Miserable Matrimonio

CAPITULO 2

DOMINIC

Llegué por la mañana. El ascensor se abrió con un sonido suave. Salí con el traje negro desalineado. La corbata colgaba floja sobre mi cuello. Pasé la noche en el club. No sentía culpa.

El penthouse olía a rosas. Un olor empalagoso que me revolvió el estómago.

Ella estaba de pie junto al sillón de cuero. Vestía un vestido blanco con flores de colores pequeñas. Parecía una niña disfrazada de mujer. Su pelo negro caía sobre los hombros. Sus ojos verdes me miraron fijo. Las manos apretadas contra los costados. La mandíbula tensa.

Cerré la puerta. Dejé las llaves sobre la mesa de cristal. Ni la miré.

—Llegaste tarde —dijo.

Su voz sonó firme. Pero la escuché temblar al final. Quiso ocultar el reproche. No lo logró.

Caminé hacia el mini bar de la esquina. Serví whisky en un vaso corto. Un solo hielo. Bebí un trago largo sin apartar los ojos de la botella.

—No llegué tarde —respondí—. Simplemente no llegué.

Ella respiró hondo. Escuché el aire entrar y salir de sus pulmones. Luchaba por mantener la calma. Me dio igual.

—¿Por qué?

Suspiré. Dejé el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Me giré hacia ella. La miré de arriba abajo. Su vestido blanco, pies descalzos, uñas pintadas de rosa pálido.

—No hagamos esto más complicado de lo que es —dije—. Este matrimonio es solo una formalidad debes tenerlo claro. No esperes amor y cariño. No quiero escenas innecesarias.

Ella escucho sin pestañear. Pero sus manos se apretaron más. Los nudillos blancos.

—¿Entonces qué esperas de mí?

Me acerqué a ella. Pasos lentos y medidos. Me detuve a un paso de distancia. La invadí con mi sombra. Era más baja que yo. Tenía que levantar la barbilla para verme la cara.

—Espero que entiendas cómo funcionará esto —mi tono salió bajo, controlado, cada palabra con peso—. No me debes explicaciones. Yo no te las daré.

Esperé su reacción, espere enojo y lágrimas, que su voz se rompiera. Las mujeres siempre hacen eso. Me tienen harto.

Pero ella no hizo nada de eso.

—Perfecto. Está bien…

Sus labios finos en una línea recta. Sus ojos verdes brillaron con algo que no supe reconocer. Quizás estaba conteniendo su llanto.

Algo se torció dentro de mi pecho. Una sensación extraña. Como una aguja clavada entre las costillas.

Fruncí el ceño.

—¿Está bien? —pregunté confundido. Mi voz salió más aguda de lo que quería.

Ella inclinó la cabeza. Un gesto ligero. Despreocupado.

—Sí. No necesito explicaciones. No me interesan.

Su respuesta me golpeó en el estómago.

No me interesan.

Tres palabras. Dichas con suavidad pero irritantes.

Apreté la mandíbula. Sentí los músculos de mi cara tensarse. Mi mano derecha se cerró en un puño dentro del bolsillo del pantalón.

Un nudo de irritación creció en mi garganta.

—Me alegra que lo entiendas —dije seco.

Mi tono perdió la frialdad que quería mantener. Sonó casi defensivo.

Ella se mantuvo quieta. Sus ojos verdes no se apartaron de los míos. Por un segundo me sentí observado. Analizado.

No me gustó esa sensación.

……

AMELIA

Subí los escalones de la mansión Romanov con las piernas temblando. Toqué el timbre una vez. La puerta se abrió y entré sin esperar permiso. El servicio me miró con sorpresa.

—¿Dónde está mi padre? —pregunté.

—En su taller, señora —respondió la doncella.

Asentí. Mis pies descalzos apenas hicieron ruido sobre el mármol. Llevaba las sandalias en la mano. Me las había quitado en el coche para sentir algo de control. No funcionó.

Llegué al taller. La puerta estaba entreabierta. Lo vi de espaldas. Su mano derecha agarraba la esquina del mueble de roble con los nudillos blancos. Su espalda se curvó hacia adelante. Su rostro estaba contraído. No me escuchó.

Me quedé quieta en el umbral. Mi corazón golpeaba contra las costillas. Tragué saliva. Di un paso adelante. Mis pies rozaron el suelo. Un crujido.

Él giró.

Su cara cambió en un segundo. La contracción desapareció. Los hombros se enderezaron. La sonrisa apareció como un escudo.

—Hija —saludó—. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

Su voz sonó normal. Tranquila. Como si no estuviera a punto de doblarse del dolor hacía dos segundos.

—Acabo de llegar —mentí.

Él se acercó a mí. Sus brazos me rodearon. Me apretó contra su pecho. Olía a pintura al óleo y a tabaco dulce. El mismo olor de toda mi infancia.

—Ya te extrañaba —comentó—. Apenas pasaste una noche fuera de estas paredes y te extraño como si hubiera pasado un año.

Cerré los ojos. Apoyé la mejilla en su pecho.

—Yo también te extrañé.

Una opresión creció en mi garganta. Mi padre estaba enfermo. Él me había dicho que se curó. Me lo dijo mirándome a los ojos sonriendo. Me lo dijo el día antes de aceptar mi petición de casarme con Dominic cuando llegaron los resultados de sus análisis.

Mentía.

Se separó de mí. Sus manos quedaron en mis hombros. Me miró de arriba abajo como si comprobara que seguía entera.

—¿Qué tal el primer día de casada?

Abrí la boca. Las palabras se amontonaron en mi lengua. Me equivoqué. Fue un error. Él no me quiere. Pasó la noche fuera. Me dejó sola.

Pero mi padre sonrió. Sus ojos tenían un brillo tranquilo.

—Supongo que eres la mujer más feliz del mundo entero —afirmó—. ¿Verdad?

Usó mi frase. La misma que yo le repetí durante semanas para convencerlo de que aceptara el matrimonio. Soy feliz, papá. Es el hombre que quiero. Vamos a formar una familia hermosa y seré la mujer más feliz del mundo.

Bajé la cabeza. Mis mejillas ardieron de vergüenza.

—Sí —contesté.

Él suspiró. Un suspiro largo. De alivio.

—Si te soy sincero —continuó—, me siento tranquilo ahora al saberte casada. Con el hombre que tú elegiste. El día que ya no esté aquí para ti, me iré muy feliz sabiendo que tienes a alguien que cuide de ti. Al principio no estuve muy convencido, lo sé. Pero ahora sé que fue la mejor decisión que tomaste. Ya no me preocupo y puedo estar tranquilo.




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