Sobrevivir era la palabra exacta para describir su siguiente mes. Tuvo que enfrentarse a una mudanza de una costa a la otra, convocar reuniones urgentes para dejar la empresa a manos de otros responsables y apresurarse para firmar unos cuantos contratos de última hora. Mover todo su negocio había sido difícil, pero lo habría preferido antes de lidiar con su madre. Martha llegaba a llamarla hasta cinco veces al día. A veces por cosas tan insignificantes como que de qué color prefería el papel de su dormitorio o que se había comprado un sillón de masajes que estimulaba el contacto entre la madre y el bebe. Samantha le había dado acceso libre a sus móvil por si había algún problema con la mudanza. Pero si lo hubiera sabido, habría preferido perder todas sus cosas en la mudanza antes que tratar con ella.
- Oh, ha llegado una de tus cajas esta mañana. ¿Quieres que le diga a alguien que la coloque en tu habitación?
- No. Ya lo haré cuando vaya - respondió sin soltar el teléfono mientras que la otra mano se encargaba de firmar papeles como si fuera una máquina
- ¿Estás segura? Mira que tu habitación es un caos. Alex ya ha ordenado la suya. Aunque no ha traído más que una caja. No es muy hablador que digamos. Por cierto, ¿has revisado las muestras de pintura que te envié para la habitación de Lisa?
- Ah... eso... - Samantha rebusco entre sus papeles. No tenía la menor idea de dónde podía estar y no se iba a tomar la molestia en buscarlos - Cualquier color que elijas me parece bien - contesto tirando de una hoja arrugada que necesitaba archivar junto con la carpeta en la que estaba trabajando.
- ¡Pero no es lo mismo! - protesto su madre - Hay una diferencia entre el rosa palo y el rosa salmón. Piénsalo bien. Esa será la habitación de tu hermana, la que recuerde por el resto de su vida. Cuando ponga su primer poste y...
Samantha dejó el teléfono sobre la mesa. Giro el cuello de un lado para el otro. Y tomo aire repetidas veces cuando oyó que su madre había dejado de hablar volvió a coger el auricular.
- Mama, tengo que dejarte voy a entrar a una reunión.
- Pero el color...
- Rosa salmón. Es mi favorito - dijo antes de cortar.
Tiró el teléfono al sofá y se dejo caer al mullido asiento. Le había soltado el primer color que le vino a la cabeza. Pero es que estaba harta de tratar con su madre y eso que aún no había empezado a convivir juntas.
Dos días más tarde, seguía martirizándose por su estúpido orgullo que le había llevado a no contratar a nadie para colocar sus pertenencias. Había decidido emplear el único día libre de su agenda, el domingo, en colocar sus cosas. Dejo de lado el cojín con forma de corazón que no sabía aún donde colocar y levantó la vista:
- ¿Que quieres hacer qué?
- Una fiesta. ¿A que es una idea genial?
Su madre se abrió paso entre la montonera de cajas. Tomo asiento en una de las esquinas de su cama después de haber hecho hueco entre su ropa, la cual, como el resto de sus cosas, seguía esparcidas por su nueva habitación. Llevaba un cóctel en la mano y a pesar de estar en casa vestía como si fuera a una reunión social. Ella hacía solo dos días que había llegado a Nueva York y aún tenía que desembalar cientos y cientos de cajas. Se había puesto unos pantalones de chándal y una camiseta ancha. Y había comenzado con la ardua tarea. Ya se arrepentía de no haber llevado menos.
- Solo serán unos cuantos conocidos. La gente está deseando conocer al bebé. He pensado que podríamos hacerla esta noche, en el salón. Pediré que traigan más champán y...
- ¿Quieres que conozcan al bebé y planeas hacer una fiesta nocturna con alcohol? - pregunto interrumpiendo su monólogo.
- Bueno, el bebé es una excusa. No pensarás que voy a dejar a tu hermana en brazos de un montón de señoras. Cariño esa gente tiene la misma edad que yo. No quiere ver un bebe ni en pintura.
Samantha se guardó sus opiniones al respeto. ¿Qué clase de persona celebraba una fiesta en honor al recién llegado y se abstenía de presentarlo? En su infancia había a multitud de celebraciones estúpidas como esa en la que celebraba el fin de su soltería o la que conmemoraba la fertilidad de la madre naturaleza, pero esta se pasaba de absurdo.
Se calmo pensando que no era problema suyo. Se arreglaría como correspondía, representaría el papel de la familia feliz por unos diez minutos, dependiendo de lo que le durase la sonrisa y subiría a encerrarse en su cuarto. A ver si de una vez por todas terminaba con la mudanza. No había traído mucho. Sus libros preferidos. Documentos importantes que revisar. Alguna que otra foto y material de trabajo. Hasta que decidiera donde iba a trabajar, su cuarto sería su oficina.
Su madre había amueblado la habitación por ella. De ahí que tuviera más los gusto de ella que los suyos propios. Pero como solo pensaba quedarse una temporada, no le dio mayor importancia. Una cama grande con cortinas. Unas alfombra de pelo de un extravagante color verde pistacho y una mesita tocador con un gran espejo y provista de más maquillaje que el que usaba en un club de travestis. Las cortinas de gasa rosa que le daban un toque infantil y soñador a la habitación. Lo único que había olvidado era el armario para colocar su ropa.
- Mama, no es que no esté agradecida por todo lo que has hecho. Pero necesito un sitio donde meter toda mi ropa.
- Oh, pero que tonta soy - dijo soltando una risa sumamente falsa – Esta puerta da acceso a un pasillo vestidor que se comunica con el dormitorio de...
No tuvo que terminar la frase para entenderla. La puerta del dormitorio contiguo se abrió de par en par rebelando a la figura que menos apreciaba.
- Hola hermanita.
Alex se apoyó en el marco de la puerta con aspecto informal, si es que se podía decir infernal a alguien que vestía para un domingo un polo de marca y unos pantalones finos de algodón.
- Tiene que ser una broma.
Había conseguido esquivarle durante exactamente una semana y tres días. El tiempo que había tardado en solventar sus asuntos en Los Ángeles. En cambio apenas había conseguido sacárselo de sus pensamientos. La última vez que coincidió con él fue en la sala de maternidad. En ese momento, después de discutir con su madre en dos ocasiones y rendirse, una vez más, a su chantaje emocional, es cuando más vulnerable había estado. Y en lugar de restregárselo por la cara, él la había mirado como si comprendiera su situación. No quería su compasión. Ni muchísimo menos. No quería nada que tuviera que ver con él. Sin embargo, cuando sus ojos oscuros se clavaban en los de ella era como si algo automático explotará dentro. La inquietaba en un sentido que no estaba del todo segura su era bueno o malo.