Omnia El Origen "Versión Unificada"

13. Herencia del Mal

El aire en el fondo de la fosa de Arbeno se volvió irrespirable. La orden de Abadón era inapelable y el tiempo de los titubeos había terminado.

Siguiendo el riguroso protocolo del culto, el rey Polorius y el sumo sacerdote Demerius avanzaron juntos. Con pasos firmes y solemnes, ambos tomaron de las manos al joven Harpegius, flanqueándolo con una frialdad mecánica. El muchacho, con el rostro bañado en lágrimas y el cuerpo temblando por el terror de lo inevitable, apenas pudo oponer resistencia mientras lo conducían paso a paso hacia el borde mismo del Vórtice de Gehena.

Las fauces del abismo exhalaban un viento helado que mecía las túnicas de la comitiva. Al llegar a la orilla del pozo sin fondo, donde la negrura absoluta tragaba la escasa luz de las antorchas, el rey y el sacerdote soltaron sus manos. En medio de un silencio sepulcral que envolvía a todo el anfiteatro natural, el joven Harpegius, vencido por el vértigo y la resignación, se dejó caer hacia las profundidades de la oscuridad.

Horas más tarde, lejos del bullicio de la corte y de la tensión del cráter, el ritual exigía una última y enigmática preparación en los recovecos del templo.

El clero condujo al joven —o lo que quedaba de su espíritu en ese tránsito liminal— hacia una fría recámara de piedra iluminada por tenues braceros. Allí fue despojado de sus ropas mundanas y vestido con un atuendo simbólico, una túnica tejida con hilos oscuros y símbolos arcanos que marcaban su destino.

Demerius, con una expresión insondable en el rostro, se acercó al muchacho y posó una mano sobre su hombro, dirigiéndole unas palabras solemnes que buscaban mitigar el terror de su partida:

—Hijo mío, tu acto es de una valentía incalculable —susurró el sumo sacerdote con voz pausada y solemne—. A partir de hoy, no serás recordado como una víctima de la ambición, sino como el mártir supremo que partió para sentarse a la diestra del gran dios Abadón, quien te otorgará la inmortalidad eterna en su reino de sombras.

Con el transcurrir de los días, el desconcierto del rey Polorius se hacía más profundo. A cada instante solicitaba la presencia del sumo sacerdote, demandándole respuestas y exigiendo que se le hiciera entrega del poder otorgado por Abadón.

—He llevado a cabo una ceremonia en la que complací a nuestro dios en todos sus pedidos —reclamó el rey con impaciencia—. Abadón sació su sed de sangre real. ¿Puede explicarme por qué aún no se me ha otorgado lo que le he pedido?

Demerius lo miró con serenidad y firmeza, sin vacilar ante la frustración del monarca.

—Su Majestad, ya le he dicho una y otra vez: los tiempos del inframundo difieren de los de la superficie —respondió el sacerdote con voz pausada—. Él decidirá cuándo es el momento indicado.

—¿Y cómo se hará la entrega de ese beneficio? —insistió Polorius.

—No ponga en duda la palabra de Abadón, ya que puede desatar su furia sobre todo nuestro reino.

La advertencia fue clara y concreta, dejando sin palabras al rey Polorius, quien debió retroceder ante el peso de sus propias palabras.

Pasaron los meses y el monarca seguía recluido en su despacho, aislado en completa soledad y consumido por la duda. La función de gobernar fue delegada casi por completo a la reina Asteris, quien pasó meses notando además la ausencia de su esposo en la alcoba real.

Hasta que, en una tarde de bruma espesa, el príncipe heredero irrumpió de improviso en el despacho. Con el rostro desencajado y una voz mezcla de asombro y terror, exclamó:

—Padre… tengo algo muy importante que decirte.

El rey levantó la vista, fatigado por la espera.

—¿Qué te ocurre, hijo mío? —respondió con indiferencia.

—Algo extraño sucede dentro de mí. Es como si por momentos me alejara, me diera vuelta y me observara a mí mismo allí parado e inmóvil… ¡Puedo desprenderme de mi cuerpo!

Polorius se puso de pie de un salto, sintiendo que el corazón le latía desbocado en el pecho.

—¿Estás seguro de lo que dices?

—Completamente seguro —afirmó el joven con firmeza—. Puedo desprenderme de mi cuerpo y también poseer al otro.

—¿Cómo lo sabes? ¿Ya lo has intentado?

—Sí, lo he intentado. Lo puse a prueba con mi corcel.

El rey abrió los ojos de par en par, conteniendo el aliento.

—¿Me dices que tú poseíste a tu corcel?

—Sí, padre. Pude hacerlo, sentir su vigoroso cuerpo galopando bajo mi voluntad, y luego lo abandoné y volví hacia mí.

Un silencio sepulcral llenó la estancia. Las piezas encajaron con la precisión macabra de un engranaje divino: Abadón no había premiado al soberano que exigía el poder por soberbia, sino a la sangre inocente que había entregado su destino en el altar.

—Abadón te ha dado el poder que yo le había pedido, no os preocupéis… —murmuró Polorius, con una amargura infinita desgarrándole el alma—. Solo te pido reserva. Que no divulgues lo que te está sucediendo; debe ser un secreto entre nosotros. ¿Juráis ante tu majestad, tu padre y tu progenitor, que no develarás este poder ante ningún ser viviente?

—Sí, padre —respondió el heredero, hincando una rodilla en el suelo—. Os juro con mi vida proteger y guardar este nuestro secreto.

Y así fue como el primogénito de Polorius recibió el beneficio que tanto anhelaba su padre. Consumido por la desdicha, la envidia y el peso de haber sacrificado a su propia familia para nada, Polorius cayó en desgracia, enfermándose lenta y dolorosamente hasta encontrar su muerte en el lecho real.

El príncipe, convertido en nuevo rey, cumplió el juramento sagrado. Hizo honor a la memoria de su padre y a su dios oscuro, quien le otorgó un poder incalculable sobre la carne y la mente de los hombres. El reinado del nuevo monarca marcó un antes y un después en los dominios de los pantanos, trayendo una era de férrea prosperidad que se prolongó imbatible por generaciones.




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