El eco de las botas del príncipe Arkigum contra la piedra milenaria de Tiemkush resonaba con la pesadez de una verdad ineludible.
Tras cruzar el gran pórtico, donde la frustración de la tropa amenazaba con calar hondo, el liderazgo de Arkigum había rescatado el honor de los suyos antes de encaminarse a la Plaza Mayor.
Ahora, en la fría intimidad del despacho real, el rey Kullum aguardaba. Su intuición sombría ya le advertía que las brumas del norte no habían cedido sus secretos con facilidad.
—Hemos recorrido el territorio pantanoso —informó Arkigum, con la mirada endurecida por la experiencia—. La espesura no era solo lodo; estaba viva. Fuimos cercados por criaturas demoníacas, sombras nacidas de la podredumbre que ponían a prueba cada nervio de la columna. Y aun así, mantuvimos la formación, sin una sola baja.
El príncipe hizo una pausa, recordando la silueta imponente que se había materializado tras el lúgubre tañido de la campana.
—Pero lo verdaderamente revelador no fueron las alimañas, sino aquello que las gobierna —continuó Arkigum—. Hicimos contacto con un reino al que llaman Palasor. Su capitán, un guerrero implacable llamado Kratus, nos impuso un alto en el camino.
El rey Kullum guardó silencio, permitiendo que las palabras terminaran de cobrar forma en la penumbra de la sala.
Arkigum profundizó en la descripción del encuentro, detallando cómo aquel territorio norteño compartía con Tiemkush una misma afinidad por las sombras, pero con un matiz radicalmente distinto:
—No es solo un páramo hostil, majestad. Palasor respira una oscuridad tan profunda y calculada como la nuestra, pero armada hasta los dientes.
La bruma permanente, los pantanos impenetrables y las legiones de demonios bajo el mando de su soberano, el rey Polorius, configuran un perfil de intimidación absoluta. Kratus nos lanzó una advertencia tajante: debíamos retroceder.
Su misma presencia exuda una autoridad tenebroso y desafiante que dejó en claro que no tolerarán intrusos en sus dominios.
Kullum escuchó cada detalle, procesando la magnitud de la revelación. La penumbra del despacho pareció volverse más densa mientras el monarca valoraba el alcance de la noticia.
—No estamos solos en este mundo —reflexionó Kullum, con una mezcla de cautela y fascinación en la voz—. Esa oscuridad que describes, ese dominio donde los pantanos, la bruma y los demonios se entrelazan bajo un poder organizado, nos demuestra que hay un imperio tenebroso agazapado en el norte.
El rey apoyó ambas manos sobre la mesa de piedra, zanjando la cuestión con la visión estratégica que exigía la corona de Tiemkush:
—Haber regresado sin bajas es una victoria en sí misma. Sabemos que el territorio del norte le pertenece a una fuerza tan sombrora y temible como la nuestra, liderada por un poder oculto entre los manglares. Dejemos que el tiempo madure esta verdad, que el silencio nos guarde y que la paciencia nos sugiera cuándo y cómo volver a desafiar los dominios de Palasor.
La Sombra de Palasor
En el extremo noroeste del continente se extiende el territorio más sombrío, un dominio perpetuualmente cubierto por brumas densas y cielos plomizos.
El clima es opresivo, con lluvias constantes que transforman la tierra en un mosaico de ciénagas y manglares.
El aire húmedo arrastra el olor penetrante del barro y la vegetación en descomposición, mientras insectos zumban en enjambres interminables sobre las aguas estancadas.
En este escenario inhóspito se levantó el reino de los pantanos, cargado de misticismo y habitado por seres extraños: que recorren cada sendero oculto, hasta criaturas de índole demoníaca que emergen de las profundidades.
A pesar de ello, una civilización entera se ha adaptado y convive con naturalidad en este ecosistema hostil, como si la penumbra fuese parte inseparable de su identidad.
El rey Polorius y la reina Asteris portan la corona de Palasor.
Sus hijos, el príncipe heredero Adinius y la princesa Beleris, representan el futuro de una dinastía marcada por la oscuridad y el ocultismo.
En el Palacio Real, donde se reúnen consejeros y asesores, se erige el imponente Salón de los Patíbulos, un recinto de piedra húmeda y antorchas perpetuas, donde se dicta la doctrina que rige el reino.
Polorius gobierna con mano férrea, imponiendo su autoridad sin contemplaciones. Sin embargo, no todo es sombra en Palasor: entre los pantanos se alzan viñedos insólitos, cultivados gracias a un visionario que logró convencer al rey de su utilidad.
El vino que allí se produce se ha convertido en símbolo de prosperidad y resistencia, un contraste inesperado frente a la decadencia del entorno.
Mitos vivientes y leyendas circulan entre los habitantes: relatos de espectros que vagan por los manglares, de criaturas que acechan en la bruma, y de pactos antiguos que sellaron la unión entre la dinastía y la oscuridad.
En Palasor, el gris domina sobre todo, y cada rincón del reino parece recordar que la penumbra es su verdadera esencia.
Donde la bruma ahoga la luz y el fango sepulta la esperanza, los reyes no gobiernan solo sobre la carne, sino sobre el abismo.
Donde la bruma ahoga la luz y el fango sepulta la esperanza, los reyes no gobiernan solo sobre la carne, sino sobre el abismo.
Porque en Palasor, el poder absoluto no se hereda con la corona; se arranca de las profundidades de Abadón, y el precio de doblar voluntades ajenas siempre se paga con sangre: sin preferencias, sin distinciones y desconociendo la piedad.
Editado: 01.10.2026