Samantha corrió como si su vida dependiera de ello. Jamás cincuenta metros le habían parecido tanta distancia. Tenía que impedirlo. A todas luces. ¿Cómo había dejado que las cosas llegaran a ese punto? Las palabras de Alex resonaban en su cabeza una y otra vez. "Se van, se van... se van". Su madre no podía hacerle eso, no podía abandonarlo todo.
Llego al cuarto que ocupaba su madre y Ralph y no le sorprendió encontrarse con las malatas a medio llenar. Se apoyó en la puerta y pregunto.
- ¿Alguien puede explicarme de qué va esto?
- ¡Sammy, cariño! ¡Qué bueno que te despiertas! Tengo un notición que darte.
Samantha huyo del abrazo asfixiante de su madre.
- Ahórrate el esfuerzo. ¿¡Alguien me puede decir por qué Alexander acaba de inventarse una historia sobre que os vais de viaje!? – pregunto mirando a ambos expectantes en busca de una repuesta.
Ralph se adelanto.
- Verás, tu madre y yo hemos decidido salir de viaje por un mes.
- ¿¡Un mes!? ¿Y que se supone que vais a hacer un mes fuera, encargar más hijos?
- ¡Samantha, no seas impertinente con tu padre!
- ¡Él no es mi padre! – salto indignada.
- Son viajes de negocio.
- ¿¡Y qué!? ¿Cómo si te vas a visitar a la mismísima Reina de Inglaterra? No podéis iros...
Samantha quería dejarles claro que tenían una hija de la que ocuparse. Aunque intuía que lo sabían de sobra y no les importaba. De hecho, desde ayer mismo estaba convencida de cómo acabaría todo.
- Samantha – hablo Ralph tratando de mantener la calma – Creo que ya somos mayores para que nos digas lo que tenemos o no que hacer.
- ¿Ah, sí? ¡Pues no lo parece! Os comportáis como dos adolescentes. ¡Qué pasa con todo esto de venir a Nueva York y formar una familia! Renuncie a muchas cosas en Los Ángeles para que vosotros decidáis iros de pronto. Vine aquí para cuidar de ti, para darte apoyo moral en estos primeros meses, no para convertirme en su madre sustituta.
- ¡Solo será un mes! Volveremos tan pronoto como podamos.
Mes que se convertiría en dos, más tarde en seis y luego en años. Lilly solo reconocería a su madre a través de las portadas de revista.
- Y mientras tanto, pensáis dejarnos a vuestro hijo a cargo – dijo Alex interrumpiendo la discusión.
- ¿¡Qué!? – dijo Samantha.
Por la mirada de sus progenitores supuso que ellos no querían que se enterase de esa parte tan pronto.
- Entiéndelo Samantha. Lilly es un bebe. No puede viajar en crucero.
- ¿¡Un crucero!? – ya no sabía cómo ocultar su asombro - ¿¡Os vais a un crucero y mientras tanto queréis que Alex y yo nos quedemos aquí a cuidar de Elizabeth!?
Iba a quedarse sin voz de tanto gritar. Pero esta vez no iba a dejarse convencer. No dejaría que su madre se saliera con la suya. No podía ejercer el papel de madre durante un mes. No sabía cómo. Tenía una compañía que sacar adelante y para colmo su medio hermano o lo que fuera no iba a ponerle las cosas fáciles.
- ¿Alguien puede explicarme de que va todo?
- Yo te lo digo – dijo Alex acercándose a su progenitor – Mi padre – pronuncio sin ocultar el repelús que le producía la palabra - Ha propuesto matrimonio a tu querida madre y piensan pasarse un mes de crucero para celebrarlo.
- No es solo un viaje de placer. Hay negocios que tengo que tratar en Europa – se justifico Ralph.
- Por favor, solo estás buscando una excusa para escapar de aquí.
- ¿Vas a casarte? – le pregunto a su madre haciendo caso omiso del comentario de Alex - Y cuando pensabas decírmelo, ¿por qué no me sorprende? Siempre has hecho lo que ha te ha dado la gana, pero esto... me parece excesivo. Si quieres tirar tu vida por la borda hazlo, pero no cuentes conmigo.
- ¡Samantha, Samantha!
- No, déjala – intervino Ralph deteniendo a su prometida – Necesita tiempo para hacerse a la idea – luego alzó la vista a su hijo mayo - ¿Y tú? ¿Qué piensas hacer? ¿Te rindes?
- ¿Sabes? Creo que Samantha tiene razón. Haz lo que quieras con tu vida, pero no cuentes conmigo – le dijo a su padre sin ocultar su enfado.
Samantha había acudido al cuarto de su hermana recién nacida para refugiarse. Su madre había hecho muchas locuras a lo largo de su vida, pero sin duda esta se llevaba la palma. Una cosa es que hubiera tenido que hacerse a la idea de mudarse de una punta a otra punta del país. E incluso hacerse a la idea de que tenían un hermanita. Pero otra cosa muy distinta era ver como su madre se convertía en la mujer florero de un hombre. Podía entender la decisión de su madre de estar rodeada de hombres en su vida, pero jamás entendería que reemplazará a su hijo por ellos. Con ella jamás se había comportado de esa forma.
Eso era lo que le dolía. Ella había crecido sola, pero no había necesitado a su madre. Era lo suficientemente independiente para entender cómo funcionaban las cosas. Pero su hermana, Lilly solo contaba con unos meses de vida. Necesitaba a sus progenitores. No podía abandonarlo así por las buenas. Levantó la cabeza al sentir como llamaban a la puerta pidiendo permiso para entrar.
- Ya se van – anunció Alex con solemnidad - ¿Quieren ver si se atreven a dejar a Elizabeth aquí?
Samantha dio media vuelta ocultándole sus lágrimas de impotencia.
- ¿Ahora les preocupa con quién se quede su hijo? – soltó irónicamente.
- No tenemos porque seguirles el juego. Hacemos las maletas y nos vamos, igual que ellos.
- ¿Y entonces qué? ¿Qué pasará con Elizabeth? Vivirá toda su vida cambiando de niñera visitando países que ni siquiera recordará o terminará en un carísimo internado sin nadie que le visite.
- ¿Y qué pretendes hacer entonces? ¿Vas a quedarte aquí, esperando a que obre el milagro. A que alguno de nuestros padres se dé cuenta de lo que ha dejado atrás y vuelva para recuperarle. Eso no pasará. Mi padre siempre hace lo mismo. Jamás toman conciencia de lo que hacen. Cuando vayas a pedirle algo, te dará su cartera para compensar los años ausentes y seguirá como si nada. La gente como mi padre viven al margen de cualquier responsabilidad y atadura. Para ellos solo existen sus propios deseos.