- ¿¡Qué vas a tener un qué!?
La sensual y carismática voz de su madre se coló en sus oídos sin ningún tipo de filtro. En otra ocasión habría dejado la llamada familiar para otro momento. No permitía que nada la interrumpiese durante su jornada de trabajo. Pero no había podido negarse después de que su madre colapsase de llamadas el número de la empresa.
- Voy a tener un niño – la voz de su madre sonó tan emocionada y entusiasmada que al instante supo que era real.
Solo que ella no podía creer en sus palabras. Cerró los ojos y se llevo una mano a la frente concediéndose unos minutos para reflexionar. Tenía que haber un error. Seguro que era eso.
- Vamos a ver, mama... - hablo tranquilamente mientras separaba la silla de la mesa, tenía que pensar objetivamente ya que su madre no lo hacía - ¿Estás completamente segura? ¿Te has hecho ya todas las pruebas? Tal vez se trate de otro síntoma. Puede que sea la meno...
- ¡Sammantha Jordin Norton!, ¿¡pero qué estás diciendo!? ¡Por supuesto que no tengo la... eso que le pasa a las mujeres mayores – Sam rodó los ojos al cielo, como si ella no entrara en la categoría – Soy joven, tengo cuarenta y cuatro años y soy perfectamente fértil – seguro con un tono de voz seca – Y en muchos sentidos más joven que tú.
No, si de eso no cabía duda. Ella tenía veintiocho, ni un marido, ni una familia, ni un amante, ni siquiera un compañero ocasional de cama. Para eso estaba su madre, que desde que ella tenía uso de razón se dedicaba a deambular de un lado para el otro del estado con un hombre diferente cada vez. No la reprochaba nada. Había sido una madre estupenda. No era como si la abandonase para irse con otros hombres. No, su madre se encargaba de ella; de asistir a asociaciones de padres, de relacionarse con las demás madres, de ir a animar sus partidos, de estar pendientes de su salud...
Era el modo en que lo hacía lo que la daba problemas. Siempre queriendo destacar, llamando la atención. No era haber crecido bajo su sombra lo que la importaba. Nunca le había faltado un techo o un alimento que llevarse a la boca. Siempre había habido un marido, un amante o un novio que se preocupase de las facturas. Era eso lo que le fastidiaba. Su madre no sabía lo que era estar sola.
- Tienes cuarenta y cinco – le recodó – Y no me importa lo que diga la foto de tu carnet de conducir – carnet más que falso, por cierto – No puedes tener un hijo a tu edad – su voz se dulcificó - Es peligroso.
- ¿Qué es lo que me estás queriendo decir? ¿Qué no voy a ser una buena madre? Conmigo nunca te faltó un plato de comida en la mesa. Fuiste a todos las excursiones que querías... - no le corrigió que el dinero de su educación había venido de manos de otros - ... los juguetes. Te lo di todo – terminó con una mezcla de dolor y enfado en su voz - ¿No me estarás diciendo que tienes queja de todo eso?
- No mama, yo no he dicho eso – respondió con tono conciliador. Sus peores miedos tenían que ver con la poca capacidad de su madre para ejercer como tal – Solo te digo que a esa edad los médicos recomiendas...
- ¡Me importa un bledo lo que los médicos recomienden! ¡Muchas mujeres de hoy se quedan embarazadas a los cuarenta! ¿Por qué yo no puedo? ¿Es que acaso es un delito, eh? Quiero a este niño y lo tendré con tu aprobación o sin ella.
Samantha resoplo tomando aire varias veces seguidas. Si algo se le metía en la cabeza a su madre, no había forma humana de cambiarla de idea, como cuando se ofreció a hacer de carabina entre ella y su pareja en el baile de graduación del instituto. Sobraba decir que fue a su madre a la que pillaron en el asiento trasero. Después de eso, paso una larga temporada sin hablar con ella.
- Sammy, cariño – la llamo suavizando su tono de voz – Solo quiero que me des una oportunidad a mí y a este bebe. Quiero que vengas a conocerlo.
Hoy. Justo el día en que firmaría su primer gran contrato, su madre tenía que estropear sus buenas noticias. Su compañía dependía en gran parte de su talento. Samms, S.A. era su vida. Desde que se graduó con honores en la universidad, adquirió un pequeño local con los ahorros de los que disponía, gracias a sus empleos como camarera y langosta publicitaria para un restaurante, y comenzó a desarrollar su labor como publicista por cuenta propia. Los primeros encargos que había recibido le habían servido para llegar hasta donde hoy estaba. Pequeñas tiendas locales que no extendían sus ventas más allá de su territorio. Pero que gracias a su ingenio, talento y constancia, había repercutido beneficiosamente en sus respectivos mercados. Y poco a poco, el boca a boca atrajo a más e importantes clientes.
Samantha no se olvidaba de que la tienda de chucherías Piruletas Rojas o la Zapatería Martita Tacones habían generado su sustento, pagado la hipoteca y conseguido subir de un pequeño despacho en el sótano de un edificio hasta la planta vigésimo cuarta de uno de los edificios más altos de Los Ángeles.
Ahora su agencia contaba con más de cincuenta empleados, sus anuncios se colaban en los espacios de radio y televisión y tenía lo que se podía llamar un hogar, es decir, un espacio en el que desconectar de las intensas reuniones y en el que la palabra familia estaba prohibida.
Vivía en un apartamento apenas amueblado y sin demasiados lujos. Acostumbrada, a la intermitencia con que su madre le había educado prácticamente toda su infancia; estaba preparada para meter todo en una maleta y salir huyendo. De hecho, salvo por la estabilidad que le proporcionaba su carrera, se asemejaba bastante a su niñez.
Su vida transcurría entre aviones de New York a Los Ángeles pasando por ciudades como Chicago o Texas. No rechazaba ninguna oferta. Su puesto requería que se trasladase de un lugar a otro para conocer sus clientes, estudiar el mercado y zanjar encuentros. A sus casi treinta años, Samantha había recorrido Estados Unidos varias veces y en casi todos los medios de transporte posibles. Lo único que le quedaba por hacer era encontrar un hogar.