Aelith despertó antes del alba. No fue el frío quien la arrancó del sueño, ni el sonido de las primeras campanas de la fortaleza, ni siquiera aquella desagradable sensación de haber regresado demasiado deprisa desde un lugar donde el tiempo obedecía leyes menos indulgentes. Abrió los ojos porque alguien había pronunciado su nombre. No en la habitación, sino dentro de ella, como si la palabra hubiese sido pronunciada por la propia sangre al recorrerle las venas.
Permaneció inmóvil sobre el lecho durante unos instantes, contemplando la oscuridad que precedía al amanecer. Las cortinas seguían cerradas, y una franja apenas azulada comenzaba a insinuarse en los bordes de las ventanas, tan tenue que parecía más una promesa que una luz verdadera. El aire olía a piedra húmeda, a cera consumida y a las hierbas nocturnas que crecían en los jardines inferiores —un aroma denso, casi vegetal, que se filtraba a través de las junturas de la piedra como si el propio edificio respirara—. Todo estaba exactamente donde debía estar, la habitación, los libros, la mesa junto al ventanal, la lámpara apagada, el espejo cubierto con una tela oscura que ondulaba apenas, sin motivo, como si algo respirara debajo.
Su mano descendió lentamente hasta la clavícula. El glifo seguía allí, dormido bajo la yema de sus dedos, tibio como una brasa que se resiste al invierno... segundos después retiró la mano.
Había escuchado su nombre. No el que utilizaban en la fortaleza, ni el nombre con que la habían llamado durante años, ni tampoco aquel otro, más antiguo, que solo unos pocos se atrevían a pronunciar cuando las circunstancias exigían cierta reverencia. Había sido algo distinto; una voz que no conseguía recordar y que, precisamente por eso, le resultaba imposible olvidar, del mismo modo en que un aroma puede persistir en una habitación mucho después de que quien lo trajo consigo se haya marchado.
Cerró los ojos, y por un instante regresó al bosque. Sintió otra vez el frío tenue de la hierba pálida bajo los pies descalzos, el peso del cielo de ceniza sobre las copas negras, el tintineo distante y cristalino de las campanas suspendidas entre las ramas, un sonido que parecía llegar desde muy lejos y, al mismo tiempo, desde el interior de su propio pecho. Y lo vio a él, Vivo.
Abrió nuevamente los ojos. Había pasado tanto tiempo contemplando morir a aquel hombre, y apenas unos minutos viéndolo vivir habían bastado para comprender que nunca había sabido realmente qué era. Eso resultaba intolerable.
Se incorporó despacio. La palabra —porque todavía no era un nombre, apenas la huella de uno— seguía escondida en alguna parte de su memoria; una vibración lejana, una sílaba que se deshacía como agua entre los dedos cada vez que intentaba atraparla. Cuanto más se esforzaba por reconstruirla, más parecía hundirse detrás de aquella frontera invisible que llevaba toda su vida intentando atravesar. Y, sin embargo, había algo que sí podía recordar con absoluta claridad, la forma en que él la había mirado.
"Hacía tiempo que no te oía reír"
Aquella frase volvió a aparecer en su pensamiento con una nitidez desagradable, como una astilla que se hunde un poco más cada vez que se intenta extraerla. Aelith se llevó una mano al rostro, no había sido una ilusión, había conocido su risa y aquello era lo que no podía aceptar. Una criatura onírica podía conocer sus gestos porque los había aprendido de sus propios sueños; una ilusión podía reproducir su voz porque la había escuchado en otras noches; incluso un recuerdo podía mentir y adoptar el rostro de alguien inexistente. Pero él no había reaccionado como una criatura que la estuviera imitando. Había reaccionado como alguien que recordaba y lo peor era que ella también, solo que no sabía desde cuándo.
Se levantó. La bata oscura cayó sobre sus hombros con un roce de tela pesada, y el suelo de piedra recibió sus pies descalzos con una frialdad que agradeció, porque necesitaba algo que perteneciera al mundo despierto, algo sólido, algo con peso, algo incapaz de cambiar de forma en cuanto dejara de mirarlo.
Se acercó al escritorio, donde descansaban tres libros abiertos desde la noche anterior, ninguno de ellos relacionado con sueños. Los observó unos segundos y después los apartó con el dorso de la mano. No. Si aquel hombre existía únicamente dentro de la oniria, los libros comunes no podrían ayudarla. Pero si alguna parte de él había existido fuera de ella, entonces debía haber dejado un rastro, un documento, una pintura, una genealogía, una inscripción, una tumba, un testimonio...algo.
Aelith sabía, por haberlo comprobado con sus propios ojos a lo largo de siglos, que toda existencia dejaba residuos. Los siglos podían destruir los nombres, las guerras podían consumir ciudades enteras, y la magia podía arrancar recuerdos de generaciones completas; pero nada desaparecía sin dejar una sombra, y aun aquello que había sido borrado debía haber ocupado alguna vez un lugar en el mundo. Si aquel hombre había existido antes de que su memoria fuese alterada, entonces tendría que haber, en alguna parte, un lugar donde alguien hubiese escrito su nombre.
El pensamiento le produjo una extraña calma. Una búsqueda era más sencilla que una pregunta; las preguntas podían mentir, mientras que los registros, en cambio, tenían la decencia de equivocarse de una manera más tangible.
Tomó una vela y salió de sus aposentos. Los corredores de la fortaleza todavía dormían bajo esa luz gris que hace parecer más antiguas las piedras, y los tapices colgados entre las columnas permanecían inmóviles, mostrando escenas de guerras que ya nadie recordaba con exactitud; jinetes congelados a mitad de una carga, estandartes deshilachados por siglos de polvo, rostros bordados que el tiempo había ido difuminando hasta reducirlos a manchas de hilo oscuro. Pasó junto a dos armaduras ceremoniales cubiertas de polvo, cuyas viseras vacías parecían seguirla con una atención que no tenían derecho a poseer, y descendió por la escalera oriental, cuyos peldaños de piedra, gastados por generaciones de pisadas, brillaban levemente bajo la llama de su vela como si conservaran todavía el recuerdo de cada pie que los había pisado.
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Editado: 18.09.2026