Siena
La noche me devora con la voracidad de una bestia hambrienta. No me sostiene entre sus brazos; me traga entera, masticando mis pedazos hasta dejarme reducida a un despojo sobre la cama. Pierdo la noción del tiempo. No sé cuántas horas llevo atrapada en esta espiral de sollozos, sofocada por una mezcla amarga de rabia y desesperación. El cuerpo me tiembla sin tregua, empapado en un sudor frío y pegajoso, mientras una marea abrasadora me consume desde las tripas. Es como si la traición no fuera un concepto abstracto, sino un veneno físico que ha decidido quemarme los huesos uno por uno.
Cuarenta grados. Escucho la cifra flotar en el aire como una sentencia. Serena lo murmura para sí misma, esforzándose por mantener esa compostura serena que utiliza cuando el mundo a su alrededor amenaza con desplomarse. Siento sus manos finas y templadas desplazarse sobre mi piel. Me aplica compresas húmedas en la frente, en los latidos acelerados del cuello y en las muñecas donde la sangre me martillea con fuerza. El ambiente se satura de un perfume denso a hierbas maceradas, lavanda fresca y menta silvestre. Es la atmósfera de su universo holístico, un plano espiritual que muchas veces me resulta ajeno o etéreo, pero que esta noche se convierte en el único ancla que evita que me hunda en el abismo.
—Respira, Siena —me pide con voz pausada, ajustando una toalla impregnada en agua fría sobre la parte alta de mi pecho—. Deja que fluya. El cuerpo solo está expulsando lo que la mente se niega a digerir.
—No quiero expulsarlo —consigo articular en un susurro áspero, sintiendo cómo las cuerdas vocales me queman—. Quiero borrarlo. Quiero amanecer sin recordar quién soy.
—Y para sanar no necesitas destruirte en el proceso —responde ella, mirándome con una paciencia inagotable.
—Sí necesito —insisto, apretando las sábanas con los puños cerrados hasta que las coyunturas se me ponen blancas—. Necesito sentir este fuego. Si no me duele hasta el aire que respiro, entonces todo lo que viví fue una mentira. Significaría que nada de esto existió.
Serena me observa en silencio. Sus ojos almendrados brillan a la luz tenue de la lámpara de noche, cargados de una compasión transparente, desprovista de cualquier juicio.
—La filosofía y el yoga que practico enseñan que el dolor es un mensajero, Siena, no una condena —dice suavemente, acomodándome un mechón de cabello pegado a las sienes—. Hay que escucharlo para entender qué viene a enseñarnos, no abrazarlo hasta que nos asfixie.
—Yo no practico yoga, Serena —protesto, dejando escapar un gemido ahogado por la frustración—. Yo creo. Creo historias, construyo conceptos, moldeo identidades visuales. Mis campañas no son simples borradores; son extensiones de mi alma. Y ahora me entero de que no poseo nada. Mi trabajo, mi esfuerzo, mi independencia... todo le pertenece a Lucian Cavendish. ¿Cómo voy a saber si realmente valgo por lo que hago si el techo bajo el que pensé me cobijaba profesionalmente lo compró él en secreto?
Ella esboza una sonrisa triste, aunque percibo la punzada de dolor que le causa verme reducida a este estado.
—Soy tu mejor amiga —responde con firmeza serena—. Conozco tu proceso creativo mejor que nadie. Sé cuánto de ti, dejas en cada proyecto. Eres brillante, Siena. La mejor en tu área, con o sin el apellido Cavendish rondando cerca.
Un temblor violento me recorre la columna. Trato de sonreír, pero el gesto se desmorona en una mueca de dolor antes de formarse.
—¿Y si no es así? —cierro los ojos con fuerza, apretando las pestañas para contener las lágrimas que me queman por dentro—. ¿Y si solo he llegado hasta aquí porque Lucian movió los hilos desde las sombras, tal como se encargó de recordarme Marcella?
—Entonces haremos un remedio a nuestra medida —dice Serena con un matiz leve de ironía para aliviar la pesadez del ambiente—. Un poco de infusión de manzanilla, una dosis generosa de sarcasmo y un escudo impenetrable de amor propio.
De mi garganta sale una risa débil, un hilo de sonido frágil que se disuelve de inmediato entre los temblores de la fiebre.
—Lucian me engañó —confieso en voz alta, pronunciando las palabras lentamente, como si al oírlas terminara de asimilar la magnitud de la grieta—. Me miró a los ojos día tras día y me hizo creer que estaba construyendo mi propio camino. Me hizo sentir orgullosa de mis logros, de mi libertad. Y todo este tiempo, cada hora de trabajo, cada victoria... le pertenecía a él. Yo solo era una empleada más en su imperio.
—Su falta de honestidad no elimina tu capacidad ni borra tu talento, Siena.
—¿Estás segura? —pregunto, abriendo los ojos para buscar los suyos—. ¿Y si Regina solo aprobaba mis proyectos para complacer al gran señor Cavendish? ¿Y si cada elogio, cada ascenso y cada aplauso no fueron más que una escenografía montada para mantenerme entretenida? ¿Y si toda mi carrera es una trampa de cristal?
—Siena, por favor. Eres excepcional —replica Serena, tomándome la mano con firmeza—. Tu talento es real. Lo he visto en la luz de tus ojos cuando plasmas una idea, lo sabe cualquiera que haya visto el impacto de tus campañas. Eso no se compra con dinero.
—Marcella me lo restregó en la cara —continuó, sintiendo cómo el despecho me retuerce el estómago—. Me dijo con todas sus letras que fue su amante. Que estuvo en su vida mucho antes que yo, que conoce rincones de él que a mí jamás me mostrará.
—Haber llegado antes no la hace mejor persona —interrumpe Serena con un tono más severo—. Solo la vuelve más ruidosa y desesperada por llamar la atención.
—¿Y si Lucian la colocó en Creative Minds para reafirmar su ego? —pregunto, sintiendo que la cabeza me va a estallar por la presión—. Para tenernos a todas bajo su dominio, coordinando su tablero de ajedrez particular mientras juega a ser el Dios indestructible de nuestras vidas.
—¿Y si no? —Serena se encoge ligeramente de hombros, manteniendo la calma—. ¿Y si simplemente cometió un error estúpido, movido por su propia incapacidad de confiar?