Lucian
El teléfono sigue pegado a mi oído, pero del otro lado solo queda la señal cortada. La última frase de Siena flota en el ambiente con la contundencia de una sentencia irreversible:
«¡No quiero verte nunca más!».
No es el volumen con el que lo gritó lo que me desarticula, sino la frialdad con la que cerró la línea. Permanezco inmóvil en medio del salón de reuniones, manteniendo el teléfono junto a la oreja para evitar que los demás noten el temblor involuntario de mis manos. El tiempo parece haberse detenido en este segundo exacto, obligándome a procesar de golpe el peso real de haberla perdido.
A mi alrededor, la reunión continúa. Los ejecutivos repasan informes financieros, discuten proyecciones trimestrales y señalan gráficos sobre la pantalla interactiva. No escucho una mierda de nada. La voz de Siena resuena en mi cabeza con la fuerza de un eco sordo que eclipsa cualquier otra cosa.
—¿Lucian? —la voz de Gonzalo interrumpe la bruma. Me observa desde el extremo opuesto de la mesa de caoba con las cejas ligeramente fruncidas. Me conoce demasiado bien como para no notar que me acaban de desarmar por completo.
Intento articular una respuesta coherente, pero la garganta se me cierra. La atención se me fija en un punto cualquiera de la pared, incapaz de reconectar con el entorno.
—Disculpen —intervengo con un hilo de voz que apenas reconozco como mío—. Vamos a posponer esta presentación para la próxima semana.
Los directivos intercambian miradas de extrañeza. Algunos recogen sus carpetas en silencio; otros apenas disimulan la inconformidad. Nadie cuestiona la decisión. Nadie se atreve.
En cuanto la puerta se cierra y la sala queda desierta, me dejo caer en el sillón de piel. Apoyo los codos sobre las rodillas y hundo el rostro entre las manos. Me falta el aire. Las paredes de cristal de este edificio parecieran estrecharse hasta ahogarme, y no encuentro un solo argumento que alcance para justificar el desastre que acabo de provocar. Ella decidió alejarse, y la responsabilidad es enteramente mía.
Gonzalo camina despacio hacia mí, midiendo cada paso como si temiera romper el ambiente.
—¿Qué ocurrió? —indaga con tono directo.
—No es el momento.
—Perfecto. Llamo a Serena ahora mismo y dejo que me lo explique sin filtros.
Levanto la cabeza. En sus ojos no hay rastro de sarcasmo; solo una preocupación contenida.
—No la llames —admito, soltando un aire pesado.
Se sienta en la silla contigua, cruza los brazos y aguarda en silencio, otorgándome el espacio que necesito para hablar.
—Adquirí la propiedad de Creative Minds hace seis meses —comienzo, sintiendo que cada palabra pesa una tonelada—. Fue una operación financiera rápida. No revisé la plantilla de empleados ni los perfiles internos. No tenía idea de que Marcella trabajaba ahí.
—¿Marcella? —repite Gonzalo, pronunciando el nombre con franca aversión.
—Tuvimos un asunto breve antes de que cerrara el acuerdo del contrato con Siena. Nada relevante.
—Y Siena se enteró hoy.
—Siena me comentó que alguien en la agencia estaba apropiándose de sus propuestas visuales. Lo pasó por alto un par de veces, pero hoy presentaba el cierre de la campaña más importante del trimestre. Marcella presentó el proyecto completo como suyo.
—Y en medio del enfrentamiento, le soltó el historial contigo.
—Le restregó que fuimos amantes, que la empresa me pertenece y que Siena no era más que una pieza prescindible en mi tablero. Su padre debió mencionarle la compra de la agencia a Marcella esta misma semana.
—Y Siena asumió que se lo ocultaste deliberadamente.
—Porque así fue. Jamás se lo mencioné —me froto la cara con angustia—. Me llamó desde el ascensor, deshecha, exigiéndome explicaciones de por qué le oculté la verdad sobre la empresa y sobre Marcella.
—¿Y cuál fue tu respuesta?
—Le dije que eso pertenecía al pasado, que carecía de importancia y que resolviera sus asperezas profesionales con ella.
Gonzalo se cubre la cara con ambas manos y deja escapar un suspiro de absoluta incredulidad.
—Lucian... No puedes responder con esa frialdad a alguien que te está confrontando desde la herida y la traición.
—No supe cómo reaccionar en el momento.
—Eres un hombre adulto, por el amor de Dios. Tienes que saber leer a la mujer que tienes enfrente. ¿Cuál fue su última palabra?
—Dijo que no quería volver a verme. Nunca más.
Un silencio denso se instala en la sala. Solo se percibe el zumbido constante del sistema de climatización y el peso plomo de mi propia torpeza.
—Siento como si me hubieran arrancado una parte vital del pecho —confieso, manteniendo la vista clavada en el suelo—. No encuentro otra forma de describirlo. Es una opresión constante que no me deja respirar.
—Eso tiene un nombre muy sencillo, idiota —responde Gonzalo con una sonrisa amarga—. Se llama amor.