Versiones y rumores recorrían los pasillos del castillo sin detenerse, llegando hasta lo más recóndito del reinado. La reina se encontraba en su aposento, asistida por el galeno; la preocupación y la suspicacia prevalecían, mientras el rey no hacía más que recorrer los jardines, invocando a la savia para que la salud de su soberana mejorara.
El galeno se acercó a Loverius, quien se quedó inmóvil como quien no quiere afrontar ni escuchar lo que el sabio estaba a punto de decir.
—Su majestad, noto su rostro consternado, pero no hay por qué preocuparse —le dijo el galeno, buscando calmar la tensión del monarca.
—¿Podría ser más concreto con su diagnóstico? —replicó el rey con urgencia.
—Por supuesto, su majestad. La reina goza de una salud admirable.
—¿Y a qué se debe su malestar? —preguntó el rey Loverius, frunciendo el ceño.
—Su majestad, soy mensajero de la obra y de la decisión que ha tomado la savia.
—Vuelvo a repetirle: ¿puede ser más concreto?
—Un heredero está en camino; la reina está embarazada.
La emoción y la felicidad invadieron por completo al rey, quien se dirigió raudamente hacia su recámara, donde la reina reposaba.
Al verlo ingresar, la reina Yisbelias se incorporó lentamente y ambos se fundieron en un abrazo rebosante de amor y devoción. Loverius se quedó sin palabras y con lágrimas recorriendo sus mejillas.
La reina le sonrió con ternura y le susurró:
—Su majestad, la savia me dio la bendición de ser la madre de su futuro heredero.
Loverius la abrazó con más fuerza, contemplando a través del ventanal las lejanas cumbres de Yarlorig. Sabía bien que, tras haber esquivado la extinción de las bestias y la furia del fuego, la sangre que ahora comenzaba a latir en el vientre de la reina era la garantía definitiva de que el reino y los cielos tendrían un mañana, aunque una oscura advertencia le recordaba que las grandes alianzas siempre atraen las pruebas más severas.
—¡Saberius! ¡Saberius, maldita sea, dónde te has metido! —exclamó el rey Loverius, recorriendo a grandes zancadas los pasillos de la ciudadela con una energía renovada.
—Su majestad, aquí estoy, a su entera disposición —respondió el anciano consejero, apareciendo con premura entre los arcos de piedra.
—Toma una pluma y un pergamino. Vas a redactar de inmediato el edicto real para anunciar las buenas nuevas a todo el continente —ordenó el monarca, con los ojos brillando de entusiasmo—. El rey Loverius y la reina Yisbelias anuncian a los ciudadanos del reino que el milagro se ha cumplido: vamos a ser padres. Y agradecemos a la savia por la bendición que le ha otorgado a nuestra estirpe. ¡Declaro tres jornadas festivas en honor a nuestro futuro heredero!
Saberius mojó la pluma, esbozando una sonrisa de profunda complicidad mientras la tinta comenzaba a correr sobre el papel.
—Inmediatamente haré el anuncio oficial en la plaza de la ciudadela, su majestad —afirmó el consejero con reverencia—. ¿Desea alguna disposición adicional para los festejos?
—Sí. Una vez hecho el pregón, encárgate de los preparativos para un banquete real. Convoca a los mejores músicos, bailarines y juglares de los valles. Haz llegar las invitaciones a los consejeros, a los maestres y a los jefes de todas las aldeas —sentenció Loverius, mirando hacia el horizonte donde el sol comenzaba a bañar de oro las cumbres de Yarlorig—. Y que en cada invitación se recuerde que este reino, que por poco sucumbe ante el fuego y la ceniza, hoy celebra la llegada de quien, en el futuro, portará el destino del fuego en sus manos.
Editado: 01.10.2026