La madrugada del miércoles envolvía los pasillos del hospital central en un silencio inusual. Dylan caminaba con un expediente médico en las manos, con la mirada fija en los resultados de unos análisis clínicos. Sin embargo, su mente de cirujano experto estaba a kilómetros de distancia.
«¿Será mejor sellar la carne con mantequilla o con aceite de oliva?... El estofado de res tiene que quedar absolutamente perfecto.», pensaba, asintiendo lentamente con la cabeza, mientras una enfermera que pasaba por su lado creía, admirada, que el doctor estaba descifrando un diagnóstico complejo.
Mientras tanto, en The Daily Blend, la mañana había arrancado con la energía habitual. Zoe limpiaba las mesas de madera con esmero cuando Rebecca decidió que era el momento perfecto para molestarla un poco.
—Oye, Zoe... Comenzó Rebecca, recargándose en una silla cercana con una sonrisa pícara. —Dime la verdad, ¿desde cuándo oficializaron su relación?
Zoe se detuvo, sintiendo cómo el calor le subía de golpe a las mejillas.
—¡Ya te dije que no somos novios! Negó rápidamente, agitando las manos con nerviosismo.
Rebecca soltó una carcajada limpia.
—Ay, por favor. Eso ni tú te lo crees. ¿Verdad, Sebas?
Sebastian, que estaba detrás de la barra secando vasos con un trapo, rodó los ojos con pesadez.
—Cállate. No me importa. Gruñó, fingiendo una total molestia. —Y deja de hablar de él, que me arruinas el día y ni siquiera ha empezado.
Rebecca lo miró con los ojos entrecerrados y una sonrisa burlona.
—Estás celoso... Qué lindo.
El rostro de Sebastian compitió con el tono rojo de Zoe. Se puso inmediatamente a la defensiva.
—¡Claro que no! ¿Por qué debería estarlo? Respondió, cruzándose de brazos con indignación. —Soy mucho mejor que él. ¡No tengo por qué tenerle envidia!
—Vamos, no te pongas así. Se burló Rebecca. —Dudo mucho que seas mejor que el gran cirujano que gana mil veces más que nosotros tres juntos.
Sebastian infló el pecho ligeramente, herido en su orgullo, pero triunfante en su lógica.
—Pero yo trabajo con Zoe. Yo puedo verla todo el día... ¡Ja! ¿Qué me dices de eso?
Zoe, que escuchaba la conversación sin entender del todo la guerra territorial que se libraba por ella, sonrió con ternura. Estaba genuinamente feliz de que su compañero de trabajo la apreciara tanto.
—Gracias, Sebas. Yo también te aprecio muchísimo, eres un amigo increíble.
El barista se desinfló por completo ante la dulzura de Zoe. Su expresión se suavizó y desvió la mirada, sonrojándose un poco.
—Eh... de nada... Murmuró, restándole importancia.
Justo en ese momento, el alegre tintineo de la campanilla de cristal anunció una nueva llegada. Era Dylan. Levantó la mano felizmente, saludando a Sebastian a la distancia, y luego se acercó a las dos chicas.
—Buenos días, señoritas. Saludó con timidez, llevándose una mano a la nuca.
Zoe le devolvió la sonrisa, dulce y un poco tímida. Pero antes de que pudiera decir los buenos días, Rebecca aprovechó la oportunidad de oro y le dio un sutil codazo a su amiga.
—Zoe dice que le fascinas. Soltó Rebecca de golpe, con una sonrisa gigante.
El mundo se detuvo. Zoe se puso tan roja que parecía a punto de entrar en una combustión espontánea. Miró a Rebecca con puro pánico y luego regresó la vista a Dylan, quien había abierto los ojos de par en par, igual de sonrojado y congelado en su lugar.
—¡No! ¡Nunca dije eso! Empezó a balbucear Zoe, tropezando con sus propias palabras. —O sea... sí me gustas... pero, o sea... como amigos. ¡Pero también me gustas! Como...Eh...
Por primera vez desde que se conocían, la fluidez verbal de Zoe desapareció por completo, dejándola hecha un manojo de nervios adorable. Dylan, contagiado por el mismo pánico escénico, soltó una risita nerviosa y tímida, rascándose la nuca.
—Sí... te entendí, Zoe. Gracias... Titubeó él, sin atreverse a mirarla directamente a los ojos. —También me gustas... ¡He! Como amiga. Pero también me gustas... he...
Ambos se quedaron ahí, incapaces de mirarse a la cara, envueltos en un silencio cargado de electricidad y corazones perdidos. Viendo que su trabajo allí había terminado, Rebecca se retiró estratégicamente hacia la barra. Le dio un pequeño codazo juguetón a Sebastian, quien había observado toda la escena con expresión neutral, esperando internamente que la tierra se lo tragara.
—A ver... compite con eso. Le susurró Rebecca, riendo sin una pizca de malicia.
Sebastian entrecerró los ojos, llevándose las manos a la cadera en una pose autoritaria.
—Jaja, qué chistosa. Respondió con sarcasmo. —Ve a la cocina y ponte a lavar los platos. Te recuerdo que soy tu jefe.
Rebecca se llevó una mano al pecho en una ofensa dramática y fingida.
—¡Uy, pero qué rencoroso! Solo bromeaba. Pero está bien, ya voy.
Se marchó riendo hacia la cocina. Sebastian dejó escapar un suspiro largo y pesado. Su mirada regresó a Dylan y Zoe por un momento. Sintió una opresión en el centro del pecho, una punzada melancólica, pero decidió no intervenir y tragarse el sentimiento. Bajó la mirada y siguió limpiando la barra en silencio.