El día esperado llegó con una puntualidad silenciosa. A las ocho en punto de la mañana, el despertador interrumpió el silencio del departamento. Dylan se separó de las cobijas como un resorte con energía inusual, mientras que, a su lado, Milo ni siquiera se movió; el felino continuaba profundamente dormido, enroscado perezosamente entre las sábanas cálidas.
Dylan caminó directo al baño. Mientras se lavaba los dientes, repasaba mentalmente el cronograma del día. No quería dejar nada al azar. Aprovechó los siguientes minutos para darle un último repaso a su habitación, tendiendo la cama con una precisión casi milimétrica. Para cuando terminó, Milo finalmente comenzó a dar señales de vida: soltó un bostezo largo, arqueó la espalda y se estiró con una lentitud envidiable, observando a su humano con ojos entrecerrados.
Tras un baño rápido y reconfortante, el cirujano se paró frente al armario. Escogió un atuendo elegante pero casual, el equilibrio perfecto para lucir arreglado sin parecer demasiado formal. Sin embargo, su preparación no terminaba ahí. Como si se tratara de un ritual inquebrantable antes de cada cita importante con Zoe, Dylan salió con tiempo de sobra rumbo a la barbería para asegurarse de que su corte y perfilado estuvieran impecables.
Cuando cruzó la puerta del establecimiento para irse miró su reloj de pulsera, marcaron las nueve y media de la mañana. Tiempo perfecto.
Se subió a su auto y emprendió el trayecto hacia la casa de la familia Pearson. Durante todo el camino, las manos le sudaron levemente sobre el volante. Su mente, traicionera por naturaleza, comenzó a llenarlo de dudas: ¿De verdad el sofá había quedado libre de pelos? ¿Milo se portaría bien o decidiría arañar los zapatos de Zoe por puro capricho?
«Tranquilo, Dylan... solo es una visita...», se intentó calmar a sí mismo mentalmente, mirando por el retrovisor. «La cual no recibes... en años».
Aceptar esa cruda realidad no ayudó en absoluto a mitigar sus nervios.
En cuanto estacionó frente a la casa, el cirujano respiró hondo, bajó del auto y caminó hacia la entrada con paso firme pero el corazón latiéndole a mil por hora. Tocó el timbre. No pasó ni un minuto completo cuando la puerta se abrió de golpe, y antes de que Dylan pudiera siquiera pronunciar un saludo, las siluetas enérgicas de Hugo y Rafael se abalanzaron sobre él.
Fue un auténtico ataque de abrazos repentino. El impacto casi lo hace perder el equilibrio, pero Dylan, reaccionando con la estabilidad de quien sostiene vidas en sus manos, se paró bien en el suelo y rodeó a los gemelos con fuerza.
—Los tengo chicos. Dijo Dylan con una sonrisa genuina, sosteniendo el peso de Hugo.
—¡Dylan! ¡Llegaste! Exclamó Hugo, apretándolo por el cuello con puro entusiasmo.
Mientras tanto, Rafael ya lo estaba jalando de la manga de la camisa hacia el interior de la vivienda.
—¡Vamos, pasa! Zoe ya casi está lista. ¡Y mi mamá preparó pai de piña! Le dijo el adolescente con los ojos brillando de alegría.
Dylan sonrió con una calidez profunda. Ser recibido con tanto afecto provocó que un calorcito bastante bonito y reconfortante se instalara en su pecho. Los nervios que lo habían atormentado durante el viaje en auto se esfumaron al instante, como si la sola presencia de los chicos tuviera el poder de ahuyentar sus sombras.
El interior del hogar Pearson era el polo opuesto a su minimalista departamento. Era un lugar colorido, vibrante y lleno de una personalidad desbordante. Olía delicioso, una mezcla dulce de canela y piña horneada. Era el reflejo perfecto de la familia: alegre y caótico de la forma más hermosa posible.
Rafael dejó de arrastrarlo y le señaló el sillón con orgullo.
—¡Vamos, toma asiento!
—Muchas gracias, Rafael. Respondió el médico, sentándose con cuidado y admirando los detalles de la sala sin parecer pretencioso.
Hugo corrió hacia la cocina con paso veloz y regresó apenas unos segundos después sosteniendo un plato con una generosa rebanada de pai humeante y un vaso de cristal lleno de jugo de naranja fresco.
—Toma, Dylan, para que no te aburras mientras esperas a Zoe.
Dylan, un tanto tímido por tantas atenciones, aceptó la merienda con total gratitud.
—Muchas gracias, Hugo... De verdad, qué pena con ustedes.
Hugo negó repetidamente con la cabeza, restándole importancia con una madurez cómica, y le guiñó el ojo un par de veces.
—¿Pena de qué? Eres nuestro nuevo hermano mayor, tienes que estar bien atendido. Ahora eres parte de la familia.
Dylan soltó una carcajada suave, conmovido por la naturalidad con la que los niños lo habían adoptado en sus vidas. Justo cuando le daba el primer bocado al postre, la señora Margaret Pearson salió de la cocina vistiendo una sonrisa sumamente amorosa y maternal.
—Hola, querido. Pero qué guapo te ves hoy. Lo elogió Margaret, acercándose a él. —Zoe baja en un momento, tu tranquilo. Disfruta tu pai, y si quieres más, me avisas para traerte otra rebanada.
Dylan se puso de pie inmediatamente por pura cortesía, y con un gesto cargado de cariño, envolvió a la madre de Zoe en un abrazo sincero que ella le devolvió con gusto. Al separarse, el cirujano regresó a su asiento.