Miserable Matrimonio

CAPITULO 5

AMELIA

Me quedé despierta mirando el reloj sobre la mesa de noche. Ya eran las doce de la medianoche y la casa estaba en un silencio tan profundo que hasta el menor sonido se escuchaba con claridad. No quería admitirlo, pero me preocupaba por Dominic. Se había perdido toda la tarde y no había dado ninguna señal. Me preguntaba dónde se encontraría y si le habría pasado algo. La inquietud no me dejaba descansar. Me levanté de la cama, tomé el teléfono y busqué su nombre en la lista de contactos. Lo marqué. El teléfono sonó una y otra vez, pero no contestó. Volví a insistir, llamé de nuevo y tampoco hubo respuesta. Dejé el aparato sobre la mesa con el corazón apretado.

En ese momento escuché el sonido estruendoso de algo cayéndose abajo. Me puse de pie de inmediato, me calcé unas sandalias y salí de la habitación. Caminé despacio por el pasillo, con curiosidad, pero también con la esperanza de que fuera él. Ya me había preocupado lo suficiente. Bajé las escaleras con cuidado, temía que, al verlo, comenzáramos otra discusión. Al llegar abajo, no vi a nadie. Recorrí la sala con la mirada, pero no había nadie. Me acerqué a la puerta que estaba entreabierta. Cerré la puerta con suavidad y, al darme la vuelta, lo vi. Dominic estaba recostado en el sofá de la sala con un brazo sobre su rostro

Me acerqué a él despacio.

—¿Dónde estabas? —le pregunté.

No respondió. Le di un empujón suave con la mano . Seguía sin reaccionar. Lo llamé de nuevo y tampoco hubo respuesta. Su mano cayo y pude mirar su rostro ,entonces comprendí lo que pasaba. Tenía la mirada perdida y el cuerpo pesado. Estaba ebrio, se reincorporo apenas sosteniéndose , pasé su brazo alrededor de mi cuello para sostenerlo bien y lo ayudé a ponerse de pie. Caminamos juntos hacia la habitación, él apoyado en mí, avanzando con dificultad. Al llegar a la puerta, me miró y habló lentamente.

—¿Por qué te preocupas tanto por mí?

Lo miré a los ojos y le respondí con sinceridad.

—¿Cómo no voy a preocuparme? Tú eres mi esposo.

Al escuchar eso, me abrazó con fuerza, como si en ese instante necesitara tenerme cerca. Yo también lo abracé, aunque sabía que lo hacía bajo los efectos del alcohol. Nos quedamos así, abrazados, durante un minuto entero, sin decir nada más. Poco a poco, su cuerpo se relajó y se quedó dormido sosteniéndome. Lo recosté suavemente sobre la cama y lo cubrí con una sábana blanca para que descansara.

En ese momento, el teléfono sonó. Me acerqué a la mesa y lo tomé. Miré la pantalla y vi que era Cedric. Contesté.

—Cedric.

— Lia. ¿Tienes un momento ahora? —preguntó él con tono amable.

—¿Para qué? —le pregunté.

—Quiero invitarte a un lugar muy especial.

Miré hacia la ventana y vi la oscuridad de la noche.

—Pero es muy tarde —respondí.

—Esta hora es la indicada para lo que tengo planeado. Te gustará, te lo aseguro.

Lo pensé un instante y acepté.

—Está bien. Me arreglo y bajo.

—Llego en diez minutos —dijo él antes de colgar.

Me cambié de ropa rápidamente y me puse un abrigo negro y suave que me llegaba hasta las rodillas. Revisé a Dominic antes de salir, lo cubrí bien con la sábana y salí de la habitación caminando despacio para no despertarlo. Bajé las escaleras sin hacer ruido . Ahí fuera, esperándome junto a su coche, estaba Cedric. Me acerqué y lo saludé. Él me abrió la puerta del asiento delantero y me ayudó a subir. Cuando estuve dentro, le pregunté adónde íbamos.

—Es una sorpresa —respondió con una sonrisa—. Cuando llegues, vas a saberlo y te encantará.

No pude ocultar mi curiosidad y le pregunté de nuevo, pero él me repitió que era una sorpresa. El coche avanzó por las calles iluminadas y, después de un rato, nos detuvimos frente a un edificio muy alto y lujoso. Sus fachadas brillaban con luces de tonos dorados y plateados que se veían hermosas en la oscuridad de la noche.

—Ahí arriba está la sorpresa —dijo, señalando la cima.

Entramos al edificio y subimos en un ascensor de paredes de vidrio transparente. Desde ahí se veía toda la ciudad extendida abajo, con sus calles iluminadas y sus edificios de diferentes alturas. Era una vista tan hermosa que no podía dejar de mirar. Durante el trayecto, Cedric me preguntó por mi padre.

—Está bien —le dije—. Mañana voy a ir a verlo.

—Si quieres, te llevo ahora mismo —propuso él—. Podemos ir a su casa desde aquí no se encuentra muy lejos.

—Me gustaría mucho —respondí feliz—. Tengo muchas ganas de verlo.

Cedric sonrió y asintió. El ascensor se detuvo en el último piso. Salimos a una terraza amplia y abierta al cielo. Cedric me pidió que cerrara los ojos y me tomó de la mano para guiarme unos pasos hacia adelante. Cuando me dijo que los abriera, apartó sus manos y dijo:

—Sorpresa.

Me quedé sin palabras. Era un mirador equipado con dos grandes telescopios colocados frente a una barandilla, desde donde se podía contemplar el cielo despejado. Estaba rodeado de luces tenues y el aire se sentía limpio y fresco.

—¿Te gusta? —preguntó él.

—Es maravilloso —respondí emocionada.

—Tiene que ser a esta hora —explicó—. En unos minutos empieza una lluvia de estrellas.

Nos acercamos a los telescopios, uno junto al otro, y nos sentamos. Cedric miró su reloj y me dijo que faltaban pocos minutos. En silencio, esperamos mirando hacia arriba. De pronto, empezó. Hilos de luz dorada cruzaron el cielo uno tras otro, cayendo como gotas brillantes que se deslizaban por la oscuridad. Era tan hermoso que no podía apartar la mirada. Permanecimos así hasta que la lluvia terminó.

—Vamos, te llevo —dijo Cedric cuando todo terminó.

El coche nos llevó hasta la casa de mi padre. Al llegar a la entrada, me detuve y lo abracé con gratitud.

—Gracias por llevarme a un lugar tan hermoso —le dije.

—Fue un placer compartirlo contigo Lia —respondió él antes de despedirse y dejarme un beso en la frente.




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