Aelith volvió a la oniria tres noches después. No lo hizo por accidente, ni por cansancio, ni por esa clase de abandono involuntario que arrastra a los mortales hacia territorios que jamás habrían elegido visitar despiertos. Durante años había permitido que los sueños acudieran a ella según sus propios caprichos, del mismo modo que uno tolera la llegada de las estaciones o el desgaste inevitable del tiempo; sin embargo, aquella noche fue diferente. Cuando las últimas luces de la fortaleza comenzaron a extinguirse detrás de las ventanas y el murmullo distante de los corredores se fue apagando hasta convertirse en silencio, Aelith cerró la puerta de sus aposentos, apagó las lámparas una por una y contempló cómo la oscuridad ocupaba lentamente la habitación con la solemnidad de una visita largamente esperada.
Esta vez no llevaba consigo ninguna pregunta, pues sabía, por costumbre asentada en los años, que estas poseían la desagradable tendencia de encontrar respuestas equivocadas, cuanto más empeño ponía uno en perseguirlas, con mayor facilidad terminaban conduciendo hacia senderos errados, como si el mundo disfrutara recompensando la curiosidad con confusión. Aquella noche, sin embargo, llevaba algo mucho más peligroso que una pregunta: una intención. Quería encontrarlo, y la simple admisión de aquel pensamiento le resultó extrañamente incómoda. No sabía qué esperaba hallar cuando finalmente lo hiciera; tal vez un nombre, tal vez una explicación, tal vez algún fragmento perdido capaz de justificar ciento veintiséis años de muertes repetidas, de noches en las que despertaba con el sabor de una despedida todavía alojado en la garganta sin poder recordar jamás de quién se estaba despidiendo. Existía incluso la posibilidad de que no buscara ninguna respuesta concreta, sino que solo necesitara comprobar que aquel hombre existía fuera de la sangre. Porque hasta entonces nunca había sido otra cosa que un final.
Lo cierto era que, desde la última noche, la ausencia de aquel rostro se había vuelto más difícil de soportar que su presencia. Había intentado ignorar aquella inquietud del mismo modo que había ignorado tantas otras a lo largo de los años, enterrándola bajo tareas cotidianas, lecturas interminables y ese refinado arte de fingir indiferencia que el tiempo suele enseñar a quienes viven demasiado. No obstante, algunas obsesiones poseen la obstinación de las raíces: permanecen ocultas durante un tiempo, invisibles bajo la superficie, hasta que un día se descubre que llevan mucho más tiempo creciendo del que una estaba dispuesta a admitir. Por eso, cuando cerró los ojos, no tardó en encontrar la puerta, y también aquello se sintió diferente.
En otras ocasiones la oniria se había presentado ante ella como un lugar al que debía acceder, un umbral suspendido entre el sueño y algo que se parecía demasiado a la memoria. Aquella noche, sin embargo, no hubo puerta que atravesar; fue el sueño quien acudió a ella, y el espacio pareció plegarse sobre sí mismo, las paredes de la habitación se alejaron sin moverse realmente, como si hubieran adquirido una profundidad imposible. El techo se hundió bajo una oscuridad líquida y silenciosa, mientras el aire adoptaba poco a poco el olor húmedo de la tierra después de la lluvia. Durante un instante imposible de medir, Aelith tuvo la sensación de estar descendiendo por una corriente tibia y sin fondo, semejante a un río que fluyera hacia el interior de sí misma. No se resistió, pues ciertos lugares no se alcanzan mediante voluntad; son ellos quienes deciden cuándo encontrarte. Así pues, dejó que la oniria la reclamara, y cuando volvió a respirar, ya no estaba en su habitación, sino de pie en un bosque. Lo supo inmediatamente; supo también que no era el bosque del lago.
Aquella certeza nació de una ausencia antes que de una presencia. No había niebla extendiéndose sobre la tierra, ni agua reflejando una luna inmóvil, ni nunguna de aquellas tres lunas en absoluto. Los árboles ascendían a su alrededor con troncos blancos, pálidos como huesos antiguos, mientras sus copas sostenían hojas negras tan oscuras que parecían recortadas en la propia noche y suspendidas entre las ramas por una mano paciente. De ellas colgaban pequeñas campanas de cristal que permanecían inmóviles en el aire, ajenas a cualquier corriente, aunque la sensación de movimiento persistía de algún modo en los límites de la percepción.
El bosque guardaba silencio. Y, aun así, algo murmuraba; una vibración lejana atravesaba la profundidad de los árboles, demasiado tenue para distinguir palabras, demasiado insistente para ser ignorada.
Aelith permaneció inmóvil durante algunos instantes, y después levantó la mirada. Por encima de las ramas alcanzó a distinguir un cielo de color ceniza, tampoco allí poblado de estrellas, y aquella ausencia le produjo una inquietud inmediata, no por desconocida, sino precisamente por lo contrario; pues había en aquel paisaje una familiaridad imposible, algo antiguo, algo que reconocía sin comprender.
Entonces lo entendió, conocía aquel lugar. No de aquella noche, ni de ninguna otra que pudiera recordar, sino de algún rincón inaccesible de sí misma, de una memoria que todavía no poseía y que, sin embargo, parecía reconocer el bosque antes que sus propios ojos.
La certeza le produjo una leve mueca.
—Qué conveniente —murmuró.
Su voz se perdió entre los árboles. Nadie respondió.
Aelith comenzó a caminar. Esta vez no contó los pasos, había obedecido demasiadas reglas durante demasiado tiempo para seguir aceptando las de un sueño que se negaba a ofrecer explicaciones. Avanzó entre los troncos blancos mientras apartaba las ramas más bajas con la punta de los dedos; algunas rozaron su piel y dejaron una sensación fría, semejante al contacto fugaz de unas manos olvidadas.
A medida que avanzaba, pequeños cambios comenzaban a producirse a su alrededor; las flores cerraban sus pétalos a su paso, las sombras parecían apartarse apenas de sus pies, y cuanto más se internaba en el bosque, más difícil resultaba ignorar la impresión de que aquel lugar seguía siendo consciente de su presencia. No tenía la sensación de estar siendo recibida, ni tampoco perseguida; era algo distinto, algo más inquietante, como si el propio sueño la estuviera observando.
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Editado: 18.09.2026