DOMINIC
Estaba acostado en mi cama, en mi habitación, sin moverme. No pasaron más de cinco minutos cuando la puerta se abrió suavemente y la empleada entró sin hacer ruido. Se detuvo en el umbral y habló en tono bajo.
—Señor desea algo mas.
— Que no me molesten —dije con voz seca.
La empleada asintió y salió. Cerró la puerta tras de sí.
Cerré los ojos de nuevo. Quería silencio y paz, no pasó ni un minuto y escuché el pomo girar y la puerta abrirse. Ese sonido fue molesto. Muy molesto.
Sin mirar, hablé con tono cortante.
—¿Qué parte de que no me molesten no entendiste?
Nadie respondió. El silencio se alargó.
—Vete. Cierra la puerta —ordené.
Seguía sin recibir respuesta. Abrí los ojos de golpe y me giré dispuesto a despedir a la impertinente de la empleada. Ahí estaba ella. Amelia con sus ojos verdes fijos en mí.
—Ha eres tú. ¿Qué quieres?
—Esta también es mi habitación ¿ recuerdas? —respondió ella con sarcasmo— estamos casados por si se te olvida .
Al escuchar esas palabras, me incorporé de golpe y me puse de pie. La miré con dureza.
—Estaremos casados, pero a mí no me interesa este matrimonio espero que tampoco olvides eso. No esperes nada de mí.
Ella no se movió. No bajó la mirada.
—¿Y no me vas a preguntar a dónde fui? —dijo.
Me reí con sequedad.
—No me importa en lo más mínimo lo que hagas ni adónde vayas. Haz lo que quieras. No me incumbe.
Amelia asintió lentamente. Su expresión no cambió.
—Bueno. Si a ti no te importo, tú tampoco me importas —dijo encogiéndose de hombros , su expresión cambio lo noté.
Se dio la vuelta y salió de la habitación. Cerró la puerta con fuerza. El golpe resonó en toda la habitación.
Me quedé solo. Miré la puerta cerrada.
—No me importa —dije en voz alta—. Que haga lo que quiera.
Todas las mujeres son así de irritantes o solo ella .
Mi mal humor había vuelto, me puse el saco y salí de la habitación. Caminé por el pasillo, bajé las escaleras y salí del penthouse. El nuevo chofer me esperaba en la entrada. Subí al coche y le di la dirección de la empresa.
Llegué al edificio de oficinas. Subí directamente a mi despacho. No me senté, recorrí la habitación de un lado a otro. La rabia no se me iba. En ese momento entró Sergei. Se detuvo en el umbral y me miró.
—¿Qué te pasa? —preguntó—. Te veo enojado. Más de lo normal a decir verdad.
—No pasa nada —respondí sin mirarlo—. Solo estoy estresado. Todo este asunto de sacar a flote la imagen de la empresa es estresante.
Sergei cerró la puerta y se acercó.
—No es solo estrés de la empresa. Te conozco. ¿Es por ella?
Me detuve frente a la ventana. Miré la ciudad allá abajo.
—No hablemos de eso. No vale la pena. Mejor vamos a un bar. Necesito distraerme. Quiero divertirme y olvidarme de todo esto un rato.
Sergei asintió.
—De acuerdo. Conozco un lugar no te defraudará.
Salimos de la empresa. El coche nos llevó hasta el distrito más exclusivo de la ciudad. Entramos al local. Era amplio, con luces tenues y música suave de fondo. El lugar estaba lleno de gente importante. Nos llevaron directamente al área VIP, la más lujosa del sitio. Estaba apartada del resto, con sillones grandes y cómodos. Pedimos las bebidas.
Brindamos. Chocamos las copas. Bebí de un trago largo.
—Oye cálmate, no tan rápido —dijo Sergei, observándome—. Nunca te he visto de esta forma.
—Estoy harto —respondí con sinceridad—. Cansado. Todo esto no es lo mío. El matrimonio, las deudas. Y, más aún, no soporto a Amelia. Cada vez que la veo, me acuerdo de por qué estoy ahí.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó él.
—No tengo de otra , al menos debo aguantarla un par de años antes de divorciarme. Esto no puede durar.
—Su padre va a ser una piedra en tus zapatos .
—No hablemos de eso ahora —corté—. No hablemos de ella, ni de la empresa, esta noche nos divertiremos en grande. Olvida todo lo demás.
Sergei sonrió y alzó su copa.
—Por eso estoy aquí. Brindemos.
Pasaron un par de horas. Bebí más de la cuenta. La cabeza me pesaba un poco, pero me sentía más libre. Más ligero. Dejé el vaso sobre la mesa y miré a Sergei.
—Pásame tu teléfono —dije.
—¿Para qué? ¿Dónde está el tuyo?
—No lo recuerdo. No sé dónde lo dejé. Pásamelo.
Me lo entregó sin más, tecleé el número de Irina. Lo marqué y no contestó. Volví a marcar. Esta vez sí.
—¿Quién habla? —preguntó con curiosidad y diversión.
—Habla Dominic —dije.
—Ho Dominic cariño ¿Empezaste a extrañarme?
—Ven al bar. Te mando la ubicación ahora mismo.
—¿Ah, sí? ¿Me estás invitando? —dijo con tono burlón—. De acuerdo. Llego en veinte minutos.
Le envié la dirección y colgué. Devolví el teléfono a Sergei. Él no dijo nada. Solo tomó su copa y la alzó hacia mí.
—Brindemos —dijo—. Porque esta noche la pasemos en grande.
Chocamos las copas de nuevo. Bebimos. Seguimos hablando de cualquier cosa: negocios, autos, viajes. Nada de lo que me pesaba por dentro.
Pasó media hora. La puerta del área VIP se abrió. Irina entró. Caminó hacia nosotros con paso lento y seguro. Sonreía. Sus ojos brillaban. Se detuvo frente a mí y me miró de arriba abajo.
…..
AMELIA
Caminé muy molesta por él estrecho espacio de la habitación de invitados por el cruze de palabras que tuvimos con Dominic . Mis tacones golpeaban el suelo con fuerza, produciendo un sonido seco y rítmico que se propagaba por todo el pasillo y rebotaba en las paredes amplias de la escalera, provocando un eco que parecía seguirme paso a paso. Bajé despacio, sin dejar de revivir cada palabra que él me había dicho, y no podía dejar de preguntarme por qué era de esa forma, por qué se comportaba tan frío y distante si nunca le hice nada, no encontraba una respuesta, y esa incertidumbre me pesaba tanto como su rechazo. ¿Realmente era tan difícil amarme?, quizás si lo era.