Omnia El Origen "Versión Unificada"

12. La Fosa de Arbeno

Los débiles rayos del sol que la bruma permitía filtrar anunciaban el inicio del día, marcando el momento menos esperado por la monarquía y el más aguardado por el implacable rey Polorius.

El sumo sacerdote Demerius se acercó a paso firme y le informó:

—Su Majestad, los preparativos para la ceremonia de invocación han finalizado. Todo está a disposición para cuando usted lo requiera.

—Comencemos de inmediato —respondió Polorius con una sonrisa fría—. Es una gran noticia y una manera airosa de empezar el día.

De inmediato, el rey convocó al gran maestre y le dio una orden estricta:

—Comunícale a todos los miembros allegados a la corona que deben concurrir a la fosa de Arbeno. Allí rendiremos culto a Abadón.

—De inmediato, como usted ordene, Su Majestad.

—Tienes hasta el mediodía para que todos estén presentes. Sin excepción.

Minutos más tarde, llegaron el príncipe heredero y su hijo, el joven Harpegius. El rey los recibió con falsas muestras de afecto y les soltó el decreto:

—Al mediodía comienza el culto en la fosa. Deben asistir sin falta.

—Ahí estaremos presenciando la ceremonia en reverencia a nuestro dios Abadón —contestó el muchacho con inocencia.

Al mediodía, la fosa se había transformado en un tétrico anfiteatro. Todos los cortesanos y oradores ocupaban sus respectivos lugares en los bordes elevados del cráter. En el fondo, junto al altar y con las fauces abiertas del Vórtice de Gehena a sus espaldas, se ubicó el círculo íntimo: el rey Polorius, la reina Asteris, el príncipe heredero, la princesa Beleris, el hermano de la reina, el joven Harpegius y el sumo sacerdote Demerius, quien dio inicio a los cánticos.

La tierra tembló. El aire se volvió irrespirable y el fuego de las antorchas se tornó de un azul enfermizo. Abadón manifestó su presencia, dejando en evidencia el furor y el desprecio que le provocaba aquella osada convocatoria.

Un eco atronador, hecho de lamentos y rocas crujiendo, retumbó en la mente de todos los presentes como respuesta al petitorio del rey:

—¿Os atrevéis a reclamar el poder de los dioses? —bramó la entidad desde las profundidades del abismo—. Estoy sediento. Quiero beber sangre; pero no aceptaré ofrendas viles... Exijo sangre real.

​La bruma de los pantanos parecía haberse detenido, atrapada por el peso asfixiante de la presencia de Abadón. En los bordes superiores de la fosa de Arbeno, el silencio entre los oradores y consejeros era absoluto; nadie se atrevía a respirar demasiado hondo.

​En el fondo del cráter, la luz de las antorchas agonizaba contra la negrura que exhalaba el Vórtice de Gehena. El cono de sombra proyectado por la entidad oscura seguía marcando con precisión implacable los pies del joven Harpegius. La elección del dios de las profundidades no dejaba lugar a dudas ni a segundas interpretaciones: el tributo exigido era el sobrino del rey, la sangre más inocente de la estirpe real.

​A pocos pasos de allí, el contraste en la familia real era desgarrador. El rey Polorius mantenía el rostro rígido, dividido entre el horror de perder a su familiar y la codicia febril que le prometía el poder absoluto de la posesión. Sin embargo, la ausencia más elocuente pesaba tanto como el abismo mismo: la reina Asteris no estaba allí. Su firme desacuerdo, manifestado en el portazo de la recámara y su intento fallido de frenar la locura de su esposo, la había llevado a apartarse por completo de la masacre, negándose a ser cómplice del precio que su dinastía estaba a punto de pagar. Tampoco figuraban aquellos cortesanos que, presintiendo la ruina, habían decidido esconderse en la penumbra del palacio antes de cruzar los umbrales de la fosa.

​El príncipe heredero, padre del muchacho, miraba a su hijo con los ojos anegados en lágrimas contenidas y los puños apretados hasta sangrar, paralizado por la impotencia ante la ley implacable de un monarca ciego de ambición y un dios sin piedad.

​Demerius, con la voz seca y el rostro tallado en piedra, dio un paso al frente y levantó la daga ceremonial, cuyo filo reflejaba la negrura del vórtice.

​—El abismo ha elegido —pronunció el sumo sacerdote, su voz resonando como una condena inevitable por las paredes del anfiteatro natural—. No hay clemencia, no hay vuelta atrás. Que se cumpla la voluntad de Abadón.

​Harpegius miró a su padre, luego al rey, y finalmente el abismo negro que se abría a sus espaldas. Comprendiendo que la resignación era su único refugio ante un destino sellado por la soberbia de otros, cerró los ojos y esperó a que el filo de la hoja cortara el aire.




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