AMELIA
Mi padre, con esa agudeza que nunca lo abandonaba a pesar de su enfermedad, notó al instante que algo no andaba bien con Irina. Su postura se había vuelto rígida, sus ojos estaban muy abiertos y fijos en mí, dispuesta a despedazarme .
—¿Qué te pasa, hija? —le preguntó mi padre con tono suave, inclinando ligeramente la cabeza hacia ella, sincero y preocupado.
Irina parpadeó, como si de pronto se diera cuenta de que la estaban observando. No sabía qué responder. Por supuesto, no podía decir lo que acababa de ocurrir entre nosotras . Así que, en un instante, su expresión se transformó por completo: se pasó una mano por los ojos, como si estuviera limpiándose una lágrima, soltó un suspiro profundo y fingido, y dibujó en su rostro una sonrisa dulce que no llegó en absoluto a iluminar sus ojos fríos.
—No pasa nada, tío... En verdad, no pasa nada —dijo con voz melosa—. Solo que... me conmovió mucho ver lo buena persona que es Amelia. Su bondad siempre me llega al corazón.
Camufló con tanta naturalidad todo el odio y el rencor que sentía hacia mí que, de no conocerla tan bien, habría caído en su trampa. En ese momento quise decirle a mi padre toda la verdad: contarle cómo me miraba, cómo me había insultado, cómo me envidiaba hasta el punto de no poder soportar que yo fuera feliz. Pero me callé. Me quedé allí de pie sosteniendo mi propia sonrisa. Ya le había dicho sus verdades a Irina y eso había sido suficiente para dejarla sin argumentos. Yo me sentía victoriosa y no le daría a mi padre un motivo para entristecerse.
Mi padre soltó una sonrisa tranquila y puso una mano sobre el hombro de mi prima.
—Me alegra mucho escuchar eso —dijo con calidez—. Me agrada enormemente que se lleven de esa forma, como debe ser entre familia.
Sentí una punzada de frustración que me apretó el pecho. Él creía sinceramente que mi prima era una mujer bondadosa y sincera. No tenía ni la más remota idea de que Irina era mentirosa, calculadora y malvada.
—Bueno, ya que estamos aquí reunidos y el día es tan hermoso —propuso mi padre, mirándonos con ojos brillantes—, ¿qué les parece si vamos al patio a tomar un café? Tengo unos granos recién traídos que quiero que prueben.
—Me parece una idea maravillosa, tío —respondió Irina sin el menor rastro de vergüenza, enderezándose y acomodándose el cabello—. Me encanta pasar tiempo con mi familia, y más aún con Amelia. Siempre es un placer estar con ella.
Esas palabras, tan dulces y tan cargadas de hipocresía, me hicieron apretar los puños con tanta fuerza que mis nudillos se blanquearon y mis uñas se clavaron profundamente en las palmas de mis manos. Quería gritarle que dejara de mentir, que dejara de fingir lo que no sentía. Pero me contuve con todas mis fuerzas.
No, no le daría ese gusto.
Seguiría el juego, aunque me costara mantener la calma.
Caminamos hacia el patio, cruzando el amplio pasillo y al salir, el aire fresco de la tarde me recibió con suavidad, llevando consigo el aroma de las rosas y el jazmín que crecían en los parterres cuidados con esmero.
Una vez que nos acomodamos, con la taza de café que trajo la servidumbre , humeante entre mis manos, Irina comenzó a hablar con una suavidad que sonaba a veneno.
—Te admiro mucho, Amelia —dijo, mirándome fijamente con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Eres tan valiente... Casarte sin amor, yo no tendría el valor de hacer algo así. Es una verdadera lástima, pero eres muy valiente.
Esas palabras cayeron sobre mí como hielo. Me enojé aún más de lo que ya estaba, sintiendo cómo la sangre me subía a las mejillas, pero antes de que pudiera responder, vi que el rostro de mi padre cambiaba por completo. Su sonrisa se desvaneció, frunció el ceño y me miró con una expresión de profunda confusión y preocupación.
—¿Sin amor? —repitió con voz baja y llena de dudas—. ¿De que habla, Amelia?
Tuve que intervenir de inmediato.
—Estás equivocada, prima —le dije, sosteniéndole la mirada sin apartarla ni un instante—. Mi matrimonio es lo mejor que me ha pasado en la vida. Está lleno de amor y de todo lo que siempre soñé. No digas eso, por favor. Dominic y yo somos los más felices.
En el momento en que pronuncié esas palabras, la expresión de mi padre se transformó de nuevo, iluminándose por completo. Una sonrisa genuina, tranquila y feliz volvió a sus labios, y pareció que hasta su postura se enderezaba con alivio.
—Me alegra tanto escuchar eso, hija —dijo con voz cálida—. Saberte feliz es lo único que necesito para serlo yo también.
Miré de reojo a Irina. Se mordió con fuerza esos labios rojos y brillantes que tanto le gustaba lucir, y sus ojos se llenaron de rabia .
De pronto, se levantó de golpe, incapaz de seguir fingiendo un segundo más.
—Discúlpenme, pero tengo que irme —dijo, casi sin mirarnos, con la voz tensa y seca—. Se me ha hecho tarde.
—Está bien, hija, no te preocupes —le dijo mi padre con amabilidad, sin notar nada extraño—. Cuídate mucho.
Ella se marchó sin despedirse como correspondía, sin una palabra más, y el sonido de sus tacones golpeando el suelo de mármol se escuchó fuerte, rítmico y furioso, perdiéndose lentamente en la distancia hasta desaparecer por completo.
Yo me quedé sentada, sintiéndome victoriosa.
Mi padre se giró hacia mí, apoyando el codo sobre la mesa y sosteniendo su taza con ambas manos.
—¿Y cómo te trata Dominic? —preguntó con suavidad, como si temiera la respuesta.
—Me trata con mucho cariño, papá —respondí, y cada palabra pesó en mi lengua—. Resultó ser un esposo muy atento .
Tanto que me dejó claro que no seríamos un matrimonio normal me dije con sarcasmo.
Mi padre se sintió aliviado. Sonrió con esa tranquilidad que tanto deseaba ver en mí y mi corazón se apretó con fuerza. No podía decirle la verdad. No podía romper su paz ahora, cuando él estaba enfermo y trataba de ocultármelo con todas sus fuerzas.