones, profe? —intentó bromear Alfonso, recomponiendo la máscara—. Le juro que casi lo pillaba.
Fermín no me escuchó ni se molestó en reñirle por el tono. Se inclinó sobre el pupitre apoyando los nudillos en la madera, tan cerca que Alfonso pudo oler el aliento rancio a café y tabaco.
—La directora fue muy clara contigo —dijo en un susurro bajo y peligroso—. Tu situación ha cambiado. Ya no eres el bufón de la corte, Alfonso. Eres una pieza importante en su tablero. Y las piezas importantes no llaman la atención. ¿Entendido?
Era una amenaza directa, una correa invisible que se le cerraba alrededor del cuello.
—Entendido —masculló Alfonso, bajando la vista hacia los veteados del escritorio.
—Bien. Ahora, disfruta de tu recreo.
Alfonso salió al patio, pero el bullicio del partido de fútbol le parecía un ruido distante e irrelevante. Desde el borde del campo vio a Goyo, Ricardo y Amelia discutiendo en voz baja cerca de la banda. El trío de raros. Goyo le había contado su secreto días atrás —un acto de estúpida honestidad— y desde entonces Alfonso sentía que esa información le pesaba en el bolsillo como una piedra ardiente. Necesitaba aire.
Se dirigió hacia la vieja caseta de herramientas, su refugio habitual. Se sentó en un banco de madera carcomida, sacó un cigarro de chocolate del bolsillo y lo mordió sin ganas. El mundo se había vuelto demasiado complicado: la conciencia pesada de Goyo, la ambición helada de la directora Mercedes y él atrapado en medio, jugando como peón en una partida cuyas reglas nadie se molestaba en explicarle.
#1217 en Fantasía
#149 en Ciencia ficción
misterio, poderes magia, aventura misterio personojes ficticios
Editado: 06.11.2026