Lazos de Sangre

Capitulo 2

Alex llegó al avión privado que le esperaba a la hora acordada. Ni un minutos antes, ni uno después. Hasta un hombre de negocios como él sabía de la importancia de una buena imagen. Por eso cuidaba mucho toda su apariencia, llegar puntual, combinar las camisas con las corbatas, llevar del brazo una mujer rubia y esbelta...

Aunque no le importaba llevar del brazo a ese bombón de pelo negro y ojos azul travieso. Samantha entraba dentro de la categoría de mujer preciosa. Pero jamás la llevaría del brazo. En primer lugar, y por más que le molestará reconocerlo, era lo suficientemente inteligente como para plantarle cara. En segundo lugar, no tenía sentido por las normas del decoro. Y en tercero, pero no por ello menos importante, le atraía demasiado. Lo cual siempre era un problema. Cada vez que se sentía atraído por una mujer, descuidaba otras facetas importantes de su vida.

Por eso había aprendido a mantenerse alejado de las relaciones. Y de los compromisos. Tenía amigas con las que podía disfrutar de una agradable noche en un yate o una escapada hacia algún lugar paradisiaco, pero jamás permitía que se quedaran a dormir en su apartamento. Ni mucho menos dejaría que alguna de ellas se hiciese ilusiones con convertirse en su compañera. En eso se parecía a su padre. Huía de cualquier vínculo porque sabía que una vez hecho, era difícil deshacerse de él.

Se volvió a su piloto y pregunto:

- Phillip, ¿todo listo?

- Cuando de la orden, señor.

- Aún me estoy arrepintiendo de esto.

- ¿No quiere ir a Nueva York? Un bebé siempre es motivo de alegría.

- Mira mi cara, ¿te parece la de alguien feliz? - su cara podría haber sido la misma que la de un funeral - Acabemos con esto cuanto antes. Presentaremos nuestros respetos y nos marcharemos de allí tan pronto como podamos.

Si es que podía. Porque si algo había dejado claro Samantha Norton era que no le tenía miedo. No era lo que cabía esperar. Esperaba encontrarse a alguien insulto y sin personalidad; en cambio se había topado con una felina a la que el combate no la intimidaba. Demasiado bien recordaba como se había acercado a él, con sus andares lentos y majestuosos acorralándolo, hasta que él no pudo hacer otra cosa más que fijarse en sus sensuales labios moviéndose con placer maquiavélico. Sí, vestía como una ejecutiva. Pero no como esas ejecutivas sosas de Londres o Nueva York, no ella tenía estilo. Su falda azulada combinaba perfectamente con su camisa de rayas, salvo por la inapreciable mancha. Su traje era discreto pero el vuelo de la falda y el alfiler en forma de muñeca que pendía del cuello de su camisa le daban un toque desenfadado. Tenía la piel bronceada, fruto del clima californiano. Iba ligeramente maquillada y llevaba el pelo suelto en pequeñas ondas y corto. De las orejas colgaban dos pendientes en forma de cerezas que terminaba por alegrar el conjunto. Pero había sido su boca la que había llamado la atención. Tenía los labios gruesos y anchos y sin duda no tenía reparos en soltar todo lo que se le pasaba por la cabeza. . Aunque sospechaba que había hecho más concesiones de las que pretendía para lograr que firmara el contrato. Una boca pecaminosa que no había dudado en soltarle la palabra orgasmo delante de un puñado de escrupulosos empresarios. Su valor y maestría había estado a punto de causarle una erección allí mismo.

Y había otra razón por la que no podía permitirse nada con ella. Era su hermana. O media hermana. O como lo quisiesen llamar. Algo en su profundo desconocimiento le decía que no estaba al tanto de la situación. Y eso, no solo era un punto a su favor, si no que iba a disfrutar de lo lindo descubriéndolo.

Después de un vuelo infernal de más de diez horas, en las que no había hecho otra cosa que revisar viejas ideas en busca de una nueva campaña para el anuncio de refrescos, bajó del avión. No llevaba más que una maleta pequeña. No pensaba quedarse mucho, aunque con su madre nunca se sabía. De caminó al hospital compró una cesta para recién nacido y se tomo una ensalada. Quiso decorarla personalmente para ver que se había tomado la molestia en elegirla, pero cuando intento escribir algo en la tarjeta de felicitación lo único que veía eran burbujas voladoras. El tráfico en Nueva York era caótico y tardó mucho más tiempo de lo que pensaba en llegar. Con su maleta en una mano y la cesta en la otra anduvo por toda la planta del hospital en busca de una enfermera que le pudiera ayudar. Subió a la planta de maternidad y caminó la habitación quinientos uno. Justo cuando llego a la puerta, su mundo se detuvo.

Definitivamente, alguien estaba empeñado en arruinar su día. O lo que quedará.

- ¿Qué haces tú aquí?

Aquellos ojos marrones vivaces se clavaron en ella con una furia inexpresiva.

- ¿Samantha? – oyó que le llamaba su madre desde el interior - ¿Eres tu cariño? Ven pasa.

Pero ella no podía dar ni un paso. Se había quedado atascada en la puerta. De repente lo vio todo. Ralph era Raphael. Y el extraño de mirada profunda con el que se había batido en el oeste no hacía ni de diez horas era su... ¿hermanastro?

- Dime que no es verdad. ¡Mama, dime que no es verdad!

- ¿Tu madre? ¿Esta señora es tu madre? - pregunto Alex con tono casual. Parecía inmensamente feliz con el reencuentro. Ahora entendía el porqué de su sonrisa cínica en su sala de reuniones.

- Alex tratará con más respeto – intervino el hasta entonces adorable ancianito ahora rico impostor.

- Si te calmas te lo explicaré...

- ¿¡Qué demonios me vas a explicar!? – Samantha soltó la cesta y la maleta al suelo. Ya no le importaba que aquel... ser humano la viera en su peor momento. Lo que no había conseguido un prepotente hombre de negocios lo conseguiría su madre, iba a acabar con ella - ¿Acabas de tener un hijo con poco menos de cincuenta años...?

- Tengo cuarenta y cuatro...

Samantha siguió hablando por encima de las correcciones de su madre.




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